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miércoles, 23 de febrero de 2011

Superviviente

Mientras escribo y pienso por qué no estoy estudiando para el hermoso final que tengo mañana, a la vez me acuerdo de algo que vi en una vidriera y me dio la pauta de por qué nadie aprende música en la escuela.
Por todo eso que se me agolpa en la cabeza es que no estudio. Pero, si el objetivo a) está perdido, mejor será abocarse al b), consistente en denunciar una aberración de la melodía, que es la supervivencia del "tonete". Ni flauta, ni quena, ni trompeta: tonete, algo así como un instrumento de viento para que te alejes de la música de una vez y para siempre. Una forma anodina, un sonido afónico, enseñado por maestras de música con peinados extraños que piden, con impaciencia, que suene bien el Himno a la Alegría con esa porquería. Soplar un caño de PVC tapado con masilla en lugares estratégicos suele ofrecer mejores resultados que esta frustrante tarea.
No puedo creer que siga existiendo el tonete. Aunque, por otra parte, no es nada contradictorio: es parte de los proyectos escolares que afirman estimular cierto talento cuando en realidad lo desalientan para siempre. Algo así como encargar La leyenda del Mío Cid para generar interés en la lectura, estudiar manuales para entender historia, o hacer ejercicios en circuito para resaltar lo divertida que es la actividad física. Ahí, en la intersección entre "gusto por la música" y "ganas de aprender un instrumento", entra el tonete para destruir cualquier afán artístico.

Muerte al tonete.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Caluroso

Después de un viernes agitado, zapping de sábado mientras trato de encontrar fuerzas espirituales para hacer lo que tengo que hacer -que siempre me parece lo último que debería hacer en un día como hoy, en que lo único recomendable es ir al parque hasta que se haga de noche.

Entonces, como si fuera el manotazo de ahogado de yapa, escribo un nuevo post. Pero no es un post al pasar, uno que retrata un momento de mi jornada indescriptible. No. Éste es un post de ubicación espaciotemporal, porque entre tanto agobio que tengo hoy -tomar de más ayer, no encontrar el arroba en esta nueva y bella computadora, tampoco los signos de guión que son los que tengo que usar para escribir, sólo pensar en ir al parque, saber que tengo ropa húmeda en el lavarropas que espera ser colgada, etc.-, encontré ese vistazo de brújula que me permite saber que, sí, otra vez, empezó el maldito verano. No es el poder quedarme en musculosa sin recurrir a la campera; no es tener que calzarme para salir a la terraza porque las baldosas me derriten los pies; no es que la gata esquive mi cercanía para dormir, porque para calurosa ya está ella; no es la sensación de que en marzo creías que ibas a hacer 35 cosas y, en noviembre, te das cuenta de que apenas llegarás a cubrir 2 y media; no.
Es que Él está de regreso.
Al son de "Viniste con las chicas, ¿son hermanas, no?"; "Veo que te gustan las montañas"; "¿El culote es tuyo?"; "En las afueras, ¿selva amazónica o campo árido?", el baboso de Crónica* está de nuevo entre nosotros. Notas en Parque Norte, en las piletas hiperpobladas de Capital Federal, a la pista de las noventosas que toman sol en tanga en las plazas de la ciudad, él no pierde pisada ni oportunidad de que se atraganten los mates ante cada pregunta. Una mezcla de Luis Almirante Brown (en la segunda parte de la performance), José Luis Gioia y Jorge Corona, disfrazado con la cara del más estúpido de la cuadra, y el peinado del nabo de 7mo. grado. Él llegó y nosotros temblamos. La temperatura no tardará en subir.





* En casa, y en virtud de que es la tercera temporada en la que seguimos su carrera, nos animamos a la confianza y gritamos "Uy, ¡llegó el pajero de Crónica, vení, mirá!". Pero ustedes evalúen el grado de cercanía que deberían tener con este personaje.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Acococoso

—¿Ana, Ana, sos vos?

Domingo 7 de noviembre. 6 de la mañana.
El tartamudo regresó, y los que decían que tal vez fuera un psycho, creo que tienen razón.

jueves, 28 de octubre de 2010

Perfil

Si llega a tu casa y se descalza todo el día,
si vive con los pies sucios y se acuesta en las sábanas limpias,
si intenta cocinarte un plato recompensa cuando sólo querés que se vaya de tu casa,
si insiste en preguntarte cosas profundas de tu vida y en contarte (ay) las suyas,
si ha realizado un viaje por América Latina viviendo en comunidades sin luz ni jabón,
si considera que enfermarse por no prevenirse con un buen remedio es natural y aceptable,
si consumió sustancias alucinógenas y tuvo una visión tan reveladora como idiota,
si lee libros de autoayuda en cada posta de su maldito viaje,
si pretende llevarse 5 tips básicos de historia del continente americano,
si después de recibir la información —que lógicamente incluye cuestiones de estafa por parte de Europa— comienza a hablar de la superación personal y del camino individual,
si confunde alojamiento a secas con amistad y sintonía espiritual,
si cree que permanecer mucho tiempo en tu casa es visto como un halago,
si te dice algo así como "me gusta conocer los lugares por lo que me dice la gente, por eso prefiero quedarme hablando y no recorrer si me da pereza",
si se compró ropa en Bolivia y Perú,
si está intentando cebar mate y cree que lo logró,

estás frente a un especimen aterrador: el hippie europeo que se compró un pasaje por Sudamérica como si fuera a visitar un zoológico inmenso. Por tu bien, cerrale las puertas de tu hogar y no le atiendas el teléfono. Te lo digo por certera y dolorosa experiencia. Ya habrá más información para este boletín.

martes, 14 de septiembre de 2010

Proyección

Hay ciertas cosas de mi futuro que ya están claras: mi distracción va a aumentar, posiblemente tenga más gatos de lo aconsejable, le dé un poco al trago en las fiestas sociales y recurra a alguna que otra medicación para limar cables mentales. Pero, eso sí, que el destino me mantenga a salvo de transformarme en alguno de estos dos especímenes femeninos:

1. La corrupta en la verdulería. Hay una fila no muy larga para comprar vegetales, pero un gran-gran obstáculo: una señora de edad avanzada que compra mandarinas de a una, manzanas de a una, y arvejas también de a una. Que estén duritas, que no estén pasadas, que tengan buen color y que no hayan sido muy tocadas. Así, una transacción demora aproximadamente 15 minutos por persona. Y qué se le va a hacer: sólo resta mirar con mala cara a la insufrible que completa su lista e incitarla para que termine de una vez. Pero la corrupta en la verdulería no considera esta opción. Ella ingresa subrepticiamente al local, ubica el precio de lo que quiere pagar y le pide al comerciante, con un guiño de ojos, que le dé "eso" por lo que no puede esperar. Son capaces de soportar la vergüenza de que alguien se queje con tal de no soltar su medio kilo de cebolla. Y a pesar de que son las primeras en querer esconder la edad y en hacerse las inteligentes, están dispuestas a pasar por nonagenarias y por idiotas con tal de irse pronto.

2. La miedosa en el colectivo. Como siempre, en cada viaje, suele haber una persona que se pelea con el colectivero. Puede ser que una moneda se haya perdido en la infernal máquina expendedora, que el pasajero haya tapado el espejito durante toda Av. Rivadavia sin darse cuenta, que el chofer haya arrancado de golpe y casi provoque un desnuque urbano, como otros millones de felices razones que suscitan el insulto rápido y poco talentoso a bordo del transporte público. En esos momentos de catarsis irrumpe ella, la miedosa en el colectivo, dispuesta a reprimir las emociones ajenas y a poner orden en un espacio cuya organización es prácticamente ésa, la del conflicto a toda hora. Con un desesperado "Por favor, señor/a, no ponga nervioso al chofer que tiene que seguir manejando", trata de aplacar la pelea y sólo genera un segundo roce, cuando el pasajero en cuestión le pregunta qué catástrofe tan grande puede suceder si discute un poco con el turbulento conductor. Como si el chofer, a partir de una pelea que ya acaba de olvidar, hubiera decidido cargarse 45 vidas imprescindibles para el mundo sólo porque un aparato rechazó una moneda de 50 centavos. Como si el susodicho, además, considerara que su vida ya no vale nada porque una persona piensa mal de él —algo que sabemos que jamás los agobia—, y hubiera decidido conducir hacia el abismo.

Corruptas y miedosas, búsquense otro mundo lejos de mi barrio, por favor. Lamentablemente, en una ciudad grande como Buenos Aires seguirán habiendo filas en la verdulería, disputas de colectivo y cualquier mala e innecesaria ocasión para esperar o escuchar en vano.

sábado, 24 de abril de 2010

Cocinero

—Llegó el momento de hacer un poco de mi magia.

Con este anuncio estelar, el vendedor de Frávega nos introdujo en el mundo de las bonificaciones. Debo reconocer que siempre me intimidaron un poco los 874 hombres con chaleco de lana que, al entrar a un emporio de electrodomésticos, franquean la entrada, miran a los ingresantes y luego, cuando éstos atravesaron la línea de sus cuerpos, se los disputan con la mirada.
Hoy, fuimos a elegir una cocina, luego de dictaminar que la nuestra había pasado por la agonía, la muerte, la zombificación, el tiro en la cabeza (que es lo que mata a los zombis, afirma el experto) y la momificación. Así, no hay papas al horno que salgan bien. Por eso, nos dirigimos al retail (así dicen los que saben bián) más cercano. En 45' de seducción y rechazo, nos enteramos de que nuestro vendedor
tenía un espacio para la cocina que es igual al nuestro,
vivía en pareja con un hijo pequeño,
había trabajado en Renault por un sueldo mísero,
antes de ser un hombre sensato viajaba a 200 km/h en un Fiat 147 tuneado,
que era de Lanús (de pie)
pero vivía en Quilmes (botellazo a la Nicole),
que el pollo con papas salía genial en esa cocina,
que le estaban controlando el tiempo de atención
pero que su jefe, el gerente —"un tipo muy bueno pero que no puede descuidar el negocio"—, había tenido un día de buen humor y nos había "bonificado" tanto el flete como una garantía de 5 años.
El alma de los vendedores es tan insondable como digna de admiración. Ellos son los verdaderos artífices del stand up. Por eso, es seguro que algún castigo los debe esperar en el más allá de las compras.

domingo, 21 de marzo de 2010

Pesadilla

Estás en la unidad de la línea 126 que conduce un fanático de Callejeros. Ese mismo que, hace algunos meses, te llevó desde San Telmo a Floresta escuchando un único tema, el estreno y absolutamente igual a todos los demás, de la banda jettattore. Ese conductor infernal es, también, el que puso luces azules en su vehículo, asemejándolo a un tétrico hotel alojamiento lleno de personas a las que no tocarías ni con un palo (ellas tampoco a vos, no hay que hacerse el/la lindo/a). En esta ocasión, el domingo se vino con un poco de romanticismo imprudente y, oh sorpresa, la banda sonora del viaje son los grandes éxitos de Maná. Imposible evadirse: el monstruo del transporte puso parlantes en todos los sectores del colectivo. Manoteás con desesperación el interior de tu bolso, buscando lo más deseado entre los carilina, el libro, el celular, los chicles y los boletos del año pasado. Te olvidaste el mp3 y te quedan 40 minutos de recorrido. Qué mal momento.

sábado, 27 de febrero de 2010

Ciencia

Lucho: ¡Están moviéndose en círculo las lámparas y la planta colgante! ¿Qué está pasando? ¡Éste es el fantasma de la mina brasilera que me llegó por mail! ¡No reenvié nada y me está siguiendo!
Insolada: ¡No! Si hay un fantasma, es directamente el de esta casa. Acordate de la vieja en camisón que abre las canillas de la cocina.

Mi concubinovio y yo, tratando de buscar una explicación al movimiento de las arañas de luz y de una maceta suspendida en el aire, que recibían, aún en Flores(ta) el coletazo del terremoto chileno o de los sismos argentinos de anoche. Hay que ser sinceros: no lo decíamos en broma.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Pirotecnia

Ya se ha mencionado, en años precedentes, lo bodrioso que me resultan las fiestas navideñas. Cada diciembre, refrendo mi sensación de agobio. No obstante, observo que muchas personas se cargan de nuevos bríos, distintos o intensificados con respecto a los que gobiernan sus noviembres. De alegría, de cansancio, de tristeza o de fobia, la variedad de sus aires decembrinos es tan amplia como, súbitamente, peligrosa. Así lo descubrí a bordo del colectivo 141.
Una mujer, con apariencia frágil y suave, tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Esa "próxima" estaba a dos veredas de su ring; aún así, el chofer frenó con bestialidad para depositarla en ese lugar. Pero no: ella no quería ahí, sino cruzando J. B. Alberdi, así que le indicó con el movimiento circular de sus índices hacia adelante —como indicando "otra más", "avanzamos" o algo así— que quería bajarse en la siguiente posta. Yo estaba sentada delante suyo, en la hilera de varios asientos del fondo del colectivo, así que escuché cómo se dirigía a otra delicada señora que estaba sentada al lado mío. Reproducción del monólogo:

—¿Qué se cree? No me voy a bajar ahí, ¡con lo que cuesta cruzar Alberdi! Que me deje en la siguiente cuadra. Pero ahora vas a ver: seguro que me lleva hasta Directorio, de la bronca porque lo hice frenar.

(Aclaración: con todo lo que me peleo con los colectivos, esta vez era obvio que iba a seguir hasta Directorio, puesto que antes no había parada. A pesar de ello, la mujer le tocó timbre apenas cruzó Alberdi. El chofer pasó la vereda deseada de la pasajera y siguió de largo. Continúa monólogo)

—¿Qué te dije? Claro, ahora me va a bajar en Directorio. Qué lástima que una no tiene un revólver ahora como para pegarle tres tiros en la cabeza.

La mujer de al lado le contestó algo como "y, sí, la verdad que sí...", descuidando no sólo al pobre colectivero, sino a su propio cronograma, pues era obvio que un conductor con los sesos desparramados por el espejo envuelto con peluche nos retrasaría el viaje. La protagonista de este viaje, pensando en la injusticia de la no-portación de armas a tiempo, se despidió del chofer con un "muchas gracias, igual" y bajó indignada. Los mismos que piden a los gritos seguridad en lugar de justicia son los que se sienten aptos para —si tuvieran los medios necesarios— convertir su propia intolerancia en inseguridad para los demás. De terror.

sábado, 1 de agosto de 2009

Solidaridad

Hace algunos meses, mi padre me llevó a Olivos para hacer una entrevista.

Papá: ¿A quién tenés que entrevistar acá?
Insolada: bueno, tengo que hacerle un reportaje a una sexóloga.
(sigue el mismo orden de interlocutores)

—¿Sexóloga? ¿Vos elegiste a quién reportear?
—No, me lo encargaron en la revista. Si no, ni borracha vengo hasta Olivos sin que me paguen taxi y molestándote a vos para que me traigas.
—A una sexóloga... ¿y cuál es el tema de la entrevista?
—"Cómo liberarse de las trabas que impiden disfrutar del sexo" o algo así.
—¡Ja, ja! ¿Y cuáles son esas trabas?
—La verdad, creo que la principal es tener que ir a Olivos un martes a la noche para hacer un reportaje. El resto de las trabas no me las imagino. A menos que hablen de "los trabas".
—¡Trabas!!!! Ja, ja*! Claro, ahí cambia la cosa.
—Sí, pero me aclararon que son "las trabas", es un poco más sencillo de preguntar.
—¿Y cuándo sale la revista?
—Creo que en el número de abril. Sí, calculo que en abril.
—No, yo digo para comprarla.
—Pá, entiendo que quieras tener las cosas en las que trabajan tus hijas, pero acá no sale ni mi nombre. Ni te molestes en aportar para la editorial.
—No, es que a mí me interesa la nota. Entonces, ¡pasame el archivo!
—Pá, creo que éste es el momento en que debería bajarme del coche. No me importa si estoy en medio de la autopista.
—No, en serio, pasame el reportaje cuando lo hagas que se lo leo a tu madre. Creo que le va a servir.
—Papá, por favor te lo pido. No profundicemos en el tema. No te olvides de que soy hija de los dos. Siempre termino por enterarme de cosas que no debería haber ni escuchado.
—Bueno, bueno, entonces vos pasámelo igual que yo no te cuento lo que hago con la nota. Hacé de cuenta que la tengo para ver cómo escribiste.
—Papá, estoy a punto de tirarme del auto. Yo te paso el archivo y vos nunca más me hablás del tema, ¿OK?
—Bueno, bueno... Es que creo que eso precisa tu madre. Debe ser algo de las trabas.
—¡PAPAAAAAÁ!!!!


Chan, chan III.

* A mi papá le encantan, le encantan, le encantan, las alusiones de doble sentido o con un solo sentido de carácter sexual. Y puede repetirlas hasta el hartazgo o hasta que peligra su integridad física (que, dado lo grandote que es, es algo que jamás pasa).

lunes, 9 de marzo de 2009

Cenicienta?

Las regresiones a vidas pasadas generan mucho dinero a diversos gurúes en todo el mundo.
A mí, la regresión personal a la época de las cavernas no sólo no me regala nada, sino que además me sale caro.

Estoy harta de que se me rompan los zapatos en la calle y tener que caminar descalza el resto del trecho (que siempre es mucho) hasta mi casa.

Caros o baratos, simples o complicados, viejos o nuevos; siempre eligen morir en alguna vereda irregular de la Capital Federal, cuando estoy lejos de mi ropero y sin ningún negocio que me venda una maldita alpargata. La última vez fue realmente vergonzosa: vestida con pollera fruncida y blusa amarilla con lunares, tuve que calzarme las zapatillonas blancas de gimnasia, ponerme una remera encima para disimular mi vestuario estridente y abalanzarme sobre las 5 cuadras que me faltaban para llegar a destino, con una cara que oscilaba entre la desesperación y la apariencia forzada, como manotazo de ahogado, de actriz amateur que terminó de representar una obra cocoliche a bordo del colectivo 99.
Una situación desgarradora de MI vida cotidiana y, lo peor de todo —porque los que siguen este blog ya saben que SIEMPRE hay algo peor—, es que se repetirá en cualquier momento, en cualquier esquina. Ya estoy demasiado preocupada por llevar bombachas en buen estado por si sobreviene una catástrofe que me obligue a mostrar mis paños menores; no puedo, ahora, encargarme de la supervivencia de mis pepés. Que la deidad me ampare.

domingo, 22 de febrero de 2009

Corso

Mientras yo estoy algo lejos de sus movimientos titiritescos, ellos quiebran sus caderas para levantar las piernas más alto, como polichinelas devaluados cuyo patetismo alegre forma parte, cada febrero, de las pretensiones (fallidas) de carnaval en la ciudad.
Sin embargo, como siempre que empiezo escribiendo sobre cualquier cosa, no es específicamente de las murgas sobre lo que quiero debatir en esta ocasión, sino sobre un personaje típico de sus filas que promueve la violencia con cada manotazo al cielo y entrechoque de rodillas huesudas.

Quiero dedicarle mis 2' de odio (al estilo de 1984) a los murgueros/as

Debo aclarar que esta caricatura carnavalesca no guarda similitud con el murguista, personaje muy respetable, por lo general idóneo para el corso y que tiene algo para dar, aunque no siempre nos guste ni nos interese. Me refiero al murguero/a que, de acuerdo con su sexo, presenta características auténticamente insoportables.

El murguero es el chicobien que quiere ser hippie y vive en Palermo Soja, no utiliza desodorante en sus axilas y tampoco otros productos de higiene para el resto de su cuerpo fibroso. Casi siempre está en cueros en lugares de tumulto, por lo que todos debemos contactarnos con su transpiración, con su mochila molesta y bultosa, así como los muchos pelos, en rastas y en trenzas, que habitan de su tórax para arriba (que es lo que está a la vista). Suele encontrarse en restaurantes vegetarianos de tenedor libre —uno muy popular del Abasto, por ejemplo— buscando tofu entre las bandejas con sus brazos en jarra e ignorante (cuándo no) de sus emanaciones propias de un soplido de Botnia.

La murguera es la chicabien que se viste con colores, baila encorvada y flexionando sus manos de tal manera que vayan de su nuca hacia arriba —como Ricky Maravilla en la frente, pero en el cuello y base inferior del cráneo—. Siempre se está moviendo cuando nadie se lo pide y ensaya su pasito de murguera (no de murguista) cuando quiere llamar la atención, es decir, SIEMPRE. Suele hacerse la simpática con los novios de otras, porque el propio ya la ha abandonado hace demasiado. Además, tiende a comer con la boca abierta, a utilizar demasiado las manos en desmedro de los cubiertos y a cantar cuando debería imperar el silencio (es decir, todas las veces en que ella está presente).

El murguero-estereotipo (más allá de su sexo), como no es reconocido por la gente del carnaval que sí hace las cosas en serio, se ve obligado a dar cuenta de su estirpe (?) los 365 días del año en plazas, recitales, bares y esquinas donde espera un colectivo que lo saque del galpón tugurioso donde organiza un viaje con 175 personas a Tilcara y lo deposite en algún punto de la ciudad donde yo siempre me lo encuentro, sin botellas rotas a mano para enarbolar y lanzar.

Los detesto desde hace tanto tiempo, que no entiendo cómo lo declaro recién ahora en este blog. Los verdaderos Insolados sabrán entender mi ira. Los otros, seguro tienen un asqueroso corazón murguero.

martes, 13 de enero de 2009

Jugarreta

De la misma manera que, hasta hace ciertos periodos, creía que la fiebre amarilla, los pantalones de tiro super alto y Alcides no existían más, con este juego me pasó lo mismo. No obstante, al darme cuenta de su vigencia, emito mi queja inútil a viva voz:

EL JUEGO DE LA VIDA LE HACE MUY MAL A LOS CHICOS.
Estamos en Argentina, no en Noruega. Y no hay por qué crecer con la meta de ser un buen ciudadano que paga sus impuestos.


Dejando a un lado la pútrida defensa al capitalismo que se hace en todos y cada uno de los casilleros, los participantes definen sus logros en términos de casarse, tener hijos, adquirir un seguro, pagar cuentas, comprarse un auto, luego una casa, comprarse un auto más grande y luego otra casa más; duplicar el salario, después triplicarlo y después volverse accionista. Si fuera un juego argentino, le faltaría ir a la iglesia todos los domingos y despreciar a los pobres que los esperan en la puerta, añorar a Mennnnnem (aprovechen para tocarse), mirar con buenos ojos a Lavagna y a López Murphy, y votar a Macri.

Jamás se divorcian, se equivocan de carrera, deciden golpear a su jefe, se hacen homosexuales, adoptan los tríos como forma de vida, consumen alcohol, se dejan llevar por algún que otro vicio, cometen infidelidades, alquilan una casa, luego regresan a la de sus padres porque no pueden pagar el alquiler, estallan de angustia por la incertidumbre, se enamoran hasta quedar idiotas o interpretan papelones en las reuniones sociales.

Odio El Juego de la Vida, porque es lo menos vital que he conocido.

jueves, 8 de enero de 2009

DogVil

(Pasillo del PH. Puerta de la calle abierta. Coca, un clásico de este blog, conversa con dos señoras que le hablan muy de cerca; llevan cartera de mano y polleras largas)

Coca: Buen día!
Insolada: Buen día!
—¡BUEN DÍAAAA!
—Buen día, Coca, ¿cómo va todo?
—Bien, querida, por suerte!
—Me alegro, yo ahora me voy a la panadería, ¡hasta luego!
—Enhorabuena, andá querida!
— ¡MUY BIEN! ¡QUE COMPRES ALGO MUY RICO!

(Regreso a casa, luego de comprar)

—Chau, Coca, hasta luego!
—Adiós, querida!
—¡HASTA LUEGO! ¿LA VECINA NUEVA, NO?
—Sí, sí, yo soy la vecina nueva...
—BUENO, QUÉ BIEN, ¡BIENVENIDA!
—Bueno, ajá, gracias!
—DE NADA! MMMMHHH...

Parafraseando a Pinti,

Se van los gobernantes,
Se van los aplausos,
Se va noséquémás...
QUEDAN LOS EVANGELISTAS
(puerta a puerta)

Ya husmeo un timbrazo a las 9 de la mañana. Que Satán me ampare.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Pasado

— Yo dije: arreglemos esta puerta de una vez porque, si no, un día voy a entrar y me voy a encontrar un negro en el pasillo.

(...)

—Sí, este barrio era muy familiar antes. Ahora no tanto, porque hay muchos bolivianos.

(Dixit Coca, mi vecina, que ha decidido poner en venta su casa porque el barrio no es lo que era)

sábado, 16 de agosto de 2008

Conjuro

Y de repente, recuperé la sensibilidad urbana —después de tesinas y presentaciones— para escuchar esto:

"¿Viste? ¡La gente pensaba que no eras un nene, que estabas trabajando acá!"

Contexto: en uno de esos pútridos festejos de cumpleaños en Mc. Donalds, un niño descubrió que el sitio de juegos no era tan ergodinámico como se pretendía y lesionó su pómulo contra alguna superficie en punta. La empleada encargada de la diversión, viendo llegar el Averno en plena Av. Santa Fe esq. Pueyrredón, decidió darle su gorro de jean y consolarlo sin demostrar desesperación, estado que el chico —dado que es un chico— podría aprovechar sabiamente hasta el abismo.

No sé cuál de las dos percepciones es más escalofriante: si la de no parecer más un niño cuando se lo es, o la de laborar pacientemente en los boliches de ese payaso fantasmagórico.

sábado, 26 de abril de 2008

VadeRetro

Aunque la ciudad también es un escenario para este tipo de catástrofes, la playa se ofrece con toda generosidad a la observación jamás participante (¡la deidad nos libre!) de ese fenómeno de debacle conyugal que se divide en dos manifestaciones igualmente espantosas:

1. Las parejas que se visten con prendas de azul marino y blanco.
2. Las parejas que se han comprado dos equipos de gimnasia idénticos con variaciones de color.

A lo que podríamos agregar una situación aún más horripilante, que aquí se denominará "3":

3. Las parejas que se han comprado dos equipos de gimnasia idénticos, en tonos azul marino y blanco, con pequeñas variaciones de estilo.

Eso demuestra, decididamente, la agonía de la autonomía necesaria para la supervivencia (y para la convivencia, es decir, para la super-con-vivencia).
Roguemos todos, otra vez: que la deidad nos libre de ese desenlace funesto para nuestros amores.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Karma

En algún post viejo (AnimalYiya) comenté las peripecias de la gata raptada que saltaba ceremoniosamente sobre el toldo de mi ex-vecina, con el consecuente ruido y el insulto posterior.
Parece que alguna extraña maldición ha caído sobre nuestros hombros con motivo de esos episodios, porque en la casa nueva hay un toldo gigantesco, setentoso, con florcitas naranjas, que por la madrugada se transforma en el ring de los gatos de toda la manzana. Se trenzan, saltan y ruedan por la pendiente haciendo sonar sus huesos y su fuerza animal por toda la extensión del techo plástico; así, logran que me despierte de un salto y pregunte, casi sonámbula, si ya llegaron los hunos.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Juego


Y cuando en la isla se escuchaba nada más que el motor del generador que da electricidad a las pocas casas que hay por ahí, entramos al cementerio, que estaba completamente oscuro y solitario, incentivados por el continuo acicateo de "vos no te vas a animar...".

El miedo típico de películas de terror reapareció con fuerza: calaba en los huesos e impedía moverse con facilidad. Tan raro se sentía, que supuse que si de verdad algún fantasma quería hacerse presente, no iba a tener fuerzas ni reacción para escaparme.

Llegamos hasta el final del camino, húmedo y con ambiente de caverna al aire libre. Desde la entrada del cementerio, la profundización de la aventura consistió en llegar hasta la otra punta, que se encontraba a quince metros, aproximadamente. No me acuerdo si logré hacerlo.

Parecía increíble, pero la disociación entre lo racional y lo fantástico se había producido; nosotros nos habíamos pasado, definitivamente, al sector de la ficción más tenebrosa.

Dicen que los turistas sacan fotos de sus lugares de vacaciones para decir "yo estuve ahí". A mí no me quedó más remedio que fotografiar a través la penumbra, para dejar un testimonio de mi hazaña inútil.