Y como la revolución empieza por casa, este blog se ha ocupado sistemáticamente de detectar y pintar con fosforescente a las representantes del sexo femenino que, día tras día, se empeñan en representar de manera horrorosa su condición. Así es como este espacio se ha encargado con furia de las LaMes, de las viejas chotas, de las abusivas que hacen pies tontos a la fila en la verdulería, de las haceteleras, y de las murgueras. En esta ocasión, quisiera dirigir el insulto cotidiano a otra variedad de mujer que atenta claramente contra el gremio: la acompañante del conductor. Como surge explícitamente de su posición en el vehículo, no maneja —por lo menos en ese momento—, pero está convencida de que puede esquivar los riesgos del volante aprovechando el beneficio de la puteada y la queja hacia otras conductoras como una forma de plantear competencia, tal vez mitigar un poco de resentimiento y, por supuesto, ligar una sardina tirada al aire cuando diga "viste, mi amor, por eso dejo que siempre me lleves vos".
Existen diversas clases de este especimen que hemos denominado "la mal llevada":
- La que te mira con desprecio desde la ventanilla, como indicando tu idiota decisión de no buscarte un conductor responsable con anatomía fálica. Esto funciona especialmente cuando las mal llevadas circulan a bordo de camionetas gigantes.
- La que imita el gesto del maleducado que la transporta, con notable indignación: mueve las manos indicando "correte de una vez", "estás loca", "sos un desastre", o "qué barbaridad".
- La que se hace cargo de la demanda del señor que la puso dentro del auto, y entonces se vuelve mucho más enfática que él, no sólo con los gestos sino que puede aprovechar que tu posición como conductora se choca con su lugar de acompañante; de este modo, baja la ventanilla y te dedica unas buenas palabras de yegua.
En cualquiera de sus tres variantes, las mal llevadas se merecen una sanción disciplinaria grave por parte de nuestro tribunal. Su resentimiento perezoso no debe molestarnos en la ruta, nabas.
Mostrando entradas con la etiqueta idiotas. Mostrar todas las entradas
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sábado, 21 de abril de 2012
jueves, 23 de febrero de 2012
Afirmación
- ¡Ocupado, carajo, dije 'ocupado'!"
La primera vez que voy a merendar a un local de comidas rápidas, y que por supuesto voy al baño, tal como hacía antes de diciembre. Sin embargo, mi mundo ha cambiado tanto, que hasta esta actividad, antes tan plácida y sin inconvenientes, ahora se me volvió una emboscada. "¿Querés ir al baño? Andá al de abajo", me dijo la empleada. Y fui al pútrido baño de emergencia que está destinado a las personas de movilidad reducida, a los bebés cuyos pañales tienen pedido de captura, y a todos los que desestiman subir una escalera para encontrarse con los sanitarios. Apenas ingresé y me sumergí en el estilo personal que hace imposible salir rápido, tanto en términos de ropa desubicada como de posición corporal no lista para la carrera, aproximadamente el 95% de los clientes del negocio, más el 80% de los transeúntes que decidieron hacer una parada técnica, empezaron a manotear el picaporte y a decirle al de seguridad: "Pero esto está cerrado, señor, ¿funciona en serio? ¿Por qué no se fija si lo puede abrir?" Así es como pronuncié 22 veces la palabra "ocupado", 2 veces dije "ya voy" cuando alguien me preguntaba "¿tiene para mucho?", y 1 contundente vez "¡ocupado, carajo, dije 'ocupado'!", cuando directamente destrabaron desde afuera la puerta y se disponían a entrar con armas. ¿El resultado? El hombre de seguridad que, con cortesía después de haberlo puteado a través de la puerta, me explicaba que "todos" estaban apurados porque una señora debía cambiar a su bebé, tres mujeres mirándome con cara de "qué loca que estás", y la madre en cuestión con gesto de reproche, como si yo no supiera que los bebés empastados siempre pueden aguantar 15 minutos más. Volver después de mucho tiempo, y descubrir que la ciudad sigue siendo tan invivible como antes. Y yo sin bebé en brazos para capitalizar.
La primera vez que voy a merendar a un local de comidas rápidas, y que por supuesto voy al baño, tal como hacía antes de diciembre. Sin embargo, mi mundo ha cambiado tanto, que hasta esta actividad, antes tan plácida y sin inconvenientes, ahora se me volvió una emboscada. "¿Querés ir al baño? Andá al de abajo", me dijo la empleada. Y fui al pútrido baño de emergencia que está destinado a las personas de movilidad reducida, a los bebés cuyos pañales tienen pedido de captura, y a todos los que desestiman subir una escalera para encontrarse con los sanitarios. Apenas ingresé y me sumergí en el estilo personal que hace imposible salir rápido, tanto en términos de ropa desubicada como de posición corporal no lista para la carrera, aproximadamente el 95% de los clientes del negocio, más el 80% de los transeúntes que decidieron hacer una parada técnica, empezaron a manotear el picaporte y a decirle al de seguridad: "Pero esto está cerrado, señor, ¿funciona en serio? ¿Por qué no se fija si lo puede abrir?" Así es como pronuncié 22 veces la palabra "ocupado", 2 veces dije "ya voy" cuando alguien me preguntaba "¿tiene para mucho?", y 1 contundente vez "¡ocupado, carajo, dije 'ocupado'!", cuando directamente destrabaron desde afuera la puerta y se disponían a entrar con armas. ¿El resultado? El hombre de seguridad que, con cortesía después de haberlo puteado a través de la puerta, me explicaba que "todos" estaban apurados porque una señora debía cambiar a su bebé, tres mujeres mirándome con cara de "qué loca que estás", y la madre en cuestión con gesto de reproche, como si yo no supiera que los bebés empastados siempre pueden aguantar 15 minutos más. Volver después de mucho tiempo, y descubrir que la ciudad sigue siendo tan invivible como antes. Y yo sin bebé en brazos para capitalizar.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Elegidores
La multiplicación de cultivos que puede observarse en las verdulerías barriales, producto del calor espasmódico y de las huertas más nutridas, hace florecer también un yuyo inmundo de la especie humana: el cliente tocaverduras. No es muy justo aclararlo, pero esta entidad ancla sus sucias costumbres en las personas que superaron los 60 años, aunque es cierto que he visto obsesivas madres de niños pequeños y hippies meticulosos que también apelan a sus yemas dactilares para apretar paltas, presionar los extremos de los melones, sopesar los tomates y hacer girar los limones como si, con esos movimientos estratégicos, no pudieran ya saber si lo que agarran será rico o no, sino directamente adivinar el destino y conocer la contraseña para pasar de pantalla cuando venga el apocalipsis maya.
Así es como los tocaverduras aplacan su ansiedad en la fila de las verdulerías manoteando todo lo que piensan comprar, con gesto de sabiduría y rictus de crítica lapidaria. Van sosteniendo lo que quieren llevar mientras esperan y una, cuando está antes en la espera de atención, piensa por qué tendrá que llevarse lo que este engendro desechó, sólo por tener confianza en las manos del comerciante; es decir, sólo por respetar su trabajo y darle indicaciones teóricas acerca de lo que quiere: "tomates peritas para salsa"; "paltas para hoy"; "bananas para mañana"; "duraznos blanditos, por favor". En lugar de ello, el tocaverduras elige, agarra y, en sus versiones más indignantes, se va acercando a la caja con gesto de "ya hice todo el trabajo, dejame pagar que me voy". Por eso, ayer, cuando una señora se dedicó sesudamente a elegir el peor zucchini que alguna vez haya crecido en la tierra y se lo acercó a la verdulera con cara de "a mí no me vas a estafar", le agradecí al mundo por la posibilidad concretada de la revancha.
Así es como los tocaverduras aplacan su ansiedad en la fila de las verdulerías manoteando todo lo que piensan comprar, con gesto de sabiduría y rictus de crítica lapidaria. Van sosteniendo lo que quieren llevar mientras esperan y una, cuando está antes en la espera de atención, piensa por qué tendrá que llevarse lo que este engendro desechó, sólo por tener confianza en las manos del comerciante; es decir, sólo por respetar su trabajo y darle indicaciones teóricas acerca de lo que quiere: "tomates peritas para salsa"; "paltas para hoy"; "bananas para mañana"; "duraznos blanditos, por favor". En lugar de ello, el tocaverduras elige, agarra y, en sus versiones más indignantes, se va acercando a la caja con gesto de "ya hice todo el trabajo, dejame pagar que me voy". Por eso, ayer, cuando una señora se dedicó sesudamente a elegir el peor zucchini que alguna vez haya crecido en la tierra y se lo acercó a la verdulera con cara de "a mí no me vas a estafar", le agradecí al mundo por la posibilidad concretada de la revancha.
viernes, 5 de agosto de 2011
Solidario
"Mauricio: ya te votamos. Ahora haceme la vereda".
Pasacalle en una esquina de Av. Cobo al 1100.
Creo que la pauta del voto macrista podemos encontrarla en el tan gracioso como indignante pedido de este ciudadano* que se cree merecedor de los privilegios políticos; tal como le pide "haceme la vereda" le podría haber encargado un pebete de jamón y queso como premio para su elección egoísta y chanta. De más está decir que al votante barato ése que se dio el lujo de gastar en un cartel callejero, no le deseo baldosas nuevas: sólo espero una réplica de los cráteres urbanos de Guatemala en la puerta de su casa, un lunes a las 8 am y justo cuando ve llegar su colectivo a la parada.
* Sí, ya sé, puede ser una mujer exponente del viejachotismo. Pero me queda feo el "/a" y si alguien me propone poner el bobo "x" (ciudadanx) lo voy a buscar a la casa para insultarlo.
viernes, 29 de abril de 2011
Colaboradores
Las prácticas de manejo en el barrio me están dejando exhausta, pero mi cansancio no proviene del volante, sino de la mirada ajena. En efecto, me intriga e indigna cada vez más la insuperable curiosidad maligna del vecino, ésa que te ve estacionar en 32 maniobras y te mira con cara de "tomate un colectivo y dejanos a todos a salvo, nena". En mis recorridos más antropológicos que virtuosos, descubrí tres especímenes dignos del insulto a viva voz y con el matafuegos en la mano, ahora que puedo tenerlo:
1. El celoso de la cochera: el tipo ve que hay 4 personas que te van indicando "un poco más, dale, ahí, pará, sacalo de nuevo", pero aún así considera que sos una conductora maleducada que va a estacionar el auto, para siempre, en su bienamada entrada de garage. Jamás piensa que un lugar para estacionar, cuando no está inmediatamente solicitado, es una gran oportunidad para practicar el aparque en un "contexto protegido" solamente por un rato: no, necesita salir de su casa (con el auto guardado y sin necesidad de salir, claro), para indicarte "ni se te ocurra dejarlo acá, eh?".
2. La vieja cuidadosa del mandato masculino: y se merece que le digan "la vieja" porque su cara de escándalo cuando me ve practicar le hace ganar la caracterización irrespetuosa. A través de sus anteojos gigantes, que le agrandan los ojos hasta que parece un topo, mira con ganas de llamar a la policía para que me pidan documentos y me recomienden que un señor de mi entorno tome el poder en el vehículo. Cree sinceramente que hay que nacer sabiendo y que, para ello, hay que nacer hombre.
3. El machista pasea-perros: un hombre rutinario que sale a la misma hora, todos los días, para pasear un can medio bobo que está harto de que le dé idéntica vuelta ad infinitum. Salir a practicar a horarios similares, por la noche, aunque sea para poner en marcha el auto, es una manera ineludible de hallarlo caminando por la vereda, con los ojos clavados en mi volante y descuidado de si al perro lo abducen los ovnis 20 metros más adelante: está esperando que raye con intensidad al auto de adelante y que, como es obvio, me largue a llorar.
Espécimenes indeseables, cuando tenga el registro, les dedicaré un "in your face" apenas los vea. Múdense, tiren los anteojos o pónganle control remoto al perro, porque voy por ustedes.
1. El celoso de la cochera: el tipo ve que hay 4 personas que te van indicando "un poco más, dale, ahí, pará, sacalo de nuevo", pero aún así considera que sos una conductora maleducada que va a estacionar el auto, para siempre, en su bienamada entrada de garage. Jamás piensa que un lugar para estacionar, cuando no está inmediatamente solicitado, es una gran oportunidad para practicar el aparque en un "contexto protegido" solamente por un rato: no, necesita salir de su casa (con el auto guardado y sin necesidad de salir, claro), para indicarte "ni se te ocurra dejarlo acá, eh?".
2. La vieja cuidadosa del mandato masculino: y se merece que le digan "la vieja" porque su cara de escándalo cuando me ve practicar le hace ganar la caracterización irrespetuosa. A través de sus anteojos gigantes, que le agrandan los ojos hasta que parece un topo, mira con ganas de llamar a la policía para que me pidan documentos y me recomienden que un señor de mi entorno tome el poder en el vehículo. Cree sinceramente que hay que nacer sabiendo y que, para ello, hay que nacer hombre.
3. El machista pasea-perros: un hombre rutinario que sale a la misma hora, todos los días, para pasear un can medio bobo que está harto de que le dé idéntica vuelta ad infinitum. Salir a practicar a horarios similares, por la noche, aunque sea para poner en marcha el auto, es una manera ineludible de hallarlo caminando por la vereda, con los ojos clavados en mi volante y descuidado de si al perro lo abducen los ovnis 20 metros más adelante: está esperando que raye con intensidad al auto de adelante y que, como es obvio, me largue a llorar.
Espécimenes indeseables, cuando tenga el registro, les dedicaré un "in your face" apenas los vea. Múdense, tiren los anteojos o pónganle control remoto al perro, porque voy por ustedes.
sábado, 5 de febrero de 2011
Separatistas
Plaza de los Virreyes, línea E.
Dos muchachones (con todas las características que los hacen "ones") sorbían con ruido una caja de jugo Baggio y comían un sandwich con estrépito. Su viaje comenzaba como siempre, cuando observaron lo impensado: una mujer entraba a la cabina de conducción del primer vagón, lista para poner el chorizo subterráneo en marcha. Reproducción del diálogo:
—Uy, boludo, ¿una mina va a manejar el subte?
—Sí, boludo, nos vamos a matar todos.
—No, yo te digo lo que hacemos: que ella se quede con el primer vagón y nosotros, en este que es segundo, nos separamos y seguimos por nuestro lado. Más vale.
Machismo vehicular por encima y por debajo de la tierra. Tal vez sea una planta gigante y maloliente que, en los caminos del subte, muestra sus raíces.
Dos muchachones (con todas las características que los hacen "ones") sorbían con ruido una caja de jugo Baggio y comían un sandwich con estrépito. Su viaje comenzaba como siempre, cuando observaron lo impensado: una mujer entraba a la cabina de conducción del primer vagón, lista para poner el chorizo subterráneo en marcha. Reproducción del diálogo:
—Uy, boludo, ¿una mina va a manejar el subte?
—Sí, boludo, nos vamos a matar todos.
—No, yo te digo lo que hacemos: que ella se quede con el primer vagón y nosotros, en este que es segundo, nos separamos y seguimos por nuestro lado. Más vale.
Machismo vehicular por encima y por debajo de la tierra. Tal vez sea una planta gigante y maloliente que, en los caminos del subte, muestra sus raíces.
lunes, 24 de enero de 2011
Franelelo
Y entonces un señor de 50 aprox, vestido con pantalón caqui, dijo:
"¿Viste? Así puedo hacer lo que me gusta a mí, que es la relación pública, la franela, el parapapá"
No falla: ponés un pie en Puerto Madero y enseguida escuchás una idiotez demodeé, digna del leopardo y del auto amarillo.
"¿Viste? Así puedo hacer lo que me gusta a mí, que es la relación pública, la franela, el parapapá"
No falla: ponés un pie en Puerto Madero y enseguida escuchás una idiotez demodeé, digna del leopardo y del auto amarillo.
viernes, 1 de octubre de 2010
Excusas
Luego de una semana de muertes famosas —en diversos grados de estrellato—, he recopilado una serie de explicaciones sobre la muerte que hacen que, otra vez, en medio de la tristeza siempre haya lugar para la violencia. Este es el podio de los consuelos más idiotas:
Puesto N° 3: "No se sientan mal, porque desde hoy hay un nuevo ángel en el Cielo".
Pregúntenle al nuevo ángel si le interesaba esta metamorfosis. Además, si supuestamente el Cielo está lleno de esos seres sin espalda —nunca entendí ese dicho—, la incorporación de un nuevo integrante sólo aumentaría la superpoblación de criaturas celestiales.
Puesto N° 2: "Dios lo llamó para que estuviera a su lado"
¿Desde cuándo a uno lo llaman para trabajar para un puesto tan lejano a su perfil? Aun cuando haya sorpresas, siempre surgen en ámbitos cercanos al que nos desempeñamos: no habría razón para que a alguien que trabaja como vivo lo llamen para ocupar una vacante de muerto. Por lo pronto, sólo quiero saber cuál es la consultora que trabaja con Dios, averiguar su número de teléfono y poner un detector de llamadas en mi casa.
Puesto N° 1: "Era demasiado bueno para este mundo"
Un castigo a la bondad que es realmente inaudito. ¿Entonces los deudos del demasiadobueno son mala gente, deshonesta, mentirosa e indigna de tal sanción? ¿Los que nos quedamos somos todos una basura? ¿El que fue tan bueno debe arrepentirse de haber obrado bien con su entorno? Me parece que no hay incentivo mayor para la maldad que esta excusa de la muerte que sólo abona el egocentrismo ajeno —y extinto, por otra parte.
Estas elaboraciones irreflexivas e irritantes las encontré, en su mayoría, en foros virtuales. Tengan cuidado, consuelólogos entusiastas, porque el retwiteo motiva el reputeo. No se excedan.
Puesto N° 3: "No se sientan mal, porque desde hoy hay un nuevo ángel en el Cielo".
Pregúntenle al nuevo ángel si le interesaba esta metamorfosis. Además, si supuestamente el Cielo está lleno de esos seres sin espalda —nunca entendí ese dicho—, la incorporación de un nuevo integrante sólo aumentaría la superpoblación de criaturas celestiales.
Puesto N° 2: "Dios lo llamó para que estuviera a su lado"
¿Desde cuándo a uno lo llaman para trabajar para un puesto tan lejano a su perfil? Aun cuando haya sorpresas, siempre surgen en ámbitos cercanos al que nos desempeñamos: no habría razón para que a alguien que trabaja como vivo lo llamen para ocupar una vacante de muerto. Por lo pronto, sólo quiero saber cuál es la consultora que trabaja con Dios, averiguar su número de teléfono y poner un detector de llamadas en mi casa.
Puesto N° 1: "Era demasiado bueno para este mundo"
Un castigo a la bondad que es realmente inaudito. ¿Entonces los deudos del demasiadobueno son mala gente, deshonesta, mentirosa e indigna de tal sanción? ¿Los que nos quedamos somos todos una basura? ¿El que fue tan bueno debe arrepentirse de haber obrado bien con su entorno? Me parece que no hay incentivo mayor para la maldad que esta excusa de la muerte que sólo abona el egocentrismo ajeno —y extinto, por otra parte.
Estas elaboraciones irreflexivas e irritantes las encontré, en su mayoría, en foros virtuales. Tengan cuidado, consuelólogos entusiastas, porque el retwiteo motiva el reputeo. No se excedan.
lunes, 19 de abril de 2010
Contrato
Creo que es urgente rehacer el contrato de convivencia dentro de los colectivos. Numerosas "novedades" han surgido como para que el clásico "bajá el brazo que tu olor me voltea" sea suficiente para sobrevivir en la batalla del transporte. Algunas de estas anomalías ya han sido tratadas en este blog, pero bien vale el repaso reivindicativo. Por eso, propongo reglamentación urgente para las siguientes 10 cuestiones conflictivas:
1. Los idiotas que ponen música en el celular sin utilizar auriculares. De manera especial, sugiero una sanción ejemplificadora para los nuevos dioses del cumbiatón que asolan las unidades de diferentes líneas.
2. Los encimados que no cuidan la mínima separación entre espalda y espalda: si el colectivo está despejado en algunos sectores, ¿por qué debería tener a alguien frotándose contra mi intolerante pescuezo?
3. Los hombres desconsiderados que se sientan en su asiento pero abren las piernas de modo tal que la línea de su rodilla se extiende hasta la mitad del otro asiento.
4. Los egoístas que comparten el travesaño para sillas de ruedas —cuando no hay ninguna— y, sabiendo que 3 personas pueden recostarse bastante bien, cuando se baja una de las tres se corren para que no pase nadie más.
5. Los pegajosos que le dan besos ruidosos a sus parejas durante un viaje en hora pico.
6. Los desubicados que se paran enfrente tuyo cuando conseguiste una fracción de espacio en la zona citada en el ítem 4 y, como deciden sostenerse con el marco de la ventana —que está detrás de tu nuca—, te atraviesan su brazo todo el viaje, de tal manera que si girás la cabeza para ver la calle, te limpiás unos mocos imaginarios (o reales, se lo merecen) en su antebrazo.
7. Las maleducadas que se transforman en rugbiers cuando, en la otra punta del colectivo, advierten que un asiento se desocupa.
8. Los postes humanos que se niegan a ir más para atrás y se perpetúan en el estrecho espacio que hay entre la máquina de boletos y el asiento de enfrente.
9. Los obstáculo con pies que siempre, estén donde estén, molestan y se quedan en el medio de todo (yo suelo pertenecer a esta clase).
10. Los culopesado que, en los asientos de a 2, no se levantan para dejar paso al pasajero que estaba sentado del lado de la ventanilla y quiere bajar. Cuando me sucede a mí, el cuarto de giro para retirar solamente las rodillas les genera, si son mujeres, un culazo instantáneo que las pone al borde del desnuque y, si son hombres, un rodillazo en las piernas que se asemeja mucho a la paralítica futbolera.
Nueva ley de convivencia colectivera, por favor. La otra quedó demasiado demodeé. Cada vez somos más feroces.
1. Los idiotas que ponen música en el celular sin utilizar auriculares. De manera especial, sugiero una sanción ejemplificadora para los nuevos dioses del cumbiatón que asolan las unidades de diferentes líneas.
2. Los encimados que no cuidan la mínima separación entre espalda y espalda: si el colectivo está despejado en algunos sectores, ¿por qué debería tener a alguien frotándose contra mi intolerante pescuezo?
3. Los hombres desconsiderados que se sientan en su asiento pero abren las piernas de modo tal que la línea de su rodilla se extiende hasta la mitad del otro asiento.
4. Los egoístas que comparten el travesaño para sillas de ruedas —cuando no hay ninguna— y, sabiendo que 3 personas pueden recostarse bastante bien, cuando se baja una de las tres se corren para que no pase nadie más.
5. Los pegajosos que le dan besos ruidosos a sus parejas durante un viaje en hora pico.
6. Los desubicados que se paran enfrente tuyo cuando conseguiste una fracción de espacio en la zona citada en el ítem 4 y, como deciden sostenerse con el marco de la ventana —que está detrás de tu nuca—, te atraviesan su brazo todo el viaje, de tal manera que si girás la cabeza para ver la calle, te limpiás unos mocos imaginarios (o reales, se lo merecen) en su antebrazo.
7. Las maleducadas que se transforman en rugbiers cuando, en la otra punta del colectivo, advierten que un asiento se desocupa.
8. Los postes humanos que se niegan a ir más para atrás y se perpetúan en el estrecho espacio que hay entre la máquina de boletos y el asiento de enfrente.
9. Los obstáculo con pies que siempre, estén donde estén, molestan y se quedan en el medio de todo (yo suelo pertenecer a esta clase).
10. Los culopesado que, en los asientos de a 2, no se levantan para dejar paso al pasajero que estaba sentado del lado de la ventanilla y quiere bajar. Cuando me sucede a mí, el cuarto de giro para retirar solamente las rodillas les genera, si son mujeres, un culazo instantáneo que las pone al borde del desnuque y, si son hombres, un rodillazo en las piernas que se asemeja mucho a la paralítica futbolera.
Nueva ley de convivencia colectivera, por favor. La otra quedó demasiado demodeé. Cada vez somos más feroces.
viernes, 5 de marzo de 2010
Insufribles
Voy caminando y veo cada una de esas trayectorias.
De arriba hacia abajo, ondea un poco y amenaza con el estallido, pero finalmente se destroza por dentro contra la vereda, manteniendo sus límites que se expanden un poco, se achatan y finalmente dibujan una forma indefinible y algo asquerosa sobre las baldosas. Su consistencia genera un poco de inquietud pero hay algo en su sabia naturaleza que impide su desparramo. No obstante, pese a las demostraciones de resistencia del polietileno, todavía no puedo creer la multiplicación espontánea de estúpidos culopesado que arrojan su bolsa de basura diaria desde el balcón. Se merecerían una cama elástica invisible que les devuelva sus residuos y se los estampe en la ventana, plenos de olor, colores inequívocos y texturas insoportables.
De arriba hacia abajo, ondea un poco y amenaza con el estallido, pero finalmente se destroza por dentro contra la vereda, manteniendo sus límites que se expanden un poco, se achatan y finalmente dibujan una forma indefinible y algo asquerosa sobre las baldosas. Su consistencia genera un poco de inquietud pero hay algo en su sabia naturaleza que impide su desparramo. No obstante, pese a las demostraciones de resistencia del polietileno, todavía no puedo creer la multiplicación espontánea de estúpidos culopesado que arrojan su bolsa de basura diaria desde el balcón. Se merecerían una cama elástica invisible que les devuelva sus residuos y se los estampe en la ventana, plenos de olor, colores inequívocos y texturas insoportables.
jueves, 11 de febrero de 2010
Parrilla
Quiero avisar que la lluvia me abandonó y que ahora tengo un furibundo color acamaronado y chocolatado, depende de la zona a la que se aluda. Por otra parte, como enero se terminó hace rato y hay un viejo post que pide pista y sigue estando vigente en sus referencias, lo suelto aquí porque no estoy en días de pensar mucho. En breve regresaré con más idioteces recién horneadas, pero Insolada está de vacaciones todavía. Au revoir.
No hay caso: en enero, la vida pasa por las pantallas y casi nada por la calle. Por lo menos, eso es lo que me está pasando a mí. Debo decir que Martín Caparrós escribe de un modo que me da mucha, pero mucha envidia. Devoro sus libros y siempre pienso que me encantaría ir de viaje pensando crónicas para el papel. Pero este blog no está para desvaríos jipis, así que vamos a lo de siempre. Puse en el buscador "Martín Caparrós" porque ya me terminé su último libro. Sé que tiene algunos devaneos europeizantes, que su ejercicio de pensar lo minúsculo a veces se parece mucho a un regodeo aburguesado palermitano y demás, pero yo me la aguanto. Así que navegué para ver si tenía alguna web con escritos. Pero no, parece que todo lo que publica lo cobra y, en lugar de esos textos esperados, me encontré con un blog inaudito, escrito por una argentina en Miami (= leopardo, dorado y caniche), cuya primera entrada tenía como título:
De más está decir que la señora declaró que no conocía al autor —aunque lo curioso de la comparación la motivaría a leer algo suyo, como prometió—, que no hay certezas de que alguien más además de ella haya hecho esa comparación y, por supuesto, que su escritura no tenía nada que ver con Caparrós. Nada de nada. Pero eso no es todo. Un seguidor le dejó un comentario que, en forma y en contenido, lo hace merecedor de la hoguera. Se los transcribo de manera textual:
Que alguien le borre la supuesta elegancia a patadas y lo haga un poco bruto a fuerza de libros y más libros. Eso parece algo urgente y vital.
* Le dejo pasar los "q" y los puntos suspensivos en exceso, que me dan urticaria en los ojos. Pero esto también suma al irritante espanto.
No hay caso: en enero, la vida pasa por las pantallas y casi nada por la calle. Por lo menos, eso es lo que me está pasando a mí. Debo decir que Martín Caparrós escribe de un modo que me da mucha, pero mucha envidia. Devoro sus libros y siempre pienso que me encantaría ir de viaje pensando crónicas para el papel. Pero este blog no está para desvaríos jipis, así que vamos a lo de siempre. Puse en el buscador "Martín Caparrós" porque ya me terminé su último libro. Sé que tiene algunos devaneos europeizantes, que su ejercicio de pensar lo minúsculo a veces se parece mucho a un regodeo aburguesado palermitano y demás, pero yo me la aguanto. Así que navegué para ver si tenía alguna web con escritos. Pero no, parece que todo lo que publica lo cobra y, en lugar de esos textos esperados, me encontré con un blog inaudito, escrito por una argentina en Miami (= leopardo, dorado y caniche), cuya primera entrada tenía como título:
"Alguien me dijo que escribo como Martín Caparrós..."
De más está decir que la señora declaró que no conocía al autor —aunque lo curioso de la comparación la motivaría a leer algo suyo, como prometió—, que no hay certezas de que alguien más además de ella haya hecho esa comparación y, por supuesto, que su escritura no tenía nada que ver con Caparrós. Nada de nada. Pero eso no es todo. Un seguidor le dejó un comentario que, en forma y en contenido, lo hace merecedor de la hoguera. Se los transcribo de manera textual:
"Eso de escribir como alguien es tipo de las personas q leen demaciado y han borrado las sutilesas q cada ser humano tiene al sentir. Nos encanta tener todo controlado, este se parece a este, porque lo nuevo, lo diferente, asusta he intriga...cada uno escribe/siente/piensa diferente...he ahi el valor de ser personas....saludos..."*.
Que alguien le borre la supuesta elegancia a patadas y lo haga un poco bruto a fuerza de libros y más libros. Eso parece algo urgente y vital.
* Le dejo pasar los "q" y los puntos suspensivos en exceso, que me dan urticaria en los ojos. Pero esto también suma al irritante espanto.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Pirotecnia
Ya se ha mencionado, en años precedentes, lo bodrioso que me resultan las fiestas navideñas. Cada diciembre, refrendo mi sensación de agobio. No obstante, observo que muchas personas se cargan de nuevos bríos, distintos o intensificados con respecto a los que gobiernan sus noviembres. De alegría, de cansancio, de tristeza o de fobia, la variedad de sus aires decembrinos es tan amplia como, súbitamente, peligrosa. Así lo descubrí a bordo del colectivo 141.
Una mujer, con apariencia frágil y suave, tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Esa "próxima" estaba a dos veredas de su ring; aún así, el chofer frenó con bestialidad para depositarla en ese lugar. Pero no: ella no quería ahí, sino cruzando J. B. Alberdi, así que le indicó con el movimiento circular de sus índices hacia adelante —como indicando "otra más", "avanzamos" o algo así— que quería bajarse en la siguiente posta. Yo estaba sentada delante suyo, en la hilera de varios asientos del fondo del colectivo, así que escuché cómo se dirigía a otra delicada señora que estaba sentada al lado mío. Reproducción del monólogo:
—¿Qué se cree? No me voy a bajar ahí, ¡con lo que cuesta cruzar Alberdi! Que me deje en la siguiente cuadra. Pero ahora vas a ver: seguro que me lleva hasta Directorio, de la bronca porque lo hice frenar.
(Aclaración: con todo lo que me peleo con los colectivos, esta vez era obvio que iba a seguir hasta Directorio, puesto que antes no había parada. A pesar de ello, la mujer le tocó timbre apenas cruzó Alberdi. El chofer pasó la vereda deseada de la pasajera y siguió de largo. Continúa monólogo)
—¿Qué te dije? Claro, ahora me va a bajar en Directorio. Qué lástima que una no tiene un revólver ahora como para pegarle tres tiros en la cabeza.
La mujer de al lado le contestó algo como "y, sí, la verdad que sí...", descuidando no sólo al pobre colectivero, sino a su propio cronograma, pues era obvio que un conductor con los sesos desparramados por el espejo envuelto con peluche nos retrasaría el viaje. La protagonista de este viaje, pensando en la injusticia de la no-portación de armas a tiempo, se despidió del chofer con un "muchas gracias, igual" y bajó indignada. Los mismos que piden a los gritos seguridad en lugar de justicia son los que se sienten aptos para —si tuvieran los medios necesarios— convertir su propia intolerancia en inseguridad para los demás. De terror.
Una mujer, con apariencia frágil y suave, tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Esa "próxima" estaba a dos veredas de su ring; aún así, el chofer frenó con bestialidad para depositarla en ese lugar. Pero no: ella no quería ahí, sino cruzando J. B. Alberdi, así que le indicó con el movimiento circular de sus índices hacia adelante —como indicando "otra más", "avanzamos" o algo así— que quería bajarse en la siguiente posta. Yo estaba sentada delante suyo, en la hilera de varios asientos del fondo del colectivo, así que escuché cómo se dirigía a otra delicada señora que estaba sentada al lado mío. Reproducción del monólogo:
—¿Qué se cree? No me voy a bajar ahí, ¡con lo que cuesta cruzar Alberdi! Que me deje en la siguiente cuadra. Pero ahora vas a ver: seguro que me lleva hasta Directorio, de la bronca porque lo hice frenar.
(Aclaración: con todo lo que me peleo con los colectivos, esta vez era obvio que iba a seguir hasta Directorio, puesto que antes no había parada. A pesar de ello, la mujer le tocó timbre apenas cruzó Alberdi. El chofer pasó la vereda deseada de la pasajera y siguió de largo. Continúa monólogo)
—¿Qué te dije? Claro, ahora me va a bajar en Directorio. Qué lástima que una no tiene un revólver ahora como para pegarle tres tiros en la cabeza.
La mujer de al lado le contestó algo como "y, sí, la verdad que sí...", descuidando no sólo al pobre colectivero, sino a su propio cronograma, pues era obvio que un conductor con los sesos desparramados por el espejo envuelto con peluche nos retrasaría el viaje. La protagonista de este viaje, pensando en la injusticia de la no-portación de armas a tiempo, se despidió del chofer con un "muchas gracias, igual" y bajó indignada. Los mismos que piden a los gritos seguridad en lugar de justicia son los que se sienten aptos para —si tuvieran los medios necesarios— convertir su propia intolerancia en inseguridad para los demás. De terror.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Taxi2
Y cuando pensé que el mundo de los taxistas no tenía demasiados secretos para mí, dado que me crié escuchando historias buenísimas que surgían a bordo de los autos amarillos y negros, justo me toca un viaje con un tachero careta.
No ahondaré mucho en las circunstancias alegres que me hicieron llegar a museum, en San Telmo, lleno de patovicas indeseables que ni siquiera se pudieron aprender el abecedario como condición esencial (y única) para ingresar al cuerpo inútil y pesado de la policía con uniforme. Sólo diré que alrededor de las 4 am salimos, un grupo de chicas, rumbo a nuestras casas, y que tomamos el primer taxi que pasaba por ahí.
En el transcurso del viaje, una recién re-descubierta compañera de trayecto* se despachó con un "bolivianos, paraguayos, toda esa m..., deberían irse de acá", por lo que otra chica y yo nos dedicamos a explicarle todo lo fascistas, ignorantes y remanidos que habían sido ella y su comentario. Cerró la boca durante todo el viaje y el vehículo comenzó a caldearse de un modo altamente positivo.
Por supuesto, siempre me toca bajarme última del taxi, después de alcanzar a todas las ladies a su hogar. En ese momento, el señor chofer comienza a hablar sobre lo que nadie le preguntó:
—Eh, mirá, vos guiame que yo no tengo idea de por dónde vamos.
—Está bien, seguí por Segurola que te indico.
—No, porque yo te explico: yo soy de Palermo, ¿viste?
—Ah, mirá.
—Y yo laburo siempre por Palermo.
—¿Sólo por Palermo?
—Sí, porque trabajo sólo dos noches por semana. En realidad, soy productor de seguros y hago las noches de fin de semana para enganchar la salida de los boliches.
—Bueno, qué raro que sos taxista y sólo te toca trabajar por Palermo.
—No, no: ahí está el punto. Yo no soy taxista, no me quiero llamar taxista.
—Mirá, mi papá es taxista y a mí me parece genial. ¿Vos no te querés llamar taxista porque no conocés el oficio?
—No, porque no me identifico con el gremio.
—Entonces, vos querés decir que conducís un taxi, no sos taxista.
—Sí, viste, lo hago porque, qué se yo...
—Por gusto, porque no tenés nada que hacer los fines de semana.
—No, tampoco es tan así, viste, bueno, salgo a veces, y...
En ese punto, dejé de pensar que era un nabo sin futuro en el taxi ni en su vida mustia, para empezar a evaluar la posibilidad de que fuera un asesino serial. No le gustaba ser taxista, no le gustaba conducir un taxi, no sabía cuál era la calle y tenía todos los fines de semana libres para subirse a un auto que no le gusta y que le hace incurrir en estas conversaciones insoportables. Le indiqué que ésa era la esquina de mi casa, le di justo para no esperar el cambio, y me fui pensando que todavía no había arrancado y que aún me faltaba media cuadra para abrir la puerta del ph y estar a salvo.
*Va al gimnasio con dos amigas a las que yo, que nunca veo la paja en mi ojo miope, las llamo "las flores de la costa" (continúen la rima). Señas particulares: rubia teñida, remera de leopardo, comentó que tuvo que dejar a un novio porque ella "siempre le da para adelante" y él "no tiene más expectativa que ser un empleaducho de cuarta", y corrió al baño del gimnasio para ver a un pánfilo que, viernes a las 23hs. estaba haciendo pesas solo frente al espejo. Le dije que ese tipo daba pérdidas por donde se lo mirase, que evidentemente se estaba erotizando con su propio cuerpo y que ella, tan pro, no tenía mayores esperanzas. Obvio, no me escuchó.
No ahondaré mucho en las circunstancias alegres que me hicieron llegar a museum, en San Telmo, lleno de patovicas indeseables que ni siquiera se pudieron aprender el abecedario como condición esencial (y única) para ingresar al cuerpo inútil y pesado de la policía con uniforme. Sólo diré que alrededor de las 4 am salimos, un grupo de chicas, rumbo a nuestras casas, y que tomamos el primer taxi que pasaba por ahí.
En el transcurso del viaje, una recién re-descubierta compañera de trayecto* se despachó con un "bolivianos, paraguayos, toda esa m..., deberían irse de acá", por lo que otra chica y yo nos dedicamos a explicarle todo lo fascistas, ignorantes y remanidos que habían sido ella y su comentario. Cerró la boca durante todo el viaje y el vehículo comenzó a caldearse de un modo altamente positivo.
Por supuesto, siempre me toca bajarme última del taxi, después de alcanzar a todas las ladies a su hogar. En ese momento, el señor chofer comienza a hablar sobre lo que nadie le preguntó:
—Eh, mirá, vos guiame que yo no tengo idea de por dónde vamos.
—Está bien, seguí por Segurola que te indico.
—No, porque yo te explico: yo soy de Palermo, ¿viste?
—Ah, mirá.
—Y yo laburo siempre por Palermo.
—¿Sólo por Palermo?
—Sí, porque trabajo sólo dos noches por semana. En realidad, soy productor de seguros y hago las noches de fin de semana para enganchar la salida de los boliches.
—Bueno, qué raro que sos taxista y sólo te toca trabajar por Palermo.
—No, no: ahí está el punto. Yo no soy taxista, no me quiero llamar taxista.
—Mirá, mi papá es taxista y a mí me parece genial. ¿Vos no te querés llamar taxista porque no conocés el oficio?
—No, porque no me identifico con el gremio.
—Entonces, vos querés decir que conducís un taxi, no sos taxista.
—Sí, viste, lo hago porque, qué se yo...
—Por gusto, porque no tenés nada que hacer los fines de semana.
—No, tampoco es tan así, viste, bueno, salgo a veces, y...
En ese punto, dejé de pensar que era un nabo sin futuro en el taxi ni en su vida mustia, para empezar a evaluar la posibilidad de que fuera un asesino serial. No le gustaba ser taxista, no le gustaba conducir un taxi, no sabía cuál era la calle y tenía todos los fines de semana libres para subirse a un auto que no le gusta y que le hace incurrir en estas conversaciones insoportables. Le indiqué que ésa era la esquina de mi casa, le di justo para no esperar el cambio, y me fui pensando que todavía no había arrancado y que aún me faltaba media cuadra para abrir la puerta del ph y estar a salvo.
*Va al gimnasio con dos amigas a las que yo, que nunca veo la paja en mi ojo miope, las llamo "las flores de la costa" (continúen la rima). Señas particulares: rubia teñida, remera de leopardo, comentó que tuvo que dejar a un novio porque ella "siempre le da para adelante" y él "no tiene más expectativa que ser un empleaducho de cuarta", y corrió al baño del gimnasio para ver a un pánfilo que, viernes a las 23hs. estaba haciendo pesas solo frente al espejo. Le dije que ese tipo daba pérdidas por donde se lo mirase, que evidentemente se estaba erotizando con su propio cuerpo y que ella, tan pro, no tenía mayores esperanzas. Obvio, no me escuchó.
sábado, 31 de octubre de 2009
Cuidados
El acto de "darse de alta" en cualquier cosa es peligrosísimo. Involucra un compromiso emocional involuntario que no se parece en nada a la cruel e indiferente mano invisible del mercado. La impersonalidad con la que se podían hacer las cosas dio paso a una personalización cargosa y vigilante, y los perejiles como nosotros siempre tenemos malos actores, al otro lado del mostrador, que hacen de madres indignadas y demandantes. Para fundamentar esta idea remanida, va un relato de la vida real, al estilo Pare de sufrir. Comencemos con la lección.
Como el Estado decidió acogerme en una de sus formas de obra social, arrastré a mi concubinovio a tremenda aventura. Por eso, juntos y de la mano, cancelamos nuestra suscripción a emergencias sociedad anónima, donde teníamos el plan más barato, sólo por si nos moríamos en plena calle (por lo menos, alguien limpiaría la vereda por nosotros). El operador anunció que en "los próximos 10 días hábiles un representante se comunicará con usted". Obviamente, pensé por qué no se ahorraban la llamada y me daban de baja de una buena vez, pero entendí que venía un segundo round. Éste sucedió el jueves a las 9 de la mañana, horario prohibido para recibir llamadas en casa; pese a todo, atendí.
—Estimada Laura, soy Olivia y la llamo de parte de emergencias sociedad anónima. Nos ha llegado el informe de que usted ha decidido darse de baja de nuestra empresa. ¿Qué pasó, Laura? ¿Tuvo algún problema?
—No, ninguno. Lo que pasa es que ahora tenemos una obra social y no necesitamos las dos cosas.
—Pero usted entendió mal. Usted puede tener una obra social y también a nosotros, que somos un servicio de emergencias.
—Claro, sí, pero prefiero quedarme sólo con la obra social. Por eso, quiero la baja de emergencias y les agradezco mucho.
—¿Es un problema económico? ¿No tiene plata para pagarlo? ¿Usted sabe que si paga con débito es más económico? ¿Usted lo sabe?
—Sí, lo sé, pero quiero darme de baja. Tengo plata para pagarlo, pero no quiero. Nada más que eso. Además, habrá visto en mi informe que sólo usamos el médico a domicilio una vez.
—Sí, en junio, para Luciano, una visita durante la epidemia de gripe A, un momento de intensa crisis (?). Lo que yo quiero saber, Laura, es: ¿y si tiene una emergencia y su obra social no se lo cubre? ¿Qué va a hacer usted?
— Lo mismo que hacía antes de contratar su empresa. No se haga problema: yo me arreglo. Le agradezco las posibilidades que me va a dar para seguir, pero quiero la baja.
—No, es que yo no le estoy dando ninguna posibilidad, sólo quiero que me diga qué va a hacer si tiene una emergencia que su obra social no cubre.
—Si pasa, me fijo qué hago. Pero usted no se preocupe.
—No, yo no me preocupo. Le pregunto si a usted no le preocupa.
—No, yo quiero la baja y nada más. Si tengo un problema, lo arreglo yo.
—(Silencio sancionatorio) Entonces, Laura, yo lo lamento muchísimo pero no tengo otra alternativa que dar curso a su pedido.
—Sí, eso es lo que quiero, gracias.
(Me corta sin saludar, como para demostrar que está muy enojada)
¿Dónde ha quedado la dignidad fría e imperativa de una empresa? ¿Por qué hacen que sus operadores berreen por teléfono y hagan el sketch de sentirse traicionados? Telemarketers y sus jefes, esperen a que tenga 80 años y tenga medicación psiquiátrica para desestabilizarme y hacerme sentir culpable. Por ahora, denme la baja y cierren la boca.
Como el Estado decidió acogerme en una de sus formas de obra social, arrastré a mi concubinovio a tremenda aventura. Por eso, juntos y de la mano, cancelamos nuestra suscripción a emergencias sociedad anónima, donde teníamos el plan más barato, sólo por si nos moríamos en plena calle (por lo menos, alguien limpiaría la vereda por nosotros). El operador anunció que en "los próximos 10 días hábiles un representante se comunicará con usted". Obviamente, pensé por qué no se ahorraban la llamada y me daban de baja de una buena vez, pero entendí que venía un segundo round. Éste sucedió el jueves a las 9 de la mañana, horario prohibido para recibir llamadas en casa; pese a todo, atendí.
—Estimada Laura, soy Olivia y la llamo de parte de emergencias sociedad anónima. Nos ha llegado el informe de que usted ha decidido darse de baja de nuestra empresa. ¿Qué pasó, Laura? ¿Tuvo algún problema?
—No, ninguno. Lo que pasa es que ahora tenemos una obra social y no necesitamos las dos cosas.
—Pero usted entendió mal. Usted puede tener una obra social y también a nosotros, que somos un servicio de emergencias.
—Claro, sí, pero prefiero quedarme sólo con la obra social. Por eso, quiero la baja de emergencias y les agradezco mucho.
—¿Es un problema económico? ¿No tiene plata para pagarlo? ¿Usted sabe que si paga con débito es más económico? ¿Usted lo sabe?
—Sí, lo sé, pero quiero darme de baja. Tengo plata para pagarlo, pero no quiero. Nada más que eso. Además, habrá visto en mi informe que sólo usamos el médico a domicilio una vez.
—Sí, en junio, para Luciano, una visita durante la epidemia de gripe A, un momento de intensa crisis (?). Lo que yo quiero saber, Laura, es: ¿y si tiene una emergencia y su obra social no se lo cubre? ¿Qué va a hacer usted?
— Lo mismo que hacía antes de contratar su empresa. No se haga problema: yo me arreglo. Le agradezco las posibilidades que me va a dar para seguir, pero quiero la baja.
—No, es que yo no le estoy dando ninguna posibilidad, sólo quiero que me diga qué va a hacer si tiene una emergencia que su obra social no cubre.
—Si pasa, me fijo qué hago. Pero usted no se preocupe.
—No, yo no me preocupo. Le pregunto si a usted no le preocupa.
—No, yo quiero la baja y nada más. Si tengo un problema, lo arreglo yo.
—(Silencio sancionatorio) Entonces, Laura, yo lo lamento muchísimo pero no tengo otra alternativa que dar curso a su pedido.
—Sí, eso es lo que quiero, gracias.
(Me corta sin saludar, como para demostrar que está muy enojada)
¿Dónde ha quedado la dignidad fría e imperativa de una empresa? ¿Por qué hacen que sus operadores berreen por teléfono y hagan el sketch de sentirse traicionados? Telemarketers y sus jefes, esperen a que tenga 80 años y tenga medicación psiquiátrica para desestabilizarme y hacerme sentir culpable. Por ahora, denme la baja y cierren la boca.
viernes, 21 de agosto de 2009
Tarifas
Todos los que tomamos colectivos en la Capital Federal debemos hacer una difícil elección de tarifas, muy disímiles entre sí: $1,10; $1,20; $1,25. Tomándonos muy en serio la notoria diferencia entre cada pasaje —que evidentemente debe estar relacionada con una decisión sesuda y meditada por parte de las corporaciones intervinientes—, hacemos como si el colectivero no marcara siempre $1,25 porque el botón le queda más cerca de sus perezosos dedos y decimos:
—1,20, por favor.
Él, con gesto impasible de patovica buscando feos, pregunta:
—¿Cómo?
En este punto, él cree realmente que la diferencia de boleto es suntuosa y, por tanto, hay muchas personas que quieren hacerse millonarias a costa de escatimar 5 centavos por viaje. Respiro hondo y repito:
—1,20.
Tentado de preguntarme hasta dónde voy, finalmente se calla y marca.
¿Alguien les podrá explicar alguna vez que podemos colarnos en el tren, aprovechar el molinete liberado del subte, practicar la caminata rápida cuando la distancia no amerita las ruedas, pero que no le vamos a pichulear el boleto porque su pregunta "¿hasta dónde vas?" nos convoca a la más onerosa e impagable violencia?
Le dedico este post a un ejemplo de vida solidaria: Claudio, el chofer del 112 que siempre pasaba por Río de Janeiro y Díaz Vélez a las 23 hs y nos llevaba gratis a un montón de estudiantes de comunicación que íbamos para Lanús. Claudio, en nuestras dedicatorias de tesina, muchos deberíamos haberte incluido. Pero un blog es más divertido.
—1,20, por favor.
Él, con gesto impasible de patovica buscando feos, pregunta:
—¿Cómo?
En este punto, él cree realmente que la diferencia de boleto es suntuosa y, por tanto, hay muchas personas que quieren hacerse millonarias a costa de escatimar 5 centavos por viaje. Respiro hondo y repito:
—1,20.
Tentado de preguntarme hasta dónde voy, finalmente se calla y marca.
¿Alguien les podrá explicar alguna vez que podemos colarnos en el tren, aprovechar el molinete liberado del subte, practicar la caminata rápida cuando la distancia no amerita las ruedas, pero que no le vamos a pichulear el boleto porque su pregunta "¿hasta dónde vas?" nos convoca a la más onerosa e impagable violencia?
Le dedico este post a un ejemplo de vida solidaria: Claudio, el chofer del 112 que siempre pasaba por Río de Janeiro y Díaz Vélez a las 23 hs y nos llevaba gratis a un montón de estudiantes de comunicación que íbamos para Lanús. Claudio, en nuestras dedicatorias de tesina, muchos deberíamos haberte incluido. Pero un blog es más divertido.
jueves, 2 de abril de 2009
Campaña
El devenir laboral hizo que, a partir de marzo, me levantase a las 6am tres veces por semana y, en esas mismas ocasiones, deba tomarme un colectivo a las 6,45am. Comprenderán el humor, el fastidio y el ánimo derrumbado que acompaña todas y cada una de esas travesías.
Aunque lo había anunciado en un post de hace casi un año —y no es mi intención repetir temas, aun cuando mi vida se vuelva cíclica y sin mayores novedades—, la conjunción de tiempo y espacio, a bordo del 180 (X155) se me ha vuelto insoportable por culpa de ellos, los que ponen música con su celular sin utilizar auriculares.
Si bien estoy evaluando que esa línea de transporte concentra a los pasajeros con menor coeficiente intelectual de la Capital Federal y aledaños, también me autoviolento cuando veo que todos los que escuchamos sus porquerías no le pedimos que apague ese aparato y se deje de joder. La tibieza argentina se actualiza en esos viajes, y ninguno de nosotros intenta modificar esa muestra de prepotencia tecnológica que, encima, toma la forma de una salsa o de un cumbiatón (cumbia + reggaetón) que amerita un botellazo craneal. Desde este humilde foro, luchemos para tomar medidas en forma urgente, y así volver a leer/dormir/vegetar/planear en los colectivos de la ciudad.
He dicho.
Aunque lo había anunciado en un post de hace casi un año —y no es mi intención repetir temas, aun cuando mi vida se vuelva cíclica y sin mayores novedades—, la conjunción de tiempo y espacio, a bordo del 180 (X155) se me ha vuelto insoportable por culpa de ellos, los que ponen música con su celular sin utilizar auriculares.
Si bien estoy evaluando que esa línea de transporte concentra a los pasajeros con menor coeficiente intelectual de la Capital Federal y aledaños, también me autoviolento cuando veo que todos los que escuchamos sus porquerías no le pedimos que apague ese aparato y se deje de joder. La tibieza argentina se actualiza en esos viajes, y ninguno de nosotros intenta modificar esa muestra de prepotencia tecnológica que, encima, toma la forma de una salsa o de un cumbiatón (cumbia + reggaetón) que amerita un botellazo craneal. Desde este humilde foro, luchemos para tomar medidas en forma urgente, y así volver a leer/dormir/vegetar/planear en los colectivos de la ciudad.
He dicho.
viernes, 6 de marzo de 2009
Bobera
Además de los emos, los floggers y Macri, que ya son cuento viejo en la vida cotidiana, hay otras cosas que hacen un poco más idiota a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a saber:
- Las viejas chotas con los perros fifí.
- El cartel publicitario de Arredo que se encuentra en Rivadavia, dos veredas después de Av. Carabobo (Av. Boyacá, del otro lado), en el que 6 nabolettis tiran almohadones al cielo con cara de haber descubierto la pólvora.
- El programa de radio de Julio Lagos por Radio 10 (brrrr!), que consiste en circular varias horas por la Capital, en auto, contando por qué calle va y regalando paquetes de café. Después de su conducción en El Show del Clío, creímos que no podía hacer nada más estúpido, pero sucedió.
- La presencia de Manu Chao (aunque hizo un recital muy bueno y potente ayer, pero es parte de su estilo).
-Palermo Jolibud.
- El nuevo country de cemento para caretones, sin rejas, que hay en Costanera Sur, por donde pasamos todos como sapos de otro pozo.
- El boliche Bahrein, en la calle Lavalle.
Podría decir que mi propio traslado de Lanús a estos lares contribuye a este efecto boludizante, pero ya es darme demasiado protagonismo. Lo dejo a su criterio.
- Las viejas chotas con los perros fifí.
- El cartel publicitario de Arredo que se encuentra en Rivadavia, dos veredas después de Av. Carabobo (Av. Boyacá, del otro lado), en el que 6 nabolettis tiran almohadones al cielo con cara de haber descubierto la pólvora.
- El programa de radio de Julio Lagos por Radio 10 (brrrr!), que consiste en circular varias horas por la Capital, en auto, contando por qué calle va y regalando paquetes de café. Después de su conducción en El Show del Clío, creímos que no podía hacer nada más estúpido, pero sucedió.
- La presencia de Manu Chao (aunque hizo un recital muy bueno y potente ayer, pero es parte de su estilo).
-Palermo Jolibud.
- El nuevo country de cemento para caretones, sin rejas, que hay en Costanera Sur, por donde pasamos todos como sapos de otro pozo.
- El boliche Bahrein, en la calle Lavalle.
Podría decir que mi propio traslado de Lanús a estos lares contribuye a este efecto boludizante, pero ya es darme demasiado protagonismo. Lo dejo a su criterio.
domingo, 22 de febrero de 2009
Corso
Mientras yo estoy algo lejos de sus movimientos titiritescos, ellos quiebran sus caderas para levantar las piernas más alto, como polichinelas devaluados cuyo patetismo alegre forma parte, cada febrero, de las pretensiones (fallidas) de carnaval en la ciudad.
Sin embargo, como siempre que empiezo escribiendo sobre cualquier cosa, no es específicamente de las murgas sobre lo que quiero debatir en esta ocasión, sino sobre un personaje típico de sus filas que promueve la violencia con cada manotazo al cielo y entrechoque de rodillas huesudas.
Debo aclarar que esta caricatura carnavalesca no guarda similitud con el murguista, personaje muy respetable, por lo general idóneo para el corso y que tiene algo para dar, aunque no siempre nos guste ni nos interese. Me refiero al murguero/a que, de acuerdo con su sexo, presenta características auténticamente insoportables.
El murguero es el chicobien que quiere ser hippie y vive en Palermo Soja, no utiliza desodorante en sus axilas y tampoco otros productos de higiene para el resto de su cuerpo fibroso. Casi siempre está en cueros en lugares de tumulto, por lo que todos debemos contactarnos con su transpiración, con su mochila molesta y bultosa, así como los muchos pelos, en rastas y en trenzas, que habitan de su tórax para arriba (que es lo que está a la vista). Suele encontrarse en restaurantes vegetarianos de tenedor libre —uno muy popular del Abasto, por ejemplo— buscando tofu entre las bandejas con sus brazos en jarra e ignorante (cuándo no) de sus emanaciones propias de un soplido de Botnia.
La murguera es la chicabien que se viste con colores, baila encorvada y flexionando sus manos de tal manera que vayan de su nuca hacia arriba —como Ricky Maravilla en la frente, pero en el cuello y base inferior del cráneo—. Siempre se está moviendo cuando nadie se lo pide y ensaya su pasito de murguera (no de murguista) cuando quiere llamar la atención, es decir, SIEMPRE. Suele hacerse la simpática con los novios de otras, porque el propio ya la ha abandonado hace demasiado. Además, tiende a comer con la boca abierta, a utilizar demasiado las manos en desmedro de los cubiertos y a cantar cuando debería imperar el silencio (es decir, todas las veces en que ella está presente).
El murguero-estereotipo (más allá de su sexo), como no es reconocido por la gente del carnaval que sí hace las cosas en serio, se ve obligado a dar cuenta de su estirpe (?) los 365 días del año en plazas, recitales, bares y esquinas donde espera un colectivo que lo saque del galpón tugurioso donde organiza un viaje con 175 personas a Tilcara y lo deposite en algún punto de la ciudad donde yo siempre me lo encuentro, sin botellas rotas a mano para enarbolar y lanzar.
Los detesto desde hace tanto tiempo, que no entiendo cómo lo declaro recién ahora en este blog. Los verdaderos Insolados sabrán entender mi ira. Los otros, seguro tienen un asqueroso corazón murguero.
Sin embargo, como siempre que empiezo escribiendo sobre cualquier cosa, no es específicamente de las murgas sobre lo que quiero debatir en esta ocasión, sino sobre un personaje típico de sus filas que promueve la violencia con cada manotazo al cielo y entrechoque de rodillas huesudas.
Quiero dedicarle mis 2' de odio (al estilo de 1984) a los murgueros/as
Debo aclarar que esta caricatura carnavalesca no guarda similitud con el murguista, personaje muy respetable, por lo general idóneo para el corso y que tiene algo para dar, aunque no siempre nos guste ni nos interese. Me refiero al murguero/a que, de acuerdo con su sexo, presenta características auténticamente insoportables.
El murguero es el chicobien que quiere ser hippie y vive en Palermo Soja, no utiliza desodorante en sus axilas y tampoco otros productos de higiene para el resto de su cuerpo fibroso. Casi siempre está en cueros en lugares de tumulto, por lo que todos debemos contactarnos con su transpiración, con su mochila molesta y bultosa, así como los muchos pelos, en rastas y en trenzas, que habitan de su tórax para arriba (que es lo que está a la vista). Suele encontrarse en restaurantes vegetarianos de tenedor libre —uno muy popular del Abasto, por ejemplo— buscando tofu entre las bandejas con sus brazos en jarra e ignorante (cuándo no) de sus emanaciones propias de un soplido de Botnia.
La murguera es la chicabien que se viste con colores, baila encorvada y flexionando sus manos de tal manera que vayan de su nuca hacia arriba —como Ricky Maravilla en la frente, pero en el cuello y base inferior del cráneo—. Siempre se está moviendo cuando nadie se lo pide y ensaya su pasito de murguera (no de murguista) cuando quiere llamar la atención, es decir, SIEMPRE. Suele hacerse la simpática con los novios de otras, porque el propio ya la ha abandonado hace demasiado. Además, tiende a comer con la boca abierta, a utilizar demasiado las manos en desmedro de los cubiertos y a cantar cuando debería imperar el silencio (es decir, todas las veces en que ella está presente).
El murguero-estereotipo (más allá de su sexo), como no es reconocido por la gente del carnaval que sí hace las cosas en serio, se ve obligado a dar cuenta de su estirpe (?) los 365 días del año en plazas, recitales, bares y esquinas donde espera un colectivo que lo saque del galpón tugurioso donde organiza un viaje con 175 personas a Tilcara y lo deposite en algún punto de la ciudad donde yo siempre me lo encuentro, sin botellas rotas a mano para enarbolar y lanzar.
Los detesto desde hace tanto tiempo, que no entiendo cómo lo declaro recién ahora en este blog. Los verdaderos Insolados sabrán entender mi ira. Los otros, seguro tienen un asqueroso corazón murguero.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Arre
La bolucolonización (o el boluimperialismo) está causando estragos en la vida cotidiana, y sus coletazos nos llegan a todos.
El sábado, decidí hacerme el corte de pelo irremontable de cada año. Muy desmechado, irregular, corto, rebelde y todo lo demás, que sirve para esconder que mi cabello —herencia de mi padre— es lacio, insípido y "llovido", como suele decirse habitualmente.
Concurrí con unas viejas fotos en las que tenía un corte parecido y, como eran postales nocturnas de un viaje, aparecía con rasgos de ebriedad: información innecesaria para la peluquera.
El ruego mayor pronunciado por mí fue el que me hizo darme cuenta de que hay que tomar cartas en el asunto. No puede ser que otra persona más en este mundo, al hacharse la cabellera, solicite:
Ilusa yo; la señora no sólo no tenía la más pálida idea del estilo floggeriano, sino que me peinó a la moda "década del 80", me hizo un flequillo Poison y me lo dejó superbatido. Me faltaban los nevados.
Por suerte, llegué a mi casa, me lavé el pelo, lo peiné para el costado y, ahora sí, estamos de acuerdo.
El sábado, decidí hacerme el corte de pelo irremontable de cada año. Muy desmechado, irregular, corto, rebelde y todo lo demás, que sirve para esconder que mi cabello —herencia de mi padre— es lacio, insípido y "llovido", como suele decirse habitualmente.
Concurrí con unas viejas fotos en las que tenía un corte parecido y, como eran postales nocturnas de un viaje, aparecía con rasgos de ebriedad: información innecesaria para la peluquera.
El ruego mayor pronunciado por mí fue el que me hizo darme cuenta de que hay que tomar cartas en el asunto. No puede ser que otra persona más en este mundo, al hacharse la cabellera, solicite:
"Por favor, que no me quede como un flogger"
Ilusa yo; la señora no sólo no tenía la más pálida idea del estilo floggeriano, sino que me peinó a la moda "década del 80", me hizo un flequillo Poison y me lo dejó superbatido. Me faltaban los nevados.
Por suerte, llegué a mi casa, me lavé el pelo, lo peiné para el costado y, ahora sí, estamos de acuerdo.
viernes, 17 de octubre de 2008
Lealtad
—Mi marido me compró, hace ya muchos años, un conjunto al estilo de Grace Kelly, que le habrá costado 15 mil dólares. Yo me pregunto, esta mistonga, cuando estudiaba en alpargatas en La Plata, ¿se habría podido comprar esas carteras que usa ahora?
Hacer fila en un banco de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, un 17 de octubre, expone a la comisión de botellazos imposibles de sofrenar.
Nada más lejos de mí que una adhesión Kaísta, pero si hay algo que me divierte es ver cómo las viejas chotas de Palermo y Barrio Norte se enardecen con una (al fin de cuentas) colega cocona a la que, por alguna razón setentista, no llegan a reconocer como tal.
Señora bien, con visos de contradicción y dueña de un tono de voz irritante.
Hacer fila en un banco de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, un 17 de octubre, expone a la comisión de botellazos imposibles de sofrenar.
Nada más lejos de mí que una adhesión Kaísta, pero si hay algo que me divierte es ver cómo las viejas chotas de Palermo y Barrio Norte se enardecen con una (al fin de cuentas) colega cocona a la que, por alguna razón setentista, no llegan a reconocer como tal.
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