Él y yo (en el orden del diálogo, "yo y él"):
—Ah, mirá que el viernes René dijo que...
—¡Qué bueno, fuiste a ver a los Muppets! ¿Te habló la rana René?
—No, me refiero a René de Calle 13. Él dijo claramente que, si en una casa había situaciones de maltrato, él iba a ir para mediar.
—Mirá qué bien, che. Qué buen tipo. ¿Les pasó el teléfono ahí, en el recital?
—Sí, en pantalla gigante nos dejó un 0-800 para llamar. Pero bueno, lo que quiero comunicarte es que, desde el viernes, mi definición de "maltrato" es muy amplia y flexible.
—¿En serio?
—Sí, por ejemplo: en Navidad me compraste unas historietas que nunca me diste y que leíste solo porque dijiste que "al final eran malas". Eso sería maltrato. Ahora, que volviste de viaje y te pedí que me compraras un dulce y no lo trajiste, eso también es maltrato.
—¿Así que me estás engañando con el pensamiento? ¿Querés que venga René a esta casa?
—Epa, Balaguer, ¿ahora se engaña con el pensamiento? Un rato nomás; después le decimos que nos arreglamos, pero que venga así lo veo de cerca.
Babosa total.
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domingo, 20 de febrero de 2011
domingo, 28 de marzo de 2010
sábado, 4 de agosto de 2007
Latino
Detesto bailar latino en las clases de gimnasia.
Lo detesto.
Reconozco que mi cuerpo, desde el abdomen hasta las rodillas, parece carecer de bisagras/articulaciones, pero no creo estar mejor que el resto de mis compañeras de clase.
A veces creo que los yuppies viejos, que todavía intentan jugar al paddle sin pulverizarse los huesos, observan nuestra sesión de baile como si formáramos parte de grupo de rehabilitadas con problemas motrices, que cumplen con su rutina terapéutica.
De lo que sí me he dado cuenta, es que el oficio de redactora no es correlativo con la conexión corporal. Puedo enseñar el insoportable e inmortal meneaito, o el aburrido pasito de "Macarena", con mis dedos sobre el teclado, sentada, y explicando palabra por palabra los movimientos que se deben hacer. Incluso podría aventurar los efectos psíquicos del baile, en los que lo hacen y en los que lo miran. Pero soy incapaz de poner en práctica lo que describo.
Una minimuestra de las contradicciones modernas.
Y una gran muestra de que, a pesar de estar en Sudamérica, no tenemos porqué abogar por el maldito y absurdo reggaetón.
Y sí, estoy haciendo la declaración innecesaria de cada fin de semana por la madrugada, en la que una reunión con bebidas espirituosas me ha dejado más de una frase pseudofilosófica en la boca.
Lo detesto.
Reconozco que mi cuerpo, desde el abdomen hasta las rodillas, parece carecer de bisagras/articulaciones, pero no creo estar mejor que el resto de mis compañeras de clase.
A veces creo que los yuppies viejos, que todavía intentan jugar al paddle sin pulverizarse los huesos, observan nuestra sesión de baile como si formáramos parte de grupo de rehabilitadas con problemas motrices, que cumplen con su rutina terapéutica.
De lo que sí me he dado cuenta, es que el oficio de redactora no es correlativo con la conexión corporal. Puedo enseñar el insoportable e inmortal meneaito, o el aburrido pasito de "Macarena", con mis dedos sobre el teclado, sentada, y explicando palabra por palabra los movimientos que se deben hacer. Incluso podría aventurar los efectos psíquicos del baile, en los que lo hacen y en los que lo miran. Pero soy incapaz de poner en práctica lo que describo.
Una minimuestra de las contradicciones modernas.
Y una gran muestra de que, a pesar de estar en Sudamérica, no tenemos porqué abogar por el maldito y absurdo reggaetón.
Y sí, estoy haciendo la declaración innecesaria de cada fin de semana por la madrugada, en la que una reunión con bebidas espirituosas me ha dejado más de una frase pseudofilosófica en la boca.
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