Mi profesora de gimnasia —bien conocida por todos ustedes— tuvo hace 2 años, aproximadamente, a su primera hija. Durante el embarazo, engordó 20 kilos que bajó después del parto, sin prisa y sin pausa. Ahora, quedó joya nunca taxi. A partir de este estado de situación es que le contaré la genialidad que sigue.
Cuando comienza septiembre, el gimnasio que poblamos las perennes (que vamos todo el año) se va llenando de asistentes-golondrina. Las golondrinas llegan en verano para hacer abdominales y, al asomarse el otoño, huyen sin rumbo conocido. Con frecuencia, la autoestima de las golondrinas es más elevada que las de las perennes, porque mientras ellas se pueden permitir creer que "ya está bien" con tres meses de gimnasio, nosotras creemos que nunca es suficiente. La autoestima tonificada de las golondrina se verifica, también, en sus conjuntos de gimnasia relucientes y modernos, en su maquillaje recién aplicado y en cierta actitud displicente que las inspira durante toda la hora de movimiento.
Un día, mi profesora de gimnasia comentó sus avatares para adelgazar y una golondrina, mirándola de arriba abajo, le dijo:
—¿Bajaste 20 kilos? ¿Y quedaste "así"?
Decir "Candyman"5 veces , recitar la cifra oculta del Averno, o confesar que tenía un cañoncito con dulce de leche en el bolso, le habría resultado menos explosivo.
Mi profesora de gimnasia se bajó los pantalones, mostró sus glúteos en tanga y al grito de "Este culo no lo vas a tener nunca", se paseó por todo el salón.
Ese día, le juré amor gimnástico eterno. La golondrina, en tanto, decidió que el clima había refrescado de golpe y no volvió más.
