Iba caminando por la calle de mi infancia, hasta que vi las dos casas abiertas: la oficial y la alternativa. Todo hacía pensar que estaban limpiando, tirando, haciendo bolsas con lo que sobraba, y yo me quedé tranquila. Pero por alguna razón tenía que entrar a alguna de las dos casas —tal vez hacía frío, lluvia, era de noche o estaba cansada—, y elegí la oficial. Adentro todo estaba muy oscuro: paquetes, diarios, partes de muebles y otras cosas que no se distinguían bien en la penumbra. Escuché unas pisadas cansinas que se acercaban, afuera, y salí corriendo a la puerta: "Si ve que hay alguien y no me conoce, me va a dar un martillazo", pensé. Cuando llegué a la puerta, ella también lo hacía: pelo rapado y platinado, una nariz más fina de la que le supe conocer —casi, casi, operada—, boa de plumas negras y vestido de igual color, bien de fiesta. Le dije: "Soy yo, Laura, ¿no te acordás de mí?", y ella me respondío que sí con sorpresa, pero se apresuró a preguntar qué hacía yo ahí. Respuesta muy difícil que preferí eludir consultándole, como en los viejos y vivos tiempos, por qué no abandonaba esa casa abarrotada, tiraba todo de una vez y se iba a un lugar mejor. Ella me dijo que sabía que se iba a morir ahí, pero que lo único que le molestaba era saber que no iba a viajar: "No voy a llegar a conocer Cuba", me dijo. "¿A Cuba?", le pregunté: no sabía que ella tenía ese horizonte en la cabeza. "Sí, a la Habana, y tengo millas para usar y no las voy a usar" —tampoco sabía que "millas" era una nueva incorporación en sus charlas—; "¡Y andá! Dejá todo esto y andá de una vez, que debe estar buenísimo; andá en avión". Me miró extrañada y me contestó como si se tratara de una obviedad: "¿No ves que Cuba está cerca? A Cuba se tiene que ir en colectivo, ¡en colectivo!", gritaba mientras agitaba los brazos.
Me levanté sobresaltada y recordé que, increíblemente, hoy hace 4 años que ella se fue a un lugar mucho más lejano del que puede llevar cualquier avión. Claro, pensándolo así, la distancia a Cuba era una pavada; ella ya lo sabía. Y aunque manejemos cuentakilómetros distintos, todavía hay espacio para que ella y yo nos juntemos en la intersección de lo bizarro. Por suerte.
Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas
viernes, 10 de diciembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Andergüear
Hace algunos días, me compré una dotación de bombachas con estampados cambalacheros. Y a pesar de la contentura que me dio la adquisición, debo confesar que me quedé pensando en cómo quedarían colgadas de la soga y qué extraña impresión daría esa combinación de lunares, print, rayado, kittys y no sé qué más, en culottes grandotes y que hablarían mal de mí. Cuál habrá sido la intensidad de mi preocupación que, por la noche, soñé que una de las chicas-culo que publicitan los "llamá al *546colegialade30años" se mostraba con una de mis bombachas. Una grandota, de rayas y lunares, con la que invitaba (?) al espectador. Yo miraba aterrorizada y decía: "¡Qué idiota, yo tenía razón y no me quise escuchar! ¡Esas bombachas son de gato y todo el mundo las va a ver colgadas en mi soga!".
lunes, 15 de febrero de 2010
Cine
La música en espera del interno de doctorado de la UBA, sede Santiago del Estero, remite indudablemente a una película de Olmedo y Porcel. Mientras aguardo a que me atiendan, siento cómo se posesiona en mí una bikini violeta y rosa que se calza arriba de la cadera, el pelo se me vaporiza inmediatamente con algunos reflejos rubios y se me acomoda sauvage con una vincha de tela. Justo cuando estoy por maquillarme súbitamente, con mucho rubor y sombra oscura, y me preparo para salir de fiesta con moria, reina reech y otras así, me dicen que el interno no atiende, así que mi sueño de cenicienta ochentosa se disuelve al instante. Ufa.
sábado, 29 de agosto de 2009
Delivery
Hoy soñe que mataba a una mujer (no me acuerdo quién), la serruchaba en varias partes y disponía sus pedazos en sendas bandejitas de plástico, como ésas donde se coloca el pollo al horno de las casas de comidas. Guardaba mi tesoro en la alacena que está debajo de la mesada y me pasaba todo el tiempo (la noche completa, en la vida real) pensando cómo deshacerme de la evidencia. Me cansé mucho. No es cool ser descuartizadora.
jueves, 3 de abril de 2008
ReVive
Hace algunos días me desperté con un cansancio atroz.
Soñé que utilizaba el suavizante Vívere —el que tengo ahora en el lavadero— y que, con sólo verterlo en el lavarropas, la casa se me transformaba en una gran residencia de los años 30 y pico/40 llena de nazis con sus queridas.
Comprenderán lo tortuoso de la situación: me pasé toda la noche espiando sus chaquetas azul marino y escapando de sus miradas.
Lo peor de todo (si han leído varias posts de este blog sabrán que siempre hay algo peor) es que
y, en cuanto quise demostrarle los efectos nocivos de esta partida de suavizante, la casa se pobló de nazis otra vez y yo, cansada, huía hacia la ruta donde un auto me esperaba para irme por caminos montañosos y zigzagueantes.
Las tareas del hogar no me están haciendo bien.
Soñé que utilizaba el suavizante Vívere —el que tengo ahora en el lavadero— y que, con sólo verterlo en el lavarropas, la casa se me transformaba en una gran residencia de los años 30 y pico/40 llena de nazis con sus queridas.
Comprenderán lo tortuoso de la situación: me pasé toda la noche espiando sus chaquetas azul marino y escapando de sus miradas.
Lo peor de todo (si han leído varias posts de este blog sabrán que siempre hay algo peor) es que
yo llamaba al 0-800 de Vívere
y me quejaba por el producto fallado
que había transformado un lavado inocente
en un revival peligroso y pestilente
y, en cuanto quise demostrarle los efectos nocivos de esta partida de suavizante, la casa se pobló de nazis otra vez y yo, cansada, huía hacia la ruta donde un auto me esperaba para irme por caminos montañosos y zigzagueantes.
Las tareas del hogar no me están haciendo bien.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Karma
En algún post viejo (AnimalYiya) comenté las peripecias de la gata raptada que saltaba ceremoniosamente sobre el toldo de mi ex-vecina, con el consecuente ruido y el insulto posterior.
Parece que alguna extraña maldición ha caído sobre nuestros hombros con motivo de esos episodios, porque en la casa nueva hay un toldo gigantesco, setentoso, con florcitas naranjas, que por la madrugada se transforma en el ring de los gatos de toda la manzana. Se trenzan, saltan y ruedan por la pendiente haciendo sonar sus huesos y su fuerza animal por toda la extensión del techo plástico; así, logran que me despierte de un salto y pregunte, casi sonámbula, si ya llegaron los hunos.
Parece que alguna extraña maldición ha caído sobre nuestros hombros con motivo de esos episodios, porque en la casa nueva hay un toldo gigantesco, setentoso, con florcitas naranjas, que por la madrugada se transforma en el ring de los gatos de toda la manzana. Se trenzan, saltan y ruedan por la pendiente haciendo sonar sus huesos y su fuerza animal por toda la extensión del techo plástico; así, logran que me despierte de un salto y pregunte, casi sonámbula, si ya llegaron los hunos.
jueves, 4 de octubre de 2007
Naigt-mer
Sabía que ella estaba viva, pero hacía mucho tiempo que no la iba a visitar.
Estaba en una clínica que parecía una casa, con una sala de espera recubierta por ladrillitos de color.
Mi cuerpo no me dejaba ir hacia donde ella estaba y, además, sabía que la imagen sería shockeante.
Sentada en la sala de espera, horas y horas, debatiéndome entre lo que necesitaba hacer y mi coraje para lograrlo, transcurrió un tiempo angustioso.
Finalmente, me acerqué a una enfermera, vestida de azul, que preparaba remedios en un mostrador. Le pregunté por ella, me dijo que estaba bien y que se reía todo el tiempo. Le pregunté si hablaba de mí; me respondió que muy poco, porque ya se había hecho de una amiga que estaba igual que ella. Que con sus cuerpos torcidos y caóticos jugaban competencias por mantener un auricular prendido a sus orejas, y que se desplazaban, de espaldas, de una punta a la otra de la cama, con movimientos rítmicos y anuncios de "¡Ya lo tengo, ya lo tengo!".
Me largué a llorar a los gritos, y le conté que la extrañaba mucho, pero que tenía miedo de verla. Le sugerí, cobarde y evasiva, que esta vez no me encontraría con ella porque el tiempo de visitas había culminado (y yo, claro, había llegado tarde); ella me contestó que, en virtud de su estado y de la falta de control, podía dejarme pasar. Me parecía muy desalmado (pensando en ella, que seguía viva) decirle que no. Le pedí que me acompañara a esa habitación y la enfermera, como ni no se diera cuenta de nada, caminó despreocupada hacia el pasillo donde se distribuían los cuartos. Cuando estaba abriendo la puerta, justo cuando empecé a ver sus piernas tapadas con una manta aguamarina, me desperté lagrimeando. Y, para completar la angustia, un trueno de los más ensordecedores azotó mi techo corredizo de metal.
Escribir es exorcizar. Tal vez, también sea una forma de volver a dormir como antes.
Estaba en una clínica que parecía una casa, con una sala de espera recubierta por ladrillitos de color.
Mi cuerpo no me dejaba ir hacia donde ella estaba y, además, sabía que la imagen sería shockeante.
Sentada en la sala de espera, horas y horas, debatiéndome entre lo que necesitaba hacer y mi coraje para lograrlo, transcurrió un tiempo angustioso.
Finalmente, me acerqué a una enfermera, vestida de azul, que preparaba remedios en un mostrador. Le pregunté por ella, me dijo que estaba bien y que se reía todo el tiempo. Le pregunté si hablaba de mí; me respondió que muy poco, porque ya se había hecho de una amiga que estaba igual que ella. Que con sus cuerpos torcidos y caóticos jugaban competencias por mantener un auricular prendido a sus orejas, y que se desplazaban, de espaldas, de una punta a la otra de la cama, con movimientos rítmicos y anuncios de "¡Ya lo tengo, ya lo tengo!".
Me largué a llorar a los gritos, y le conté que la extrañaba mucho, pero que tenía miedo de verla. Le sugerí, cobarde y evasiva, que esta vez no me encontraría con ella porque el tiempo de visitas había culminado (y yo, claro, había llegado tarde); ella me contestó que, en virtud de su estado y de la falta de control, podía dejarme pasar. Me parecía muy desalmado (pensando en ella, que seguía viva) decirle que no. Le pedí que me acompañara a esa habitación y la enfermera, como ni no se diera cuenta de nada, caminó despreocupada hacia el pasillo donde se distribuían los cuartos. Cuando estaba abriendo la puerta, justo cuando empecé a ver sus piernas tapadas con una manta aguamarina, me desperté lagrimeando. Y, para completar la angustia, un trueno de los más ensordecedores azotó mi techo corredizo de metal.
Escribir es exorcizar. Tal vez, también sea una forma de volver a dormir como antes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)