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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Elegidores

La multiplicación de cultivos que puede observarse en las verdulerías barriales, producto del calor espasmódico y de las huertas más nutridas, hace florecer también un yuyo inmundo de la especie humana: el cliente tocaverduras. No es muy justo aclararlo, pero esta entidad ancla sus sucias costumbres en las personas que superaron los 60 años, aunque es cierto que he visto obsesivas madres de niños pequeños y hippies meticulosos que también apelan a sus yemas dactilares para apretar paltas, presionar los extremos de los melones, sopesar los tomates y hacer girar los limones como si, con esos movimientos estratégicos, no pudieran ya saber si lo que agarran será rico o no, sino directamente adivinar el destino y conocer la contraseña para pasar de pantalla cuando venga el apocalipsis maya.
Así es como los tocaverduras aplacan su ansiedad en la fila de las verdulerías manoteando todo lo que piensan comprar, con gesto de sabiduría y rictus de crítica lapidaria. Van sosteniendo lo que quieren llevar mientras esperan y una, cuando está antes en la espera de atención, piensa por qué tendrá que llevarse lo que este engendro desechó, sólo por tener confianza en las manos del comerciante; es decir, sólo por respetar su trabajo y darle indicaciones teóricas acerca de lo que quiere: "tomates peritas para salsa"; "paltas para hoy"; "bananas para mañana"; "duraznos blanditos, por favor". En lugar de ello, el tocaverduras elige, agarra y, en sus versiones más indignantes, se va acercando a la caja con gesto de "ya hice todo el trabajo, dejame pagar que me voy". Por eso, ayer, cuando una señora se dedicó sesudamente a elegir el peor zucchini que alguna vez haya crecido en la tierra y se lo acercó a la verdulera con cara de "a mí no me vas a estafar", le agradecí al mundo por la posibilidad concretada de la revancha.

domingo, 27 de febrero de 2011

Observaciones

Ella, la que nunca dio una clase en serio, la que dedico 30 minutos para contar que se había separado, que no podía vivir sin internet y que, mientras estaba en la bañera, esquivaba a la madre cuando la llamaba por teléfono. Ella, la que coordinó una ronda de datos personales inútiles (¿tenés blog o fbk?; ¿tenés casilla de e-mail?; ¿bajás música?) al son de pasarse una pelota de goma eva que tenía dibujado el mundo, y no te dejaba empezar a hablar si no la tenías en la mano. Ella era quien tenía que tomarme un final, y comenzó:

—¡Ay, pero qué letra de loca que tenés! ¡Terrible, letra de muy loca!

Eso no fue todo. También se encargó de finalizar del siguiente modo:

—¡Qué fea tu foto carnet! Miren la libreta universitaria, ¿qué te pasó en esa foto?

Así descubrí que ella, una especie de flan tecnológico con mirada vacuna, a la que no se le cayó una idea en 4 meses de interacción, todavía tenía más observaciones brillantes para hacerme. Convencidísima de que su fucking materia, en el marco de un profesorado soporífero, traería la revolución de la igualdad y la inteligencia, no aceptó mi escepticismo, tanto como yo no acepté su presencia. Nos tuvimos que soportar, y así terminamos.

jueves, 25 de octubre de 2007

Hedonismo

Decidir que no voy a dar ese examen que tenía previsto y coronar mi determinación con una dosis de Brancamenta, empanadas caseras y TV, todo en simultáneo, a lo bestia y sin glamour.
Eso es hedonismo.
Hedonismo que, por supuesto, se basa en darse premios cuando no se merecen.
Pero ya elaboré todas las justificaciones y excusas del caso y, puedo asegurar, soy imbatible a cualquier argumento que pregone mi pereza, mi desorden o mi diletancia.
Y si fallo en mi defensa, otra dosis de Brancamenta me aportará los nutrientes que necesito para seguir con mi rutina.