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lunes, 2 de abril de 2012

Textiles

Es posible que ahora tenga que escribir más rápido y puntual, en virtud de la licuadora de tiempo en la que se ha convertido mi vida cotidiana por estos meses. Sin embargo, ahora que voy recuperando (poco a poco) el registro del alrededor, no quiero dejar pasar este fin de semana largo, con sus oportunidades ampliadas de ir a los parques y a las plazas, sin emitir esta reflexión:

En nivel de indeseabilidad, la chica que "hace tela" desde el 2010 ocupa el mismo lugar que destrozó "la murguera" durante la década 2000-2009.

Señas particulares: escote flexible, andar descangallado, creencia profunda de que lo que hace es super copado, y omisión deliberada de los obstáculos naturales y/o sociales que le sugieren que se vaya a su casa.

Eso pensé ayer, mientras una "hacetelera" se sacaba la minifalda, se ponía un minishort rosa flúo sobre las calzas, comprobaba que su corpiño estaba a punto de explotar como siempre, le recomendaba al amigo que se la quiere encarar que rompa una rama de un árbol que molestaba para trabar la tela —consejo que fue seguido al pie de la letra—, invitaba a niños para que se enroscaran como ella, se trepaba y quedaba con la cabeza (y los pechos) hacia abajo, mirando a los amigos embobados, los que estaban plantados en la tierra.
Hace algunos años comencé mi campaña contra la murguera; hoy, quiero avisarles de la metamorfosis, pero sepan que el enemigo sigue intacto.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Alerta

Si el folclore sentimental ha establecido una clara oposición fútbol-parte femenina de la pareja, es justo que alguien anote en esa misma sección la otra enemistad innecesaria: llamada telefónica para la parte femenina de la pareja-búsqueda de atención por parte de la parte masculina. En efecto, sólo hace falta que la mujer supere los 4 minutos de conversación con alguien que le interesa (amigo/a, hermana, madre, etc.), para que el representante del gremio de los hombres haga cualquier cosa con tal de llamar la atención y, claro, interrumpir la amena charla que se viene teniendo con alguien que está a un par de kilómetros de casa. Es interesante observar la sofisticación progresiva de los métodos: desde "¿estos tomates los cortás vos?; ¿los cortás, los cortás, me escuchás o seguís queriendo hablar?", hasta un "te aviso que estás hablando hace mil años y la gata te tiró, vomitó y pilló todos los papeles que tenías arriba de la mesa". No obstante, hoy el feriado se vino a pura vanguardia: hablando con mi amiga Andrea, escucho a mi concubinovio gritar desesperado "¡traeme el plumero!; ¡Lau, el plumero traeme!" y, al salir con franca inspiración asesina, el muy astuto ya estaba fuera de mi alcance: subido al alero de la puerta del ph, había decidido limpiar las telarañas que rodean a los potus hace más de un mes, sin tener en cuenta la carga del plumero en su ascenso aguerrido. Por eso estaba gritando. Como es de esperar, cuando colgué él ya había descendido y estaba chequeando la tabla de puntajes del torneo Gran DT. No volvió a mencionar la necesidad de un plumero ni de ningún otro elemento de limpieza doméstica. Por eso, es hora de que dejemos de pensar que las mujeres luchan contra enemigos imaginarios en la pareja, para empezar a ver todos, TODOS, los contrincantes que se inventan los hombres para que ellas sigan en la órbita de observación.


domingo, 22 de mayo de 2011

Emocionario

La carencia de escritura en este blog tiene motivos harto fundamentados que esgrimiré en algún tiempo. Mientras tanto, vuelvo con el pony cansado y con un nuevo post, ateniente a mi nueva experiencia urbana: manejar un auto en la ciudad. Eso no quiere decir que abandone mis estadías repetidas e indeseables en los colectivos y subterráneos: la nafta es muy cara y la tensión mental que implica la interacción con los demás conductores es demasiada. Ergo: soy una manejadora de fin de semana, con características eminentemente domingueras que suscitan la furia del conductor acostumbrado a la velocidad máxima y al cambio en cuarta.
Más allá de estas cuestiones económicas y cuasipsiquiátricas, quisiera dejar aquí constancia del maremagnum de emociones involucradas en el manejo para un conductor P (de principiante, de piedad, de pavote, de pelmazo, de pesadilla, etc.). La sola enumeración revela que, además de curso teórico y práctico, necesitaríamos contención psicológica cada 10 cuadras:
a. Mesura: el comienzo incluye el cumplimiento obsesivo de las pautas del conductor consciente, que sigue una rutina que consiste en: 1) cinturón de seguridad; 2) encendido del auto lento, para controlar temperatura; 3) luces bajas; 4) sacar freno de mano; 5) poner el cambio y esperar como una dama que pasen los 500 autos que nunca te van a dejar salir.
b) Autoarenga: atravesar 3 semáforos en verde y sentirse surfeando en la onda verde motiva toda una serie de alientos dados en soledad: "vamos, bien, ahora ponemos tercera"; "¡cuarta!, qué grossa, ahora el motor sí va tranquilo"; "pasame, querido, que igual yo voy bien".
c) Euforia: tan inevitable como peligroso. Puede acontecer al encontrar un lugar para estacionar que utilicemos en pocas maniobras, o si podemos llegar en punto muerto, sin frenadas ni amenazas de destrucción del peatón, a una esquina con semáforo en rojo. Es una sensación que se acompaña con idiotas expresiones del estilo: "Ah, no, no puedo ser tan grossa; me tendrían que estar viendo, para que sepan lo bien que voy"; "te digo, no puedo creer estar haciéndolo tan bien".
d) Inquietud: la nabitud propia de la euforia se agota pronto, cuando se llega a una vía en sentido ascendente, cuando atravesamos sin anestesia el bache número 8 o cuando recibimos el cuarto bocinazo como señal de "ni se te ocurra cambiar de carril porque te destruyo". Por lo general, el síntoma álgido de este estado emocional tiene una manifestación física: el auto se detiene súbitamente en una arteria hiper transitada y el conductor tiene una inmensa y profunda laguna mental que le impide saber cuándo y por qué se subió a ese auto del lado izquierdo, frente al volante.
e) Culpa: suele suceder cuando el auto se detiene en una calle ascendente y se va para atrás, inexorablemente. En ese momento, todos los ruidos se mezclan y confluyen en una única imagen: la culata del auto propio pulverizando las ópticas del vehículo de atrás. En ese entonces, con gesto compungido, uno sólo atina a preguntarse en la más absoluta soledad: "¿lo pisé? ¿Lo choqué? ¿Se va a bajar a fajarme? ¿Ya se fue?".
f) Desvalorización total: surge cuando cualquier inconveniente que provoca un ruido en el auto (pisar una piedra, no evitar un bache, rozar un cordón, frenar demasiado de golpe, etc.) se traduce en un remordimiento intenso por el daño causado al coche: "claro, pobre auto, un día se me va a romper en la calle y va a tener razón, lo estoy haciendo bolsa, seguro que rompí toda la rueda, ahora lo voy a dejar en casa y mañana va a estar toda desinflada y rota, ni lo quiero ver, seguro que rompí la óptica y rayé la chapa, seguro: frenar, frenar, ¿nunca voy a saber frenar?".

Como verán, manejar es mucho más que no chocar: es parecer equilibrado y ecuánime, mientras lo único que intentamos es sosegar con la radio las emociones imposibles que hacen fila para pegarse al parabrisas.


sábado, 5 de febrero de 2011

Separatistas

Plaza de los Virreyes, línea E.
Dos muchachones (con todas las características que los hacen "ones") sorbían con ruido una caja de jugo Baggio y comían un sandwich con estrépito. Su viaje comenzaba como siempre, cuando observaron lo impensado: una mujer entraba a la cabina de conducción del primer vagón, lista para poner el chorizo subterráneo en marcha. Reproducción del diálogo:

—Uy, boludo, ¿una mina va a manejar el subte?
—Sí, boludo, nos vamos a matar todos.
—No, yo te digo lo que hacemos: que ella se quede con el primer vagón y nosotros, en este que es segundo, nos separamos y seguimos por nuestro lado. Más vale.

Machismo vehicular por encima y por debajo de la tierra. Tal vez sea una planta gigante y maloliente que, en los caminos del subte, muestra sus raíces.

martes, 2 de noviembre de 2010

Partysano

Mi lugar de trabajo outdoor tiene muy pocas cosas de valor. No obstante, parece estar obligado a tener un "señor de seguridad" que controla la entrada. Como el salario de un empleado de vigilancia está en relación directa con el índice de peligrosidad del lugar que cuida, comprenderán cuánto le pueden llegar a pagar por trabajar allí; en consecuencia, entenderán quiénes son los freaks que se visten de negro y azul marino y se sientan en el escritorio.
El inventario cuenta con algunas referencias célebres, como aquel presunto adepto a la lucha libre que todos los lunes llegaba con curitas en las cejas, así como el querible muchacho que cursaba diseño de indumentaria en la escuela de Roberto Piazza y cosía sus trabajos prácticos en la jornada laboral. A ése lo queríamos, pero en virtud de la cuestión salarial, se fue a cuidar una maternidad que, claramente, tiene más aspectos que custodiar que nuestro instituto.
En la actualidad, quien ha aceptado el ofertón de la vigilancia académica es un señor gordo, pelado y rosado. Muy rosado. Desde hace meses, contesta cada pregunta con un "y sí, claro nena, ahí me parece genial", aunque le digas que una troupe de francotiradores está acechando el centro de documentación. Y, como hay algo en mí que convoca a la desubicación, de repente empezó a hablarme un poco más de la cuenta. Primero me dijo que era la persona más enérgica de todos los que trabajaban ahí —"no, el problema es que siempre llego tarde y entro corriendo", le contesté— y luego me contó que un amigo suyo, ya muerto, se admiraba de la fuerza vital de las "pibas jóvenes" —así que podemos suponer que el viagra y el fallecimiento del señor tuvieron un lazo oportuno alguna vez.
El problema parecía terminar ahí hasta el lunes pasado, cuando en lugar de abrir la puerta con el portero eléctrico y dejar libre la entrada, movió sus carnes hasta la puerta y la abrió con tracción a sangre. Reproducción del diálogo:
—Buen día, nena. Hoy abrimos sin portero eléctrico.
—Buen día, qué bien. Me voy corriendo.
—No, ¿sabés qué pasó?
—No, la verdad, no.
(Vale aclarar que el guardia habla como si estuviera contado el clásico chiste del avión donde viajan un japonés, un francés y un argentino: con los hombros un poco encogidos y las manos en movimientos simétricos)
—¡Se robaron una computadora!
—Uy, qué bajón, ésas cosas no se terminan, parece.
—Un chiste para descomprimir: ¿no fuiste vos, no?
—Jaaaaghj. No, no, la verdad es que no.
—Es para pasar el rato, mi broma. Hoy viniste muy linda.
—Gracias, gracias, estoy un poco dormida y lle-go-tar-de.
—No, viste, no lo decía antes pero ahora que viene el verano, me desinhibo.
—Qué bien, bueno, pero es primavera.
—No, viste, y es esa energía. Yo tenía un amigo, viste, que me decía de la fuerza de las pibas jóvenes, porque ¿cuántos años tenés vos? ¿30?
—Más o menos, voy a tener 29.
—Sí, eso, con una de 35 hay que seguirle el tren.
—Ah, claro, tu amigo se debe haber visto en problemas.
—No, yo salgo con una de 35, y tengo 59.
(Aquí empieza la información innecesaria que nunca, nunca, nunca, me debería haber contado)
—Qué bien, me estoy yendo.
—No, y viste, te dejan de cama.
—Claro, bueno, sí...
(En este punto, el guardia se pone de côte y mueve la mano haciendo el gesto como de "que se vengan todos", o símil).
—No, y ella viene el fin de semana y me dice "hoy quiero, hoy quiero...".
—Sí, fiesta, se entiende.
(Sigue el gesto de "que se vengan todos")
—Y el lunes estoy que no me puedo levantar, como si me estuvieran velando, ¿viste?
—Uy, qué mal, ¡me estoy yendo!
—Sí, sí, tenés razón, me voy a atender la puerta.

Me di vuelta, caminé hasta la curva del pasillo y rogué que estuviera el borrador de recuerdos de la película de Jim Carrey para que me desintegrara la conversación precedente. Comprendí, entonces, que la inseguridad que ocasionan las personas encargadas de la seguridad es mucho más riesgosa de lo que se piensa. Sólo me queda implorarle al mundo que encuentre un lugar más perezoso que éste para escuchar la radio.

viernes, 13 de agosto de 2010

Ómnipuf

Sucesivos viajes en micro en una frecuencia no demasiado esporádica me permitieron identificar ciertas problemáticas de las llamadas "unidades", cada vez más caras y cada vez menos hospitalarias. Si van a hacer uso del frío fin de semana largo, éstas son las cosas que posiblemente observen en sus transportes de larga distancia:
* Tentempié: algo sencillamente indignante y opuesto a cualquier concepción de "comida" que una persona pueda tener en mente. Un paquete de 4 galletitas de agua sin sal, un minipaquete de confites, un alfajor blanco y dos caramelos constituyen un atentado a la cortesía por parte del pasajero.
* Ubicación de los televisores: siempre, siempre, siempre, están mal puestos. Los únicos dos que pueden mirar la pantalla tienen que tirarse para atrás durante toda la película, y el resto no adivina nunca quién es la superestrella de la megaproducción yanqui que se pirateó para la ocasión.
* Altura de los asientos: directamente relacionado con el ítem anterior, suele suceder que los respaldos son más altos que la línea de la mirada. Ergo, no se ve el televisor y no se sufre la película.
* Película: en un 99% de los casos, está mal elegida, tiene escenas de sexo frente a los chicos, episodios de violencia inusitada para los impresionables, un argumento naïf que propende a la violencia, o es un bodrio que te hace pensar "¿apagaron las luces y no puedo leer nada por esta bosta?". Además, cuando se termina, el protector de pantalla se mantiene 2 horas más, y durante todo ese tiempo es imposible dejar de mirar fijo para adivinar cuándo el óvalo de DVD caerá justo en uno de los vértices de la pantalla.
* Baño: tiene chifletes de aire inubicables, y cuenta con jabón líquido pero no tiene agua. En consecuencia, uno se llena las manos de esa sustancia química y luego no se las puede enjuagar. Además, nunca he podido sacarme de la cabeza que hay alguien que ve al usuario desde la ventana que da a la ruta, o desde algún otro punto estratégico no reconocible a simple vista.
* Café: cómo olvidarse de ese clásico de la putrefacción viajera. Su color, sabor y temperatura varían según la empresa, pero en todos los casos es altamente inadecuada. Nunca comprendí por qué no dejaban agua caliente a disposición, para hacerse té, mate o cafe traido por uno mismo, que es más seguro y más rico.

Así es que, aún cuando te vayas a un super hotel o a la confortable casa de una abuela en las afueras, el viaje en micro siempre te permitirá decir que sos un aventurero y que te gustan las experiencias extremas. Hete aquí la enseñanza. Una bella parábola del transporte.

martes, 6 de julio de 2010

Subidón

Sí, todos los que vivimos en la ciudad estamos un poco mal del cuerpo y de la cabeza, pero no creo que sea necesario que nos hagan este problema tan evidente. La salud en las megaurbes está algo hipotecada y todos soñamos con, algún día, escapar lejos hacia un lugar donde el río se vea por la ventana. Pero, mientras tanto, otros urbanos nos someten a pruebas imposibles de concretar. Si les parece inentendible mi pensamiento, tienen razón. Pero puedo dar un ejemplo.

(Médica)
—Ajá, tus análisis dieron bien en general, pero hay un temita: la prolactina está muy alta. Como no sabemos si te asustaste cuando te sacaron sangre, o si cumpliste con todas las recomendaciones, hay que repetirlo. Así que volvé a hacer el estudio, y tené en cuenta lo siguiente:
a. No vayas al gimnasio el día anterior, ni tampoco camines mucho, o subas muchas escaleras.
b. No tengas relaciones.
c. Hacé un ayuno de 8 horas.
d. Dormí 8 horas como mínimo.
e. Levantate tranquila, muy tranquila.
f. No corras el colectivo.
g. No vengas caminando, ni en bicicleta.
h. No subas escaleras; ergo, no utilices el subte para llegar.
i. Tomá el ascensor.
j. Llegá entre las 7 y las 9 de la mañana, media hora antes de anunciarte, así te sentás tranquila en la sala de espera y te relajás.
k. No te asustes con la extracción, y tratá de estar calma, porque cualquier agitación puede alterar el resultado.

OK. Ahí estuve, en plena hora pico, esperando un colectivo (o dos) que me trasladase por la ciudad.
Pasaron dos malditos 180 que, por supuesto, no pararon. Pregunta: ¿si puteo al chofer, me sube la prolactina?
Me tomo otro colectivo, y luego otro, para tratar de llegar a destino. En el segundo, un 132, una piba en estado de shock alucinógeno no quiere salir de "la unidad" y clama por llegar a Primera Junta cuando ya está ahí. A mí me corre el tiempo para llegar a horario. Pregunta: ¿si creo que vamos a quedarnos toda la mañana en la parada, me sube la prolactina?
Llego a Av. Rivadavia y me entero de que el colectivo me deja a 6 cuadras del laboratorio. Si no puedo ir en subte (tema escaleras), tengo que caminar, contrarreloj pero despacio. Pregunta: ¿en este delicado equilibrio, me sube la prolactina?
En el laboratorio, la secretaria me pregunta "¿Vos estás embarazada?". Pregunta: ¿me sube la prolactina?
Le digo "No, no, no, no"; "Ah, entonces tenés que esperar tu número". Papelón con muchos octogenarios que me miran mal, muy mal. Pregunta: ¿me sube la prolactina?
Esos octogenarios tienen frascos con la primera orina de la mañana, que pueden arrojarme. Total, vuelven mañana con una nueva dosis. Pregunta: ¿me sube la prolactina?

Demasiado peligro para una situación que demanda calma y un estado zen. Estos estudios no se pueden hacer en esta ciudad, porque todo lo que demande relajación está mucho, pero mucho más allá de la Gral. Paz. Para mí que la médica me hizo una broma. Su encargo fue sencillamente imposible de cumplir.

sábado, 31 de octubre de 2009

Cuidados

El acto de "darse de alta" en cualquier cosa es peligrosísimo. Involucra un compromiso emocional involuntario que no se parece en nada a la cruel e indiferente mano invisible del mercado. La impersonalidad con la que se podían hacer las cosas dio paso a una personalización cargosa y vigilante, y los perejiles como nosotros siempre tenemos malos actores, al otro lado del mostrador, que hacen de madres indignadas y demandantes. Para fundamentar esta idea remanida, va un relato de la vida real, al estilo Pare de sufrir. Comencemos con la lección.

Como el Estado decidió acogerme en una de sus formas de obra social, arrastré a mi concubinovio a tremenda aventura. Por eso, juntos y de la mano, cancelamos nuestra suscripción a emergencias sociedad anónima, donde teníamos el plan más barato, sólo por si nos moríamos en plena calle (por lo menos, alguien limpiaría la vereda por nosotros). El operador anunció que en "los próximos 10 días hábiles un representante se comunicará con usted". Obviamente, pensé por qué no se ahorraban la llamada y me daban de baja de una buena vez, pero entendí que venía un segundo round. Éste sucedió el jueves a las 9 de la mañana, horario prohibido para recibir llamadas en casa; pese a todo, atendí.

—Estimada Laura, soy Olivia y la llamo de parte de emergencias sociedad anónima. Nos ha llegado el informe de que usted ha decidido darse de baja de nuestra empresa. ¿Qué pasó, Laura? ¿Tuvo algún problema?
—No, ninguno. Lo que pasa es que ahora tenemos una obra social y no necesitamos las dos cosas.
—Pero usted entendió mal. Usted puede tener una obra social y también a nosotros, que somos un servicio de emergencias.
—Claro, sí, pero prefiero quedarme sólo con la obra social. Por eso, quiero la baja de emergencias y les agradezco mucho.
—¿Es un problema económico? ¿No tiene plata para pagarlo? ¿Usted sabe que si paga con débito es más económico? ¿Usted lo sabe?
—Sí, lo sé, pero quiero darme de baja. Tengo plata para pagarlo, pero no quiero. Nada más que eso. Además, habrá visto en mi informe que sólo usamos el médico a domicilio una vez.
—Sí, en junio, para Luciano, una visita durante la epidemia de gripe A, un momento de intensa crisis (?). Lo que yo quiero saber, Laura, es: ¿y si tiene una emergencia y su obra social no se lo cubre? ¿Qué va a hacer usted?
— Lo mismo que hacía antes de contratar su empresa. No se haga problema: yo me arreglo. Le agradezco las posibilidades que me va a dar para seguir, pero quiero la baja.
—No, es que yo no le estoy dando ninguna posibilidad, sólo quiero que me diga qué va a hacer si tiene una emergencia que su obra social no cubre.
—Si pasa, me fijo qué hago. Pero usted no se preocupe.
—No, yo no me preocupo. Le pregunto si a usted no le preocupa.
—No, yo quiero la baja y nada más. Si tengo un problema, lo arreglo yo.
—(Silencio sancionatorio) Entonces, Laura, yo lo lamento muchísimo pero no tengo otra alternativa que dar curso a su pedido.
—Sí, eso es lo que quiero, gracias.
(Me corta sin saludar, como para demostrar que está muy enojada)

¿Dónde ha quedado la dignidad fría e imperativa de una empresa? ¿Por qué hacen que sus operadores berreen por teléfono y hagan el sketch de sentirse traicionados? Telemarketers y sus jefes, esperen a que tenga 80 años y tenga medicación psiquiátrica para desestabilizarme y hacerme sentir culpable. Por ahora, denme la baja y cierren la boca.

sábado, 3 de octubre de 2009

Reencuentro

Lanús todavía conserva algunos defectos de tradicionalismo. Uno de éstos es el de congregar a muchos viejos conocidos, de trato cotidiano o simplemente de vista, en la iglesia más cercana a la estación. En ese espacio, confluimos todos los lanusenses una vez cada tanto (en mi caso, cada mucho), y vemos, con un morbo totalmente justificado —pues algo hay que hacer en el establecimiento eclesiástico— cómo el paso del tiempo nos cascotea sin prisa y sin pausa.

Antes de continuar, sí, hoy estuve en una iglesia pero fue por una causa de intenso bien: la comunión de mi primahijada. Continuemos.

  • Experimentar que las mujeres de acción católica desafinan igual que siempre,
  • que nadie revolea la maldita canasta del diezmo por los aires al grito de "¿me van a decir que no tienen plata, ahora?",
  • que está la ex amiga del secundario, psicótica y negadora, que va a comulgar como si su vida estuviera dedicada a la armonía y al amor,
  • que volvió el cura semisoporífero de cuando yo iba a la escuela,
  • que en las intenciones involucran una oración por Benedicto XVI, el papanazi que no termina de crepar,
  • que la pareja de freaks con la que iba a gimnasia tienen dos hijas iguales a él, que parece un asesino serial con neuronas desmaterializadas,
  • que hay que darse la paz y besarse con la vieja de adelante,

me deja un regusto satanista con el que está muy bien vivir el sábado por la noche. Además, me duermo, segura y totalmente equivocada, de que parezco lo suficientemente jovial y superada como para que los que todavía me ubican digan "mirá Laura, no está tan destruida". Pero el despedazamiento chismoso, post-ceremonia religiosa, es algo de lo que nunca se está a salvo. 25 años en Lanús y una activa participación mía en ese sentido deberían hacérmelo entender de una vez.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Niñera

De más está decirlo, sigo yendo a gimnasia con una devoción satánica, así como me fastidio mucho si pierdo alguna clase y no llego a las 3 semanales reglamentarias. Cuando la catástrofe adviene y sólo puedo asistir a 1 clase en toda la semana, escribo posts innecesarios y de alto contenido emo como el anterior.
Esta semana, que puedo cumplimentar con mis obsesiones en tiempo y forma, me acordé de un personaje de la clase, un estereotipo del gym, que no sólo está en mi gimnasio sino que, con otros cuerpos y otras caras, asola otras instalaciones del mundo entero.
Se trata de la alumna o asistente pegajosa, en un sentido no físico, sino emocional.
No falta a ninguna clase —no porque sea una insufrible como yo, sino porque es el paseo social de cada día—, es joven pero tiene hijos que empezaron la facultad o están trabajando, y no se da cuenta de que es hora de abandonar el rol de madre full time tal como lo venía ejerciendo. Podría pasar al próximo estadío si tuviera nietos, pero para eso le falta. Entonces, ejercita la ficción de lazos familiares con la profesora de gimnasia, oscilando entre actuar como la madre de ella y como la abuela de los hijos de ella, aportando consejos que a nadie le importan, propinando cariños que se rechazan con un escupitajo o pidiendo demostraciones de cercanía muy poco recomendables en un ámbito de sudor colectivo. Como estos perfiles son algo complejos de explicar, aquí van los ejemplos:

—¿Y a la nena la vas a mandar al jardín? Porque yo la noto sociable, como que le gusta estar con chicos.
—¿Estás comiendo bien? Mirá que vos gastás mucha energía, ¿eh?
—¿Cuándo me vas a traer a la nena para que la vea? Debe estar gigante, ¡no te olvides de que venga a la clase a visitarnos!
—Te dije que llamarla a **** le iba a hacer bien, porque está mucho tiempo en la casa, seguro que quiere volver a trabajar después del parto. ¿Viste que hace unos días te aconsejé que la llamaras por teléfono? Seguro se puso re-contenta.
—Sí, ayer hice scones y te traje una bandejita, para que pruebes.
—¡Soy una loca! Voy a tener que hacer los ejercicios con doble peso porque hoy al mediodía me comí un locro que rajaba la tierra.

Es posible que la atención dispensada a la profesora de gimnasia, que sólo quiere noquearla, se dirija esporádicamente a las alumnas-asistentes como ella que, de talante adolescente, parezcan desprotegidas, algo inocentes y dispuestas a escuchar sus recomendaciones maternales de ocasión. Sin embargo, esa infidelidad dura muy poco: enseguida recomienza su misión de salvataje con su mayor objetivo, "porque yo soy mamá y sé lo que se vive".
Una vida por allí, por favor.

jueves, 14 de mayo de 2009

Pasajeras

Recién ahora entiendo que la fineza devaluada de mis últimos posts —especialmente el de la farmacia— era tan sólo una premonición web de lo que vendría. Yo creía que los viajes más caóticos que podía llegar a vivir eran los que realizaba con mi familia hasta Santa Fe, en auto, en los que podían alternarse porciones de tarta de verdura, perros caminando por los asientos, mochilas obstructivas, fastidio circundante después de las 5 hs. y kilómetros que parecían de chicle porque nunca se terminaban.
Pero no.
Con la amiga Magui viajamos en un bus experiencial desde Asunción a Buenos Aires. Días antes, como es obvio, habíamos completado el trayecto inverso, pero lo que nos interesa escribir a las dos —pues ella ya ha realizado la crónica pertinente en Se Acabó lo que se Daba— es el Decálogo del Regreso.
1. La matemática sufrió un cisma en su historia antiquísima al descubrir que 2 asientos no se corresponden con 2 personas, sino con 3, con 4 y, mediando el disimulo, hasta con 5.
2. Mientras tanto, el tualé demostró una justa inflexibilidad al resistir los embates del organismo sólo en la medida de los pasajes vendidos, por lo que el remanente humano nos destrozó el sanitario cuando ni siquiera habíamos pasado Formosa.
3. Los niños volvieron a darnos la razón sobre que hay que esperar a los 18 años no sólo para que voten y manejen autos, sino también para que viajen solos, sin los insoportables de sus padres, y dejen dormir al resto.
4. Un bebé engripado, afiebrado y flemoso nos acompañó con sus gorjeos durante toda la noche.
5. Un museo de pañales devastados surgió del piso para confirmarnos que teníamos el territorio tomado.
6. Las dos películas seleccionadas para nuestra convivencia harto involuntaria se leían mal y duraron 1/2 hora más de lo previsto.
7. La cena (milanesa frita fría con arroz blanco y seco) era una trampa para el sistema gastrointestinal, de la que pudimos salir airosas.
8. El desayuno era de lo más triste que he recibido, y creo haber aclarado alguna vez lo importante que es para mí esa comida del día.
9. El almuerzo improvisado por algunos pasajeros concentraba tanto ajo que creí que me iba a achicharrar como una vampira contra la ventanilla. Creo haber sugerido, también, que detesto el ajo con todas las fuerzas de mi gula culinaria.
10. Las desesperantes migas fueron el denominador común de mi sueño, mi vigilia y mi espera.

Pese a todo, me reí tanto que escribo este post.
(Si quieren seguir leyendo, en Se acabó... estará el reporte-espejo de esta travesía)

viernes, 23 de enero de 2009

Infancia

En la playa, en dospiezas, no garpo (y, mucho menos, garbo).

Pero no era de eso de lo que quería escribir.
La estadía de algunas horas sobre la arena obliga a preguntarse si, cuando Narciso Ibáñez Serrador filmó Quién puede matar a un niño, lo hizo inspirándose en unas vacaciones en las costas argentinas (de río o de mar).
Con el correr de los veranos, yo me hago más antigua e intolerante, mientras que ellos más invasores y dictatoriales.

En la playa, en dospiezas, no garpo (y, mucho menos, garbo).

Me pisan la loneta con sus pies enarenados, hacen guerra de arena mojada a 15 cm. de mi libro, corren carreras llenándome las pompis de arena mientras intento sacarles el color blanco verdoso que las caracteriza y, sobre todo, me miran como si fueran a denunciarme ante sus padres —siempre ubicados demasiado lejos y perfectamente ignorantes del hacer de sus retoños— cuando con las yemas de mis dedos, sin fuerza pero con firmeza, les aparto la regaderita llena de agua de río del espacio aéreo que le corresponde a mi mochila, a mi mate o a mi corporeidad.

En la playa, en dospiezas, no garpo (y, mucho menos, garbo).

Seguro que a las chicas sin celulitis, sin ese salvavidas imposible de borrar que mamá me legó a través de los genes y sin la baja autoestima que me produce una depilación perezosa, esta cencerrada infantil no les ocurre.

En la playa, en dospiezas, no garpo (y, mucho menos, garbo).

El niño es, en esencia, un tirano y merece ir a colonia de vacaciones hasta los 15 años.

En la playa, en dospiezas, no garpo (y, mucho menos, garbo).

¿Que soy una amarga y nunca tendré un programa infantil? Claro, ¿o es que recién llegan a este blog? ¿Tienen menos de 12 años? En ese caso, retírense inmediatamente y vuelvan cuando ya puedan votar.

sábado, 3 de enero de 2009

SadoMadre

—Y sí, la sacaste re-barata. Imaginate que se les ocurriera decir "a ver, nena, un poco de carne fresca" y te hacen de todo. La chorra también podría haberte entregado así, sin problema, al otro para que se saque el gusto. La verdad, tuviste suerte. Imaginate, si no.

No es que no quiera compartir mis penas con mi madre. El problema es cuando ella avanza en la ucronía riesgosa y me coloca de protagonista.
Ayer por la noche me robaron celular, billetera y demás efectos personales a punta de cuchillo. Las múltiples posibilidades delictivas desarrolladas por mi madre no sólo me hacen agradecer que su cerebro no sea el de la ladrona que me avanzó —creo que mamá no tendría miramientos, en virtud de su creatividad dolorosa—, sino que renuevan mi aprensión a los modos lingüísticos de mi progenitora cuando se refiere, de un tono aggiornado, a los siguientes temas:
- Uso de marihuana.
- Empleo de sustancias estimulantes como las pepas, el éxtasis, la cameruza, etc.
- El sexo.
- El sexo de a uno.
- El sexo de a dos.
- El sexo de a tres.
- El sexo de a muchos.
- Los métodos anticonceptivos.
- Los errores anticonceptivos.
- Los miembros masculinos.

Entiendo su excelente voluntad, pero mi salud mental está en un serio peligro y creo que nunca superará ese riesgo.

domingo, 3 de agosto de 2008

Solidaridad

No nos oponemos a que las amas de casa anhelen la aventura, quieran utilizar las botas nuevas, deseen emperifollar a sus cachorros y busquen opciones para elevar su producción de adrenalina. Incluso, apoyamos su iniciativa, pero, por favor,

NO LLEVEN A CABO ESE PROYECTO
EN VACACIONES DE INVIERNO
Y EN LOS PASILLOS DEL SUBTE

Hay personas que están apuradas, otras que llegan tarde y un grupo de ciudadanos, entre los que me cuento, que sufre de las dos dolencias; estos 14 días infernales no nos están haciendo bien.

jueves, 22 de mayo de 2008

Idish

Descubrir que el novio de una alberga en su interior una típica madre judía, culpógena y con aspiraciones de mártir, no es lo mejor que puede suceder un jueves, el día más congestionado de mi semana.

viernes, 7 de marzo de 2008

TodasDeCal

Cosas que aprendí en los 10 días de convivencia con los albañiles:

- De esta rama de trabajadores, los hay de (por lo menos) tres clases:
1. los que almuerzan "en obra" (se compran unas empanadas y listo);
2. los que van a almorzar a sus hogares y regresan a media tarde —con lo que se quedan hasta más tarde en TU casa—;
3. y los que, inusitadamente, almuerzan en obra y deciden dormir una siesta antes de comenzar la segunda parte de la jornada.

Los albañiles que trabajan en casa son muy ubicados y pertenecen a la categoría número 2, pero existen casos relacionados con la 3.

- Es inútil intentar parecer despabilado: ellos saben que te levantaste de un salto y te cambiaste en el intervalo medido entre el "¿quién es" al portero eléctrico y la apertura de la puerta de calle.

- A pesar de que una escuche con más atención lo que el albañil dice, el hombre de la casa siempre querrá hacer ostentación de un saber que pretenden instintivo del sexo masculino; de este modo, las preguntas de la mujer siempre parecerán obvias (pero no hay que dejarse engañar).

- El alto nivel de estrés que genera esta verdadera campaña logra, por ejemplo:
1. Un furibundo deseo de huir para siempre, donde haya iglúes o pirámides antíquisimas en alquiler;
2. Resaltar de amarillo fosforescente las rispideces de las relaciones humanas dentro y fuera de la obra en construcción;
3. Renovar el llamado a la ex-psicóloga, de la que una se escapó cobardemente "por cuestiones de falta de tiempo" hace casi un año.

De acuerdo con esto, podemos establecer que albañiles, psicólogos, terapeutas familiares y de pareja, bares de bebidas alcohólicas y dealers de psicotrópicos relajantes podrían trabajar en conjunto, formando una verdadera red de causas y consecuencias para que los potentes mazazos a la condición mental sean cuidadosamente revocados con el material más adecuado, según cada caso, con la correspondiente reposición de membrana (si corresponde). Si no creen esto, tan sólo vengan a casa para tomar mate conmigo .

viernes, 24 de agosto de 2007

Destino

Hay personas que suelen caer en actos fallidos mucho más fácil que otras. Yo pertenezco al primer grupo. También conocida como "mandársela", esta acción frecuente equivale a cometer un error, un craso error, frente a la persona menos pensada.
Ejemplos (de la vida real):

Caso 1
Laura: sí, hay gente que a todo le pone edulcorante. Pesa 150 kilos, come de manera bestial, y usa edulcorante.
Interlocutor: bueno... yo peso 150 kilos, pero tengo que usar edulcorante, por la diabetes.

Caso 2
Laura (en España): ja, ja! Me reconoció que era argentina por mis eses, ¿no?
Interlocutor (español):... (cara de incomodidad, y paso a otro tema)..
Aclaración necesaria: "eses" es homófono de "heces".

Caso 3
Luciano (novio y cinéfilo consagrado): ¿vamos a ver "Batman Inicia"?
Laura (el título que se representó en su mente es "Batman Y Nicia"): ah, sí, ahora se estrenó en el cine... ¿viste que de Nicia hace la novia de Tom Cruise?
Luciano: ... (aunque en ese tiempo se encontraba en los albores de la relación, seguro que pensó cómo tramitar la posesión de un arma, para la próxima vez que hablara con Laura sobre cine).

¿Se entendió el concepto? Lo peor de todo no sería la frecuencia, que ya se transformó en un hábito, en un código, y en una marca distintiva: lo verdaderamente malo es que, mientras pronuncio las palabras que me llevan al abismo, sé que me conducirán al mismísimo infierno de la imagen personal.
Y, a pesar de todo, no puedo detenerme ni evitar la debacle.
¿En estas cosas se verificará el destino ineludible de cada uno?