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viernes, 13 de enero de 2012

Asesoras

A 26 días de mi ingreso en el universo materno, también he cumplido el mismo lapso en no tomarme un colectivo, en no salir a la calle más que para ir al super chino de la vuelta de casa, en no ponerme ropa "para salir", en no hacerme pan casero, ni en abrir el maldito libro al que lo hago perseguirme por la casa desde que llegué de la clínica. Sin embargo, en este día 26 llegó el momento de anunciarme que no, que no soy la reina de la lactancia materna, que el imperio de la leche autogestionada me reservó uno de los peores lugares, y que soy de esas apátridas de las tetas que, frente a su insuficiencia orgánica, no sólo brega por el consabido vínculo madre-hija a través de la succión, sino que completa la relación dejando pipona a su niña con unas buenas cajas de leche maternizada. Herejía o elección sensata, lo cierto es que estas semanas me han enfrentado a la angustia más profunda con todos los sobreeentendidos de la lactancia en los que quedo irremediablemente orsai y todo el mundo daba por supuesto. Así es como nunca hay un consuelo suficiente para la madre con lactancia deficiente, más que el que decirle "¿sabés que? mandale un mamaderón cuando no se llene y sé feliz, que yo hice lo mismo y mirá cómo tengo al/a la pibe/a". Cuando las sugerencias difieren de esta indicación, el desasosiego tarda tres frases en llegar, embutida en una sílaba repetida en todos los aconsejadores: "ah", que define tanto el "no podés" como el "¿no podés?". Cada uno de los ejemplos que daré a continuación fueron pronunciados por varias mujeres queridas de mi círculo, así que no a sentirse interpelada en forma directa que, para sensibilidad susceptible o viceversa, ya estoy yo manipulando a mis hormonas que adelantaron el fin de semana largo de carnaval.

1)  
- El sacaleche es lo mejor: vos lo usás y así ya te garantizás que tome otra mamadera de tu leche. Le ponés, qué sé yo, 60 mililitros y listo.
- No llego ni a 20, y cuando lo hago ella no tiene qué tomar en la media hora siguiente.
- Ah.


2)
- ¿De esa (teta) no hay más? Claro, de ésa te sacaste recién, no?
- No, es así, es una teta deforme y ahora no tiene más que eso.
- Ah.


3)
- ¿Pero viste cómo te duele todo cuando se está acercando la hora de darle de nuevo? Es porque ya está la leche.
- No, a mí no me duele prácticamente nada.
- Ah.


4)
- ¡Mirá cómo toma la mamadera! Claro, en esta toma no le diste pecho, ¿no? Pero mirá que si no te va a  largar la teta y sólo va a querer mamadera.
- No, acabo de darle media hora de teta(s), pero no le alcanza, por lo que vemos.
- Ah.


5) 
- ¿Dormiste mucho? ¿Cancelaste todas las visitas? ¿Estás comiendo bien, buenos almuerzos y buenas cenas? Mirá que eso es vital para que tengas leche.
- No, claramente "no" a ninguno de los tres ítems. De hecho, el segundo consejo es contradictorio con el hecho de que estés ahora en casa tomando mate conmigo, y ya tengo bastante con no salir a la calle como para que encima no tenga que ver a nadie más hasta agosto.
- Ah.

El mundo está lleno de consejos impracticables y de sugerencias que jamás se van a adecuar a una, pero por un extraño proceso de concentración, prácticamente el 70% de todas estas indicaciones están concentradas en la lactancia materna, que a esta altura es tan inasible para mí como el riesgo país o el tema del verano 2012, ése que (como siempre) es brasileño y (como siempre) parece dulce pero en realidad está emitiendo guarangadas en portugués, tal como se puede adivinar por el pasito que lo acompaña. Como todo en estas semanas de tiempo circular, este post se sigue alargando y no tiene un buen final ni un remate, pero como me tengo que ir a fracasar de nuevo en la alimentación de mi hija, los dejo. Que las tetas los acompañen.

domingo, 6 de noviembre de 2011

3de10

Lo bueno de llegar a los 30 es que una ya no se acuerda de qué era lo que pensaba, a los 15, sobre lo que iba a estar haciendo cuando tuviera el doble de edad. Así, todo es un poco sorpresa y un poco objetivo cumplido.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Ofertón

Aquí están, éstas son, las 6 cosas obvias que le suceden a una embarazada durante un viaje a Río y que, por ende, le ocurren también a sus compañeras de viaje:
1. La gestante es el peor señuelo del mundo para que sus correligionarias logren alguna conquista amorosa, de ésas que tanto se pregonan cuando una dice "me voy a Brasil". Así es como todas las promesas que le habían formulado a mis amigas, del estilo "uy, todo lo que vas a pescar", "cuidado con la sobredosis de garotos" y demás, se transforma en un mito doloroso de tan falso, gracias a mi presencia en cada excursión diurna o noctámbula.
2. La gestante, a su vez, nunca es objeto de la proverbial piropeada carioca, por la sencilla razón de que los brasileños —que no ahorran energías en lijarte con la mirada de pies a cabeza— detienen su recorrido a la altura de mi diafragma y se dan vuelta con espanto. Claramente, en este momento, soy la peor inversión que un integrante del grupo masculino pueda hacer en su vida, y hay partes ineludibles de mi anatomía que les prometen la bancarrota y la tristeza sem fim.
3. El momento de comprar alcohol en equipo o desbarrancar a puro caipirinhazo se ve interrumpido por una presencia: la mía. Sería inútil cooperar económicamente con el emprendimiento, si el propio espíritu no puede embarcarse en la aventura. Después de todo, no hay nada peor que emborracharse sola y tratar de sintonizar con la pretendida alegría carioca (que NO existe) a fuerza de vasos aislados comprados por propia iniciativa.
4. La pelea divertida pero sin pausa sobre quién debería tener la cama más cómoda en el departamento también se ve dificultada por un llamado a la solidaridad: que yo duerma en el lecho más apropiado para mi condición, y que mis amigas puedan eludir el indeseable instante en el que sienten una panza de 6 meses y medio apretándose contra su espalda sólo porque no tengo noción del espacio cuando estoy dormida.
5. Las compras generales del super tienen una fletera menos: yo. Suelo cargar con el papel higiénico (si el paquete no tiene más de 4 rollos), la cajita chica de fósforos y el ticket para dividir gastos.
6. Los souvenirs de supermercado que tanto nos gusta llevarnos a casa me siguen incluyendo igual que antes, sólo que no considero el factor "peso de valija" a la hora de llevarme 2 botellas de cachaza y 3 paquetes de harina para hacer pan de queso. Como resultado, mis compañeras de viaje exigen llevarme la maleta y, a la vez, se entrenan en nuevos insultos que recorran de punta a punta el aeropuerto, hasta encontrar el mostrador de despacho de equipajes.

No podría decirles que viajar con una embarazada sea un negoción, realmente. Lo que sí puedo decirles es que es un negoción viajar con mis compañeras de itinerario carioca cuando una está embarazada. Sólo espero que tengan una frágil memoria y un debilitado sentido del odio.

jueves, 4 de agosto de 2011

Lucidez

Actualización de preguntas idiotas al obstetra:

1. ¿Puedo tomar cerveza?
2. ¿Es posible que sienta con las manos los latidos del bebé en la panza?

Y la más importante:

3. ¿Tomar leche en polvo tiene las mismas vitaminas que si la compro en sachet? Digo, porque a veces me equivoco y le pongo de menos.

Adivinen el concepto de mi persona que estoy formando en la mente de la médica.

lunes, 28 de marzo de 2011

Erratas

Ya me compré el caniche y lo teñí de rojo. El "Rosa" del afiche homenajístico refería a "José María Rosa" y no a "Rosa Luxemburgo". La autocrítica es lo primero.

miércoles, 26 de enero de 2011

Análisis

Y entonces yo, la luminaria, emití mi conclusión ultra profunda:

"Él es un garca, lo sabemos, pero la que es mufa es ella"

Estoy empezando a pensar que, de tanta luz mental en pleno verano, se me llenó la azotea de bichos. Pero le miro el lado bueno: creo que ya me merezco una columna de opinión en Paparazzi, o en Contá y Ganá. Como mínimo.

viernes, 6 de agosto de 2010

Training

Días libres en la playa.
Las Toninas, para más datos.
Frío, sol escurridizo y playa vacía.
Momento ideal para ensayar lo que nunca debería haber planeado:
Sesión de actividad física autodidacta sobre la arena.

Una rutina planteada más o menos así:
5' corriendo, 5' caminando. Repite 4 veces y se termina corriendo. Luego, tanda de abdominales de varias clases. Se cierra con espinales entusiastas sobre el camino de madera de la entrada.

Puedo asegurar que la Naturaleza me llamó y me convocó, durante todo mi físicoproyecto, hacia el sedentarismo: nunca en mis jornadas playeras, en verano o en invierno, encontré tantos caracoles de ésos que tienen el ruido del mar adentro, más las conchillas en tonos rosas y violetas que son mi fetiche arenero. En consecuencia, terminé trotando como una gallina espantada con el bolsito lleno de mis tesoros, con la campera enredada y el celular haciendo sonar las alarmas a toda hora. Un espectáculo digno de olvidarse.

martes, 20 de julio de 2010

Trasmutación

Hay días en los que me convierto en una vieja cuidagatos.
No son días buenos ni malos, son días de vieja cuidagatos.
Y no tiene que ver exactamente con que tenga una gata, ni con que otro felino histérico insista en ser adoptado sin condiciones (esto es: no se puede tocar, no se puede seguir, sólo quiere estar escondido en la casa y sin interactuar). No. En verdad, estos días se notan en ciertos rituales, a saber:
* Levantarse sola, un poco alelada, y poner música durante la primera hora de vigilia.
* Imponerse la quita de pijama para demostrarse que el día, técnicamente, empezó.
* Sintonizar el programa de cocina y quedarse mirando el devenir de las recetas mientras se enfría el mate.
* Saber que, aunque es día del amigo, no vas a ver a nadie, porque da mucha pereza salir al exterior en una ciudad donde "hay que hacer algo" porque es la fecha de la amistad.
* Recordar que hay cajones y rincones de la casa inescrutables, donde hay papeles que se deberían haber tirado en la anterior mudanza, botellas vacías y frascos de líquidos de limpieza viejos y solidificados. Dejarlos así.
* Quedarte un rato frente al monitor sin acordarte de qué es lo más importante que tenés que hacer en el día: esa tarea que va a justificar tu jornada. No hay, parece.
* Descubrir que lo más relevante que te toca hoy es esperar a la cena para ensayar las croquetas de acelga y puerro que figuran en la parte de atrás de la caja de cubitos de sopa.
* Salir al sol para colgar la ropa; alegrarse de que ya se puede lavar otra vez es otro indicio del cuidagatismo. Evaluar quedarse en la terraza o bajar, debido al frío. Bajar.
* Almorzar los dos tapers pequeños de comidas contradictorias que quedaron en la heladera: fideos con aceite, y arroz con verduras. Uno atrás de otro, previo calentamiento en microondas. Para que no se pongan feos.
* Reconocerse tenedoreando con la vista fija en la tele. Entrada en pavor. Comienzo del trabajo: leer y fichar, leer y fichar, leer y fichar. Pero primero escribo esto en el blog. Así parece más gracioso de lo que es en verdad.

viernes, 23 de abril de 2010

Presunción

Noto que la actividad de opinión pública no es algo que convoque a los queridos visitantes de este blog. O tal vez sean clásicos y no les apetezcan los "inspector gadget" que irrumpen en la perezosa estructura de Insolada. No importa, la encuesta sigue y terminará como empezó: con casi un 100% de voto en blanco.

jueves, 18 de febrero de 2010

Bolufla

Hoy, por fin, tuve lentes de contacto en mis ojos. Cuesta ponérselas, cuesta sacárselas, pero más cuesta darse cuenta de que este elemento terapéutico me da más posibilidades todavía de quedar como una idiota. Testimonio de la vida real:

La contactóloga me enseña a sacarme las lentes que ella me puso con fórceps y, después, me indica cómo autocolocármelas sin quedar tuerta. Al final, el celofán óptico se adhiere a mi retina y me levanto del sillón. Ella, mientras tanto, me prepara el clásico estuche de doble círculo para guardarlas cuando me las saque, en 4 hs. aprox. Diálogo:
—Aquí te traigo solución salina, para que dejes a las lentes en este agua, dentro del estuche. Acordate de poner el derecho en el derecho y el izquierdo en el izquierdo. Ya te llené los compartimientos con la solución, ¿ves?
—Uy, ¡que finitas son! ¿Las lentes están ahí dentro?
—No, las tenés puestas.

Chan, chan.

martes, 29 de diciembre de 2009

Cream

El secreto de la playa es encremarse las 24 hs. del día. Sólo así se puede sobrevivir a la exposición desmedida al sol, a la sal, a la arena y al viento. Por lo tanto, hacer playa también es trabajar, en cierta medida y, si nos tomamos un descanso de la actividad física, este escape se compensa con la unción permanente y minuciosa de todo tipo de crema, gel y protector solar. Si no creen que sea así, cotejen mi cronograma playero con el suyo:

10 am: crema hidratante en el rostro, porque recién me levanté y lo siento algo tirante.
Mediodía: protector solar 30 minutos antes de llegar a la playa, para que empiece a hacer efecto.
12,45 hs.: llegué hace 15 minutos a la playa y me estoy derritiendo. Me voy al mar.
13,10 hs.: salgo del mar con los labios azules y me dispongo a secarme al viento, como bombacha de abuela. Espero estar un poco escurrida para ponerme protector de nuevo.
13.20 hs.: ojalá no me haya incinerado estos 10 min al sol sin custodia hinds. Trato de ponerme el protector: primero la cara, luego la panza, luego el escote, los hombros, los brazos, las piernas y, ahora sí, la espalda, haciendo contorsiones circenses y viendo cómo el resto de los veraneantes piensa: "pobre chica, está sola y ni siquiera tiene a alguien que le pase la crema en forma pareja".
13,30: me siento a leer. Me doy cuenta que el pliegue de la panza me va a dejar una línea blanca diagonal muy poco glamorosa. Y bué. Paso la página y sigo.
14 hs.: me incinero otra vez. Me doy vuelta, para ver si mis piernas verdosas van a poder exhibirse alguna vez. Previamente, hago espinales involuntarios para pasarme el protector solar como la etiqueta del producto manda.
14,20 hs.: empiezo a sentir el ardor en aquellas regiones de la espalda a las que no llegué con mis elongaciones de brazos. Aunque es temprano, ya sé cómo termina: la piel con manchones rojos entre regiones amarronadas y saludables.
14,40 hs.: me miro las piernas y siguen tan impermeables al sol como siempre. Me aburro. Otra vez al mar.
15,10 hs.: regreso. Protector solar en todo el frente de mi anatomía. Dilemas: ¿es hora de unos mates? Pero si tomo mucho ahora voy a tener que buscar un baño en breve. Mejor espero. ¿Ya me terminé el libro? ¿Lo termino hoy o mañana? Si lo termino hoy, ¿lo entenderé bien o me lo deglutiré como al pan dulce al que no le doy tregua?
15,50 hs.: ¿voy de nuevo al mar? Si voy, es el último baño del día pero voy a salir congelada y no me secaré por 2 horas más. Si no voy, soy una bolufla que tiene al mar adelante y no lo disfruta.
16 hs.: bueno, voy.
16,30 hs.: siempre lo mismo, ¿cuándo voy a entender que tengo que hacer como las demás mujeres que están secas, marrones y abrigadas? Ahora, me estoy secando con el viento helado y la gente mira. Esto lo hacen las personas hasta los 14 años. Cuando tenés el doble, queda freak. ¿Más protector solar? Bueno, un poco, a ver si laburé toda la tarde y ahora la famosa resolana me asa como un pollo.
18,30 hs.: se absorbió el protector, se fue el sol, ya tomé mate, terminé el libro y le di un tarascón más al pan dulce.
18,40 hs.: ahora sí que me vendría bien un baño.
18,55 hs.: ahora sí que necesito desesperadamente un baño.
19 hs.: mmmhhh, 7 cuadras para llegar. Bueno, tal vez en 9 minutos llegue.
19,30 hs.: me baño.
19,45 hs.: combo de crema humectante, gel post solar e hidratante para la cara. Antes de dormir, un poco más de todo eso para no ser como la mujer de calabró o mimicha reutemann en un par de décadas.

Ir a la playa y vivir para contarlo es un verdadero trabajo. Pero el mar lo recompensa.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Acting

Bolufleces que comencé a hacer en diciembre:
Parar un colectivo y, cuando veo que no me frena porque me pasé de la parada o ya está saliendo, modular con la boca bien abierta, para que el chofer me entienda: "Ah, no podés ser tan amargo".
Golpear la puerta del colectivo que no va a abrirme y, cuando veo que el chofer me hace que no con el dedito, poner los brazos como quien reciba la iluminación superior (perpendiculares a los hombros, levemente flexionados, palmas para arriba), inclinar el cuerpo y poner gesto de "nah, qué te cuesta".
Obvio, nunca triunfo y siempre tengo que esperar el próximo "servicio" (qué irónico) o seguir caminando. Porque por algo estamos en diciembre: para que todo sea un poco más difícil.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Tamaño

Puf, salgo tan gigante en las fotos que apesto.
En todas las fotos.
Y todo en mí es gigante: cabeza, boca, ojos, espalda, piernas, brazos.
Odio las fotos.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sofisticación

Y si hay algo por lo que parezco novata en cualquier lado, es por mi maravillamiento torpe frente a las muestras tecnológico-glamorosas del confort.
Desde la descarga de inodoro automática apenas uno se levanta, hasta las cajas bien diseñadas con aperitivos para viaje, pasando por los mecanismos virtuales de reservas y confirmaciones, en absolutamente todo lo que sea moderno yo parezco idiota. Por eso, en espacios donde el pertenecer es una excelente moneda de cambio, yo me gano las miradas más sancionatorias posibles, cuando trato de apretar la canilla sin saber que el agua sale cuando pongo las manos abajo, cuando me alejo espantada del inodoro porque viene una catarata de agua, cuando pregunto tres veces si de verdad no me falta ningún documento, o cuando consulto por teléfono —para que alguien me explique en persona— si lo que hice por Internet está bien.
Chips del siglo pasado, éso debe ser lo que tengo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Abalorios

En una semana de estrés lobotomizante, como si todo lo que hay que hacer fuera poco, hubo una de esas fiestas a la que uno no sabe mucho por qué va y confirma su incausalidad de asistencia cuando tiene que volverse de ahí y falta 1 hora para llegar a casa.
Sin embargo, la pregunta estúpida no fue ésa —que no era, por cierto, estúpida, sino alertante.
La incógnita surgió durante los preparativos para ir al evento, cuando puse en cuestión una característica de mi apariencia que me acompaña desde los 10 años:

¿LOS ANTEOJOS SON UN ACCESORIO (a) O UNA PARTE MÁS DE LA CARA (b)?

Si la respuesta correcta es a), entonces estaré condenada a no utilizar aros con collares al mismo tiempo, porque mis anteojos ya me ocupan uno de los casilleros tolerables para portar adornos faciales. Aun así, siempre termino optando por el collar, porque utilizar mis orejas para dos tareas (sostenerme los aros y las patitas de los anteojos) me parece demasiado.
Si la respuesta correcta es b), entonces no me importa nada y me pongo de todo. Sin embargo, en cuanto me topo con la primera vidriera bien lavada, con un reflejo certero, me espanto y empiezo a descartarme la bijou en plena calle.

Sí, ya sé que muchos dirán que me deje de molestar y me encargue lentes de contacto de una buena vez. Pero cuando tengo que responder a eso, la respuesta suele ser b). Miopes del mundo, ¿cuándo organizaremos nuestra FashionWeek y marcaremos tendencia? Anteojos con vestidos de fiesta, con pijamas, en recitales y en baños de mar; "yo tengo un sueño", dijo Luther King (aunque no creo que haya sido por esto).

domingo, 23 de agosto de 2009

AlfredoRosso

Siempre tuve un deseo que, sé, nunca cumpliré: saber mucho de música. En verdad, creo que es una metamorfosis que surgió a partir del doloroso descubrimiento de que no tengo oído, que soy una bestia en las lecciones de música y que me encuentro lejos de tocar algo distinto del Himno a la Alegría con un dedo sobre el teclado.
Pero cuando digo "saber mucho de música", es Mucho.
Recitar la formación de un grupo de rock de los 70; conocer los cambios de baterista de la banda más ignota del oeste del Gran Buenos Aires; saber quién fue el productor del disco más virtuoso y menos vendido de la banda X; ostentar con el comentario de quién grabó el bajo como invitado en el disco bla, bla, bla del grupo Y; recordar alguna declaración de músico que me permita lucirme en reuniones con musicófilos; reconocer la cara de los integrantes de las bandas que me gustan, cuando salen sin el resto de sus compañeros; distinguir en términos auditivos un estilo de otro; conocer cuándo un sonido es "sucio"; valorar el uso de una marca de instrumento en lugar de otra; aprender autores de temas fundamentales y las alianzas que estuvieron detrás de la composición.
Pero no, me sale mejor acordarme de los mediáticos de los 90 y, a lo sumo, puedo citar algunas groupies bizarras, si de rock estamos hablando. ¿Quieren escuchar el Himno a la Alegría? Aprovechen: hoy justo me pinté la uña del virtuoso dedo índice.

martes, 11 de agosto de 2009

Baches

Mi psicóloga me dijo que era hora de reconocer que era una persona que podía tener errores.
Y puse manos a la obra.
Ahora, casi nada de lo que hago me parece, a simple vista, tan grave; es como si quisiera actuar a cuenta de todas las veces en las que fui hiperexigente con el mundo todo. Así, el problema mutó: no es que quiera parecer perfecta, sino que creo que puedo sacar soluciones de la manga para todas las veces en que decido equivocarme a mucha honra, y me obligo a ello.
Ejercitarme en una supuesta perfección para subsanar la imperfección; pavada de enrosque.

martes, 23 de diciembre de 2008

FeedBack

No voy a recalcar que éste es un mes difícil para mí. Es más: si alguien tiene alguna receta certera para eliminar la depresión, que no sea el alcohol y dormir, ya sabe dónde difundirla y se lo agradeceré horrores —porque de otra manera, en estos días, no podría hacerlo.
Sin embargo, sigo atenta a las minucias comunicativas de la vida cotidiana y, sólo para demostrar que salgo a la calle y todavía regreso sin dejarme arrollar por un Scania, las dejo registradas en este blog.

1. Vendedor de zapatos callejero, que exhibe muchos pares en su puesto.
Insolada: ¿tenés número 38?
Vendedor: decime.
Insolada: si tenés número 38.
Vendedor: decime en qué color.
Insolada: ¿qué colores tienen en 38?
Vendedor: decime qué color querés y yo te digo si tengo ése.
Insolada: bueno, qué se yo, plateada.
Vendedor: sí, tengo plateada, blanca, verde y uva.

2. Boletería de subte, línea D, estación Facultad de Medicina. Papel de cuaderno cortado y pegado en el vidrio, en el que se puede leer "recarga mínima $5" escrito a mano y de manera apresurada. Yo voy a pagar con $10 y no leí el cartel.
Insolada: ¿podés cargarme $3 en el Monedero?
Boletera: no, la recarga mínima es de $5 (señala el letrero artesanal, por no decir trucho).
Insolada: ah. veo que la recarga mínima es cada vez más alta.
Boletera: es porque no hay monedas.
Insolada: pero yo te pago con $10, no necesitás darme monedas.
Boletera: no, pero la recarga mínima es de $5.
Insolada: buenísimo, entonces con estos $10 dame dos pasajes sueltos.
(Como sabrán, dos pasajes cuestan $1,80 y la señora tuvo que darme mucho más vuelto del pactado en primera instancia, más dos moneditas, a pesar de la carencia).

martes, 15 de abril de 2008

MiniEstablo

Y entre otras imbecilidades que se me ocurren mientras viajo en subte y no puedo concentrarme para estudiar, hoy se me ocurrieron estas cuestiones que pueden reunirse en un único motivo: el de hacer caso a la deidad y observar la paja en el ojo propio. Paso a enumerar:

1. Viajé con el gigante de Crónica, ése que tiene voz de trueno y al que se lo conoce por la frase "¡qué pitufo éste!", en la presentación de la gloriosa noticia sobre el pitufo Enrique.
Observación autorreferencial: ¿por qué cada vez que me encuentro con alguien conocido pero no tanto, cuasi bizarro, se me ocurren varias cosas para decirle, aunque no tengo la más mínima intención de hablarle? Lo mismo me sucedió cuando coincidí subterráneamente con el Reverendo Douglas Vinci. Vale aclarar que, en aquella ocasión, tampoco me comuniqué.

2. Soy muy intolerante con los olores desagradables en el transporte público y no tengo ningún problema en cambiarme de asiento o de mencionar el conflicto si alguien viola esta regla de respetuosa convivencia.
Observación autorreferencial: ¿por qué, si el aire caliente tiende a subir y el aliento es una emanación cálida, me llegan los asquerosos vahos de vino, ajo y cigarrillo de ayer, provenientes de las bocas que respiran sobre mi cabeza cuando yo voy sentada en el colectivo o en el subte?

3. Casi nunca me he anotado en cursos de idiomas, porque sé de mi inhabilidad constitutiva y de mi inconstancia ídem. Este año fue la segunda vez en mi vida en que lo intenté y hoy fue mi primera clase.
Observación autorreferencial: ¿por qué, si necesito de un estímulo de enseñanza apto para continuar con el cuatrimestre, me tocan la profesora con cara de alienada de Academias Pitman y el alumno senior que insiste en demostrar que sabe más, con una camisa horrible, con un hediondo perfume de pino y extraordinarias ganas de comunicarse con el resto del curso?