Para una madre primeriza, el concepto "transición" es vital para sobrevivir cualquier momento indescriptible de su experiencia con el bebé: si no duerme desde hace semanas, está en la transición de los dientes, si se despierta cada 20 minutos, está en la transición de saber que es un individuo separado de tu persona —algo que le parece horrible ahora pero luego, con la vergüenza que le vas a dar en la adolescencia, va a agradecer con todo el corazón—; si se amotina y se vuelca apenas lo sentás en el piso, está en la transición hacia el gateo, y demás fases metamórficas que intentan explicar por qué hace varios meses que no te peinás como corresponde, olvidaste el hidratante facial matutino, ni usás tacos.
Sin embargo, existe otro tipo de transición y es la temporal: aquélla que surge cuando el bebé está despierto, no quiere hacer nada por su cuenta y hay que cargarlo a upa hasta que cambie de opinión. Esta fase del día se distingue claramente de la que, gloriosamente, nos permite hacer algo de manera mínimamente eficiente porque el retoño duerme o juega, y también se separa de la que, en forma desesperante, te sumerge en el ritmo gomoso de un niño preso del fastidio o del sueño. La transición ondulante del bebé a upa parece, a simple vista, un castigo, pero en realidad es una oportunidad revolucionaria para hacer aquello que evitamos sistemáticamente cuando (oh, ociosos) salíamos viernes y sábados: solucionar por teléfono gestiones comerciales o trámites varios. Sí, señor: todos los organismos públicos y las empresas con número para quejas deberían prevenirse de hacer las cosas mal, porque la defensa al consumidor, hoy, viene de la mano de las madres que no pueden hacer otra cosa que pelearse o consultar idioteces por teléfono. Aprovechando estos tiempos transicionales, entonces, pude concretar las siguientes cosas inútiles para la vida real y supuestamente fundamentales para la existencia administrativa:
a. Saber en qué obra social estaba inscrito el padre de la criatura, conocer los papeles que hay que presentar para inscribirse, y descubrir que todo trámite es personal frente a la AFIP. Como él no vive la transición del bebé a upa y eso implica salir a la calle, la gestión se vio trunca, pero todo lo que se podía lograr con el teléfono se consiguió.
b. Llamar a farmacity para quejarme por la mala calidad de una mamadera que compré por error, a la que se le borraron los números con el primer lavado. Nadie me atendió jamás, pero yo trabajé mucho marcando los números en el aparato.
c. Comunicarme con mi nuevo trabajo para saber si otorgaban leches y pañales a los hijos de sus becarios durante el primer año de vida. La respuesta fue negativa, pero yo sí que me enteré por teléfono.
d. Hablar con las dinosaurias secretarias de un organismo de derechos de autor para saber si es posible afiliarse a su obra social. Me informaron que, aunque estaba al cuete en casa mirando a Anabella Ascar, igual seguía teniendo 30 años y sus planes eran pensados para gente mayor. Que no joda. Pero yo eso también lo supe telefónicamente.
En fin, que el tiempo de la transición a upa me brinda siempre electrizantes aventuras con final imprevisto. A ver qué genialidad vertiginosa se me ocurre para mañana.
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lunes, 16 de julio de 2012
sábado, 19 de febrero de 2011
Flit
Semana, gudbái.
San Valentín cae como las empanadas fritas a las 10 de la mañana.
En estos gráciles días, me vi carcomida por el vértigo, me sumí en un episodio de nervios, me olvidé del último escalón de la escalera y me hice un moño con el pie, me dio por el ostracismo justo cuando más tareas outdoor tenía, escribí poco y nada, me levanté tardísimo y dormí pésimo. También suspendí las cosas que más me apaciguan de mi rutina, vi cómo los días pasaban volando pero mal, la wi-fi que aligera mi trabajo se fue para volver sólo con un técnico bien dispuesto, y me di cuenta de que en febrero no podré hacer todo lo que tenía planteado. Que, siempre, es mucho o demasiado.
Supongo que estas épocas de tempestad sirven para que la semana siguiente llores de emoción sólo porque el colectivo te hizo esperar menos de 15 minutos. Es decir, para que tengas la alegría tonta regalada y/o bonificada.
Semana, gudbái.
San Valentín cae como las empanadas fritas a las 10 de la mañana.
En estos gráciles días, me vi carcomida por el vértigo, me sumí en un episodio de nervios, me olvidé del último escalón de la escalera y me hice un moño con el pie, me dio por el ostracismo justo cuando más tareas outdoor tenía, escribí poco y nada, me levanté tardísimo y dormí pésimo. También suspendí las cosas que más me apaciguan de mi rutina, vi cómo los días pasaban volando pero mal, la wi-fi que aligera mi trabajo se fue para volver sólo con un técnico bien dispuesto, y me di cuenta de que en febrero no podré hacer todo lo que tenía planteado. Que, siempre, es mucho o demasiado.
Supongo que estas épocas de tempestad sirven para que la semana siguiente llores de emoción sólo porque el colectivo te hizo esperar menos de 15 minutos. Es decir, para que tengas la alegría tonta regalada y/o bonificada.
Semana, gudbái.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Contienda
Por haber extrañado la casa, por haber tenido ciertos fracasos de tiempo libre, por haber deseado dormir en la propia cama, o por querer recuperar la intimidad que tanto bien le hace a las miserias personales, lo cierto es que el regreso de las vacaciones implica, en el minuto siguiente a traspasar la puerta de casa, suelo hacer algo extraño o extravagante. Cocinar una comida de ésas que añoré preparar, limpiar el baño, mirar el único capítulo de una telenovela mexicana que nunca más sintonizaré, mandar el mail que siempre quedó relegado —incluso, antes de irme—, volverme dócil y flexible con las tareas que reclamo a los gritos en "etapas hábiles", o ponerme a trabajar a las 3 de la mañana; cualquier estupidez que podría hacerse otro día toma un carácter de imprescindible y urgente. Esta vez, el regreso de un corto viaje me prometía algo más adrenalínico: apostar en las subastas de mercado libre por sillones retro. 2pé, 5pé, 20pé o 30pé; todo vale para sentirse una jugadora compulsiva que insulta al monitor cuando un desconocido, por vías virtuales, supera su oferta, así como permite experimentar esa sensación de que "eso" es lo que siempre quisiste y nunca te diste cuenta, aun siendo el usuario más activo en un remate de medias de toalla agujereadas. Pero esta vez encontré un silloncito setentoso que no pienso dejar pasar. Por eso, vos, "usuario santiblabla", que me corrés apostando un peso más que yo cuando no estoy conectada, olvidate de sentarte en la que será MI nueva adquisición. Desistí ahora antes de que sea muy tarde para lágrimas. Parafraseando a un mandatario yettattore, el chiche vintage es mío, mío, mío.
martes, 20 de julio de 2010
Trasmutación
Hay días en los que me convierto en una vieja cuidagatos.
No son días buenos ni malos, son días de vieja cuidagatos.
Y no tiene que ver exactamente con que tenga una gata, ni con que otro felino histérico insista en ser adoptado sin condiciones (esto es: no se puede tocar, no se puede seguir, sólo quiere estar escondido en la casa y sin interactuar). No. En verdad, estos días se notan en ciertos rituales, a saber:
* Levantarse sola, un poco alelada, y poner música durante la primera hora de vigilia.
* Imponerse la quita de pijama para demostrarse que el día, técnicamente, empezó.
* Sintonizar el programa de cocina y quedarse mirando el devenir de las recetas mientras se enfría el mate.
* Saber que, aunque es día del amigo, no vas a ver a nadie, porque da mucha pereza salir al exterior en una ciudad donde "hay que hacer algo" porque es la fecha de la amistad.
* Recordar que hay cajones y rincones de la casa inescrutables, donde hay papeles que se deberían haber tirado en la anterior mudanza, botellas vacías y frascos de líquidos de limpieza viejos y solidificados. Dejarlos así.
* Quedarte un rato frente al monitor sin acordarte de qué es lo más importante que tenés que hacer en el día: esa tarea que va a justificar tu jornada. No hay, parece.
* Descubrir que lo más relevante que te toca hoy es esperar a la cena para ensayar las croquetas de acelga y puerro que figuran en la parte de atrás de la caja de cubitos de sopa.
* Salir al sol para colgar la ropa; alegrarse de que ya se puede lavar otra vez es otro indicio del cuidagatismo. Evaluar quedarse en la terraza o bajar, debido al frío. Bajar.
* Almorzar los dos tapers pequeños de comidas contradictorias que quedaron en la heladera: fideos con aceite, y arroz con verduras. Uno atrás de otro, previo calentamiento en microondas. Para que no se pongan feos.
* Reconocerse tenedoreando con la vista fija en la tele. Entrada en pavor. Comienzo del trabajo: leer y fichar, leer y fichar, leer y fichar. Pero primero escribo esto en el blog. Así parece más gracioso de lo que es en verdad.
No son días buenos ni malos, son días de vieja cuidagatos.
Y no tiene que ver exactamente con que tenga una gata, ni con que otro felino histérico insista en ser adoptado sin condiciones (esto es: no se puede tocar, no se puede seguir, sólo quiere estar escondido en la casa y sin interactuar). No. En verdad, estos días se notan en ciertos rituales, a saber:
* Levantarse sola, un poco alelada, y poner música durante la primera hora de vigilia.
* Imponerse la quita de pijama para demostrarse que el día, técnicamente, empezó.
* Sintonizar el programa de cocina y quedarse mirando el devenir de las recetas mientras se enfría el mate.
* Saber que, aunque es día del amigo, no vas a ver a nadie, porque da mucha pereza salir al exterior en una ciudad donde "hay que hacer algo" porque es la fecha de la amistad.
* Recordar que hay cajones y rincones de la casa inescrutables, donde hay papeles que se deberían haber tirado en la anterior mudanza, botellas vacías y frascos de líquidos de limpieza viejos y solidificados. Dejarlos así.
* Quedarte un rato frente al monitor sin acordarte de qué es lo más importante que tenés que hacer en el día: esa tarea que va a justificar tu jornada. No hay, parece.
* Descubrir que lo más relevante que te toca hoy es esperar a la cena para ensayar las croquetas de acelga y puerro que figuran en la parte de atrás de la caja de cubitos de sopa.
* Salir al sol para colgar la ropa; alegrarse de que ya se puede lavar otra vez es otro indicio del cuidagatismo. Evaluar quedarse en la terraza o bajar, debido al frío. Bajar.
* Almorzar los dos tapers pequeños de comidas contradictorias que quedaron en la heladera: fideos con aceite, y arroz con verduras. Uno atrás de otro, previo calentamiento en microondas. Para que no se pongan feos.
* Reconocerse tenedoreando con la vista fija en la tele. Entrada en pavor. Comienzo del trabajo: leer y fichar, leer y fichar, leer y fichar. Pero primero escribo esto en el blog. Así parece más gracioso de lo que es en verdad.
jueves, 15 de julio de 2010
Visita
Subte C. Estación Moreno. 22 hs.
El tren comienza a frenar y el chico se acerca a la salida, dispuesto a bajarse del vagón. Mientras se asoma la estación, golpea la puerta todavía cerrada con dos "toc" y apoya su oreja en el vidrio. Gesto de desconcierto y "no hay nadie", me dice. Se ríe, la puerta por fin se abre y él se va.
El tren comienza a frenar y el chico se acerca a la salida, dispuesto a bajarse del vagón. Mientras se asoma la estación, golpea la puerta todavía cerrada con dos "toc" y apoya su oreja en el vidrio. Gesto de desconcierto y "no hay nadie", me dice. Se ríe, la puerta por fin se abre y él se va.
domingo, 6 de junio de 2010
Conjuración
No me soporto.
No te soporto.
No lo/la soporto.
No nos soporto.
No os soporto.
No los soporto.
No te soporto.
No lo/la soporto.
No nos soporto.
No os soporto.
No los soporto.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Riesgo
Luego de pasar por el accidente del enchufe (noviembre/2009) y el de la mordida bicentenaria de perro (marzo/2010), traté de hacer un breve repaso de otras colisiones de mi cuerpo con objetos del medio externo, que me dieran la pista del peligro constante en el que me vería implicada por el sólo hecho de existir:
* 5 años de edad (verano de 1987): en el campo, mi abuelo me subió a un caballo perezoso para que dejara de molestar con eso de que quería "andar en bayo". El caballo tardó 1/2 hora en llegar al final del camino y aproximadamente 15 segundos en hacer el mismo trayecto de regreso. Caí de glúteos a la tierra seca, me los pelé íntegros y pasé el resto de la estadía en la inhóspita casa sentada entre almohadones. Me curé con una pomada para equinos, para variar, cuya aplicación exitosa dependía de que te sacaras (sic) los jirones de piel arrugada y rota.
* 9 ó 10 años de edad (invierno de 1990 aprox.): en la cocina de mi casa, se me ocurrió dedicar un tiempo prudencial a aprender la hora con un reloj de agujas, colgado en la pared. En plena clase autodidacta, el reloj se desprendió y me cayó de canto sobre el tabique. 2 semanas con una raya profunda y horizontal entre los ojos.
* 13 años de edad (invierno de 1995): con una torpeza algo desaconsejada para el alto impacto, trataba de descoserme en la cancha de voley, durante la clase de gimnasia. Tomé carrera de manera imprudente, con el fin de rematar cerca de la red. Cuando reboto en el piso con mi rodilla derecha, sentí el crack más estruendoso de mi cuerpo. Todo el fin de semana con la pierna al doble de diámetro, pero para el lunes estaba genial, como le sucede a las losers como yo.
Los siniestros acompañan a mi cuerpo, es un hecho.
* 5 años de edad (verano de 1987): en el campo, mi abuelo me subió a un caballo perezoso para que dejara de molestar con eso de que quería "andar en bayo". El caballo tardó 1/2 hora en llegar al final del camino y aproximadamente 15 segundos en hacer el mismo trayecto de regreso. Caí de glúteos a la tierra seca, me los pelé íntegros y pasé el resto de la estadía en la inhóspita casa sentada entre almohadones. Me curé con una pomada para equinos, para variar, cuya aplicación exitosa dependía de que te sacaras (sic) los jirones de piel arrugada y rota.
* 9 ó 10 años de edad (invierno de 1990 aprox.): en la cocina de mi casa, se me ocurrió dedicar un tiempo prudencial a aprender la hora con un reloj de agujas, colgado en la pared. En plena clase autodidacta, el reloj se desprendió y me cayó de canto sobre el tabique. 2 semanas con una raya profunda y horizontal entre los ojos.
* 13 años de edad (invierno de 1995): con una torpeza algo desaconsejada para el alto impacto, trataba de descoserme en la cancha de voley, durante la clase de gimnasia. Tomé carrera de manera imprudente, con el fin de rematar cerca de la red. Cuando reboto en el piso con mi rodilla derecha, sentí el crack más estruendoso de mi cuerpo. Todo el fin de semana con la pierna al doble de diámetro, pero para el lunes estaba genial, como le sucede a las losers como yo.
Los siniestros acompañan a mi cuerpo, es un hecho.
domingo, 3 de enero de 2010
Haber
Para marcar tendencia, aquí va el balance retrospectivo.
¿Por qué dejé pasar el 2009 sin...
¿Por qué dejé pasar el 2009 sin...
- colgar las cortinas de mi estudio?
- conseguir otra biblioteca?
- contratar a alguien para que ayude a limpiar los innumerables vidrios de esta casa?
- comprar una sombrilla para la terraza?
- cumplir con el ritual semanal de ir al Parque Avellaneda?
- ver la segunda temporada de Lost?
- comenzar a ver Six Feet Under?
- terminar de aprender a manejar?
- dar el examen de manejo?
- buscar un lindo autito, económico y rendidor?
- terminar el informe final de un seminario que me persigue como sombra?
- buscarme una nueva bikini?
- elegir una película por semana para ver tranquila?
- pegar las venecitas que tengo en una bolsa hace 2 años?
- hacer el trámite en el Banco Provincia que debo desde febrero?
- desarrollar el hábito de levantarme temprano, tipo 8,30 am?
jueves, 10 de diciembre de 2009
Tresaños
Menos tiempo que el intervalo entre los mundiales,
pero más tiempo que un contrato de alquiler.
Menos tiempo que lo que tarda en volverse vieja una PC,
pero más tiempo de lo que suele esperarse un llamado.
Menos tiempo de lo que demanda un proyecto a largo plazo,
pero más tiempo de lo que duran unas vacaciones.
Menos tiempo del que se requiere para escribir un libro,
pero más tiempo del que se necesita para leerlo.
Menos tiempo que el que pasamos en la primaria,
pero más tiempo del que precisamos para empezar a caminar.
Demasiado poco,
y demasiado.
pero más tiempo que un contrato de alquiler.
Menos tiempo que lo que tarda en volverse vieja una PC,
pero más tiempo de lo que suele esperarse un llamado.
Menos tiempo de lo que demanda un proyecto a largo plazo,
pero más tiempo de lo que duran unas vacaciones.
Menos tiempo del que se requiere para escribir un libro,
pero más tiempo del que se necesita para leerlo.
Menos tiempo que el que pasamos en la primaria,
pero más tiempo del que precisamos para empezar a caminar.
Demasiado poco,
y demasiado.
miércoles, 22 de julio de 2009
Durax
Más que los buenos amores,
la celulitis, el sobrepeso del invierno,
la permanencia de los cortes de pelo trágicos,
los vecinos pegajosos, las repeticiones de las madres,
la barrera del ferrocarril Sarmiento en Rivadavia y Mariano Acosta,
mis demoras para cualquier encuentro,
los trabajos tediosos, los pagos de editoriales,
la depilación definitiva que nunca haremos por cuestiones económicas,
los días de lluvia en temporada de playa,
los ladridos de las perras de al lado en el punto cúlmine de cualquier película,
la atención al cliente de las compañías celulares,
las Fiestas navideñas,
los interrogatorios de parientes insidiosos,
o el recorrido del colectivo 141,
las paparruchadas que le faltan a cualquier casa duran mucho más en su vigencia que cualquiera de las cuestiones señaladas más arriba. En mis días de ocio culposo, que se están terminando, pude identificar esos "incompletables" de mi hogar que están ausentes desde hace un año y medio (es decir, desde que llegamos) y que amenazan con perpetuarse:
- La falta de mesa ratona, de mesas de luz y de sillas.
- Una cucaracha aplastada contra el mosaico de la cocina en el verano, que se fosiliza sin que la extirpemos de la pared.
- El picaporte caído de la puerta de entrada, cuyo tornillo rebelde saltó todas las veces que fueron necesarias hasta desaparecer.
- La carencia de burlete en mi estudio, que deja paso al frío, a la lluvia y a la entrada de cuanta porquería asole la terraza.
- La presencia de una mancha negra que me queda en los dedos después de bañarme, como una pintura joven para siempre que me ataca en mi instante de mejor y mayor higiene.
- El desorden ultrasónico del estudio de Lucho.
- La interrupción del reloj de mi abuela, detenido en el tiempo y en el movimiento.
- Un tacho de líquido radiactivo, que estaba en la casa y ahora oficia de mesita del teléfono (?).
Todo esto dura mucho más y, quién dice, contenga el maldito germen de la eternidad florense. Que la deidad me ampare.
la celulitis, el sobrepeso del invierno,
la permanencia de los cortes de pelo trágicos,
los vecinos pegajosos, las repeticiones de las madres,
la barrera del ferrocarril Sarmiento en Rivadavia y Mariano Acosta,
mis demoras para cualquier encuentro,
los trabajos tediosos, los pagos de editoriales,
la depilación definitiva que nunca haremos por cuestiones económicas,
los días de lluvia en temporada de playa,
los ladridos de las perras de al lado en el punto cúlmine de cualquier película,
la atención al cliente de las compañías celulares,
las Fiestas navideñas,
los interrogatorios de parientes insidiosos,
o el recorrido del colectivo 141,
las paparruchadas que le faltan a cualquier casa duran mucho más en su vigencia que cualquiera de las cuestiones señaladas más arriba. En mis días de ocio culposo, que se están terminando, pude identificar esos "incompletables" de mi hogar que están ausentes desde hace un año y medio (es decir, desde que llegamos) y que amenazan con perpetuarse:
- La falta de mesa ratona, de mesas de luz y de sillas.
- Una cucaracha aplastada contra el mosaico de la cocina en el verano, que se fosiliza sin que la extirpemos de la pared.
- El picaporte caído de la puerta de entrada, cuyo tornillo rebelde saltó todas las veces que fueron necesarias hasta desaparecer.
- La carencia de burlete en mi estudio, que deja paso al frío, a la lluvia y a la entrada de cuanta porquería asole la terraza.
- La presencia de una mancha negra que me queda en los dedos después de bañarme, como una pintura joven para siempre que me ataca en mi instante de mejor y mayor higiene.
- El desorden ultrasónico del estudio de Lucho.
- La interrupción del reloj de mi abuela, detenido en el tiempo y en el movimiento.
- Un tacho de líquido radiactivo, que estaba en la casa y ahora oficia de mesita del teléfono (?).
Todo esto dura mucho más y, quién dice, contenga el maldito germen de la eternidad florense. Que la deidad me ampare.
viernes, 10 de julio de 2009
Irresponsable
Aunque sé que ganó el PRO(tofascismo) en Buenos Aires (y en la República de Lanús),
que el apocalipsis maya, zombie o el vaticinado por Susana Romero está por llegar,
que la gripe porcina me legó unas vacaciones sin plan a la vista,
que soy una obsesiva que no sabe qué hacer con su tiempo libre,
que no puedo abrir los mails en los que siento que habrá controversia,
que no puedo comunicar por mails cosas que debería informar ya mismo,
que me siento agobiada por el después, y qué pasará después del después,
que llego tarde a todos lados sin razón suficiente ni cura aparente,
que me olvido de la mitad de las cosas y, a veces, de las que me acuerdo no me quiero ni acordar,
que no sé cuándo se terminan las dietas y puedo empezar a comer de nuevo,
que no se me pasa el miedo al engorde de invierno,
que no logro dejar de comerme los dedos (sí, la piel y no las uñas),
mientras siga encontrando plata en el cajón de las bombachas seguiré pensando que ALGO de TODO me sale bien.
Qué materialista.
que el apocalipsis maya, zombie o el vaticinado por Susana Romero está por llegar,
que la gripe porcina me legó unas vacaciones sin plan a la vista,
que soy una obsesiva que no sabe qué hacer con su tiempo libre,
que no puedo abrir los mails en los que siento que habrá controversia,
que no puedo comunicar por mails cosas que debería informar ya mismo,
que me siento agobiada por el después, y qué pasará después del después,
que llego tarde a todos lados sin razón suficiente ni cura aparente,
que me olvido de la mitad de las cosas y, a veces, de las que me acuerdo no me quiero ni acordar,
que no sé cuándo se terminan las dietas y puedo empezar a comer de nuevo,
que no se me pasa el miedo al engorde de invierno,
que no logro dejar de comerme los dedos (sí, la piel y no las uñas),
mientras siga encontrando plata en el cajón de las bombachas seguiré pensando que ALGO de TODO me sale bien.
Qué materialista.
viernes, 13 de junio de 2008
miércoles, 11 de junio de 2008
Chicle
En un día harto penoso y que no parece terminar (todavía tengo que bañarme, sí, a las 2 de la mañana), tengo por lo menos 2 afirmaciones para registrar aquí:
1. Sentir que, entre todas las responsabilidades domésticas de la jornada, encender el lavarropas y prepararme para colgar las prendas mojadas no me disgusta casi nada, me hace una traidora a mi etapa histórica femenina.
2. Cuando descubro, frente al espejo, que tengo cara de muerta ya desde el mediodía, es señal de que hay que regresar a casa a dormir y a comer. Nada bueno puede salir de esa jornada. Y lo he comprobado más veces de las deseables (hoy, por ejemplo).
1. Sentir que, entre todas las responsabilidades domésticas de la jornada, encender el lavarropas y prepararme para colgar las prendas mojadas no me disgusta casi nada, me hace una traidora a mi etapa histórica femenina.
2. Cuando descubro, frente al espejo, que tengo cara de muerta ya desde el mediodía, es señal de que hay que regresar a casa a dormir y a comer. Nada bueno puede salir de esa jornada. Y lo he comprobado más veces de las deseables (hoy, por ejemplo).
viernes, 25 de abril de 2008
Maremagnum
Villa Gesell es una ciudad fantasma en esta época del año.
Suelo engolosinarme con la idea de que, con una buena ganzúa, podría hacerme un café en todos y cada uno de los bares cerradísimos de este lugar, pero lo cierto es que nos costó un montón encontrar un lugar que nos diera un maldito sandwich de milanesa y el último colectivo, el de las 00:20, se nos escapó cuando nos faltaba una cuadra para llegar a la parada.
Nos quedan 30 cuadras para llegar al departamento.
No hay taxis ni remises a la vista.
Pero, la verdad, está buenísimo.
Suelo engolosinarme con la idea de que, con una buena ganzúa, podría hacerme un café en todos y cada uno de los bares cerradísimos de este lugar, pero lo cierto es que nos costó un montón encontrar un lugar que nos diera un maldito sandwich de milanesa y el último colectivo, el de las 00:20, se nos escapó cuando nos faltaba una cuadra para llegar a la parada.
Nos quedan 30 cuadras para llegar al departamento.
No hay taxis ni remises a la vista.
Pero, la verdad, está buenísimo.
miércoles, 9 de abril de 2008
Catarata
Él: desde hace dos horas me estás haciendo preguntas todo el tiempo, ¡decidí vos!
Yo: ¿qué preguntas? No te estoy haciendo tantas preguntas.
Él: psst.
Y no se trataba de preguntas fundamentales, sino de:
pero la cuestión es que, desde que se hizo explícita mi frecuencia de interrogantes bobos, ya no pude dejar de formularlos:
Muchachos, no echen luz sobre la existencia de comentarios tontos, porque es una puerta que, luego de abrirla por primera vez, se hace giratoria para siempre.
El que avisa no traiciona.
Yo: ¿qué preguntas? No te estoy haciendo tantas preguntas.
Él: psst.
Y no se trataba de preguntas fundamentales, sino de:
¿querés un mate?
¿voy al supermercado ahora?
mejor me voy a dormir y me baño mañana a la mañana, ¿no?
¿la negra querrá comer de nuevo?
¿por qué no funcionan los parlantes de la computadora?
¿no viste dónde dejé mis llaves?
¿vamos a ver una peli ahora?
¿querés más arroz?
¿estará lista la tarta?
pero la cuestión es que, desde que se hizo explícita mi frecuencia de interrogantes bobos, ya no pude dejar de formularlos:
¿hago más tostadas?
¿el supermercado chino está abierto hasta las 9,30, no?
¿qué querés cenar?
¿podés traerme el celular de la terraza?
¿no te querrías llevar la ropa seca a la habitación?
¿puedo chequear mis mails en tu computadora?
Muchachos, no echen luz sobre la existencia de comentarios tontos, porque es una puerta que, luego de abrirla por primera vez, se hace giratoria para siempre.
El que avisa no traiciona.
lunes, 21 de enero de 2008
Conexión
Mi vecina, la que toma pastillas, no quiere salir de su casa y debe cuidar, todos los días, dos nietos enfervorizados de 6 y 3 años, escucha una canción cuasi religiosa que Maná canta con Juan Luis Guerra, el que se hizo un fanático de Dios después de tener serios problemas con sus ojos.
No sabe casi nada de la letra pero, por una suerte de identificación, entona a los gritos cada vez que el bodriazo recorre los versos de "(bla, bla, bla)... esta soledad de mi destino..." y después se calla o le grita a alguno de sus sufridos niños.
No sabe casi nada de la letra pero, por una suerte de identificación, entona a los gritos cada vez que el bodriazo recorre los versos de "(bla, bla, bla)... esta soledad de mi destino..." y después se calla o le grita a alguno de sus sufridos niños.
domingo, 29 de julio de 2007
Díasdespués
¡Qué feos son los "días después"!
No saber qué le pasa al otro, qué parte de todo lo que dijo era verdad, y qué parte era producto del enojo. En realidad, no importa el porcentaje sino, específicamente, QUÉ era verdad, y QUÉ era sólo afrenta.
Odio la rareza de los "días después".
No saber qué le pasa al otro, qué parte de todo lo que dijo era verdad, y qué parte era producto del enojo. En realidad, no importa el porcentaje sino, específicamente, QUÉ era verdad, y QUÉ era sólo afrenta.
Odio la rareza de los "días después".
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