Kids y Bully, dos films de Larry Clark, son considerados (el primero más que el segundo) como modelos de relatos de chicos anómicos, como los que viven en cualquier sociedad occidental: descuidados, con dinero y con tristeza, suelen planear cosas que les salen mal y pagan muy caro por ello. En algunas ocasiones, dejan la salud y la vida; otras veces, la libertad y también la vida (gracias a la pena de muerte). En esta clasificación también ingresa Trainspotting, aunque sea mejor que las dos anteriores.
Cuando Kids se publicitaba como la película que, por fin, iba a dar voz a la nueva generación descarriada de adolescentes, yo tenía 16 años, más o menos. Pocos meses después, miré ese film como si de verdad pudiera decir algo más que otras historias de jóvenes políticamente incorrectos. Y, para mi edad, había resultado convincente.
Hace pocas semanas miré Bully. Hace 9 años que no tengo 16, y me llevé una sorpresa inquietante. La estructura del argumento es la misma: chicos que se portan mal, divididos en dos bandas. Uno de ellos perjudica gravemente a una chica del bando contrario —no voy a decir cómo— y el grupo damnificado decide hacer justicia por mano propia, con sus propias reglas de juego. El desenlace es altamente legal: la policía los descubre, ellos no pueden elaborar una mínima coartada, el juicio los aplasta y se van a la carcél para siempre, o por pocas semanas, hasta que mueren en la silla eléctrica o con otros métodos centenarios.
La película, la verdad, no es buena. Pero ese no sería el mayor problema.
Me quedé pensando en esa supuesta moda alternativa que contaba lo que otros films callaban... Porque, al final, lo que esas historias nos decían a adolescentes como yo era: "Si tu conducta es mala, la ley (biológica o humana) te caerá encima de manera implacable, a través el HIV o de la cárcel, sin que puedas articular ni una palabra ni una huida. Te tendremos cercado de todos modos, no importa cuan raro seas: ten en cuenta que de la sanción nunca se escapa". Una especie de castigo inefable, que no da cuenta de nada demasiado novedoso ni en el cine, ni en la política, ni en las ideologías policíacas y conservadoras.
¡Imagínense si los que ahora tenemos 20 y pico, 30, consumimos esas películas "independientes" y resulta que nos alimentamos culturalmente con comida podrida! Tantos años esquivando la tentación de Los bañeros más locos del mundo y su increíble saga, para darme cuenta de que todo es más o menos lo mismo. Qué decepción.