
Y cuando en la isla se escuchaba nada más que el motor del generador que da electricidad a las pocas casas que hay por ahí, entramos al cementerio, que estaba completamente oscuro y solitario, incentivados por el continuo acicateo de "vos no te vas a animar...".
El miedo típico de películas de terror reapareció con fuerza: calaba en los huesos e impedía moverse con facilidad. Tan raro se sentía, que supuse que si de verdad algún fantasma quería hacerse presente, no iba a tener fuerzas ni reacción para escaparme.
Llegamos hasta el final del camino, húmedo y con ambiente de caverna al aire libre. Desde la entrada del cementerio, la profundización de la aventura consistió en llegar hasta la otra punta, que se encontraba a quince metros, aproximadamente. No me acuerdo si logré hacerlo.
Parecía increíble, pero la disociación entre lo racional y lo fantástico se había producido; nosotros nos habíamos pasado, definitivamente, al sector de la ficción más tenebrosa.
Dicen que los turistas sacan fotos de sus lugares de vacaciones para decir "yo estuve ahí". A mí no me quedó más remedio que fotografiar a través la penumbra, para dejar un testimonio de mi hazaña inútil.