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viernes, 10 de diciembre de 2010

Viajes

Iba caminando por la calle de mi infancia, hasta que vi las dos casas abiertas: la oficial y la alternativa. Todo hacía pensar que estaban limpiando, tirando, haciendo bolsas con lo que sobraba, y yo me quedé tranquila. Pero por alguna razón tenía que entrar a alguna de las dos casas —tal vez hacía frío, lluvia, era de noche o estaba cansada—, y elegí la oficial. Adentro todo estaba muy oscuro: paquetes, diarios, partes de muebles y otras cosas que no se distinguían bien en la penumbra. Escuché unas pisadas cansinas que se acercaban, afuera, y salí corriendo a la puerta: "Si ve que hay alguien y no me conoce, me va a dar un martillazo", pensé. Cuando llegué a la puerta, ella también lo hacía: pelo rapado y platinado, una nariz más fina de la que le supe conocer —casi, casi, operada—, boa de plumas negras y vestido de igual color, bien de fiesta. Le dije: "Soy yo, Laura, ¿no te acordás de mí?", y ella me respondío que sí con sorpresa, pero se apresuró a preguntar qué hacía yo ahí. Respuesta muy difícil que preferí eludir consultándole, como en los viejos y vivos tiempos, por qué no abandonaba esa casa abarrotada, tiraba todo de una vez y se iba a un lugar mejor. Ella me dijo que sabía que se iba a morir ahí, pero que lo único que le molestaba era saber que no iba a viajar: "No voy a llegar a conocer Cuba", me dijo. "¿A Cuba?", le pregunté: no sabía que ella tenía ese horizonte en la cabeza. "Sí, a la Habana, y tengo millas para usar y no las voy a usar" —tampoco sabía que "millas" era una nueva incorporación en sus charlas—; "¡Y andá! Dejá todo esto y andá de una vez, que debe estar buenísimo; andá en avión". Me miró extrañada y me contestó como si se tratara de una obviedad: "¿No ves que Cuba está cerca? A Cuba se tiene que ir en colectivo, ¡en colectivo!", gritaba mientras agitaba los brazos.
Me levanté sobresaltada y recordé que, increíblemente, hoy hace 4 años que ella se fue a un lugar mucho más lejano del que puede llevar cualquier avión. Claro, pensándolo así, la distancia a Cuba era una pavada; ella ya lo sabía. Y aunque manejemos cuentakilómetros distintos, todavía hay espacio para que ella y yo nos juntemos en la intersección de lo bizarro. Por suerte.

jueves, 27 de agosto de 2009

Cuidados

—Bueno, ¡pero mañana traeme el calzoncillo!

Con esta indicación un tanto íntima, el linyera apostado en la cuadra de San Pedro advertía a la señora que, día tras día, se le acercaba y le acomodaba los bártulos tirados en la vereda. El muchacho, solo y un tanto loco, se la pasaba durmiendo o acostado. Cuando estaba despierto, hablaba a los gritos o te pedía fuego para algunos cigarrillos que guardaba entre las frazadas.
Si había lluvia, se cruzaba a la vereda protegida por el balcón. Si había un lindo sol de invierno, preparaba su tienda de campaña justo donde mejor pegaba. Pasó los peores días del invierno, mientras yo me preguntaba si su extraña vida peligraría alguna de estas noches, por efecto del frío y de las heladas. Pero esquivó la gripe porcina, la otra también y las neumonías/pulmonías que lo mirarían muy de cerca.
Hace algunas semanas, esa mujer comenzó a acercársele, a hablarle y lo veía cómo se sacaba la remera para dársela mientras ella le daba otra limpia. Ese día en que lo escuché gritar, estaba en remera y ropa interior sentado en el piso. Mi conclusión fue que los hijos de la señora habían crecido y se habían eyectado de la casa. En consecuencia, ella decidió criar al linyera, aunque los quehaceres con los calzoncillos me parecieron un tanto excesivos.
Ahora, que los días son más lindos y lo peor, térmicamente hablando, ya pasó, el linyera no está más. Durante un día quedó su almohadón ennegrecido y su pedazo de goma espuma a modo de colchón. Al día siguiente, también habían desaparecido.
Aunque el marco de lo verosímil me enfrenta con otras opciones, sólo espero que haya nacido una linda historia de amor.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Inquilina

Virginia, hoy renovás el contrato de alquiler bianual que muchos firman al irse de su primera casa.
De todos modos —y siguiendo con una tradición familiar que vos misma iniciaste—, quiero decirte que no me hace ninguna gracia que te hayas mudado tan lejos de mí.

lunes, 28 de enero de 2008

Centena

Quisiera llegar a la entrada número 100 mientras aún vivo aquí, pero es una tarea más entre muchísimas otras para las que no alcanza el tiempo: mudarse, estudiar, trabajar, ordenar, dar de baja a los servicios que no le interesarán al futuro ocupante y ver qué pasará con nuestra próxima morada.
Y el tiempo que le dedico a esas cosas, hoy, es inversamente proporcional a la cantidad de horas que le destino a la dispersión y a las conversaciones por teléfono.
Muy mal.
Siempre lo mismo.
Me voy a empacar, embalar, envolver, etiquetar y a evaluar cómo mudar subrepticiamente a la minina que nos acompaña desde hace un año.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Inmuebles

Cardoso 344 y 350
"EL GRAN TITIRITERO"
derrocha preciosismo innovador talento de joven pero experimentado arquitecto tocado con la varita mágica ha logrado en poco tiempo optimizando obra tras obra el respeto de sus colegas y el elogio de los visitantes convertidos en observadores y fieles seguidores de su inagotable capacidad creativa, usted mismo QUERRÁ FELICITAR AL ARQUITECTO y reconocerá su glamorosa impronta convirtiéndose como tantos otros en anónimos difundidores de su maestría y habilidad en el arte de construir que lo caracteriza y distingue por su gran nivel, escenográfica ambientación casi provocativa inusual para este tipo de PH.

Joven argentino: si después de leer este párrafo has resuelto abandonar a tu iglesia conservadora y estrenar la unión civil con ese maravilloso hombre diseñador de PH's, lamento informarte que Inmobiliaria Ricciardi —autora de este y otros muchos avisos inmobiliarios bizarros y totalmente atrapantes— no sólo ha escatimado signos de puntuación en su texto, sino también el nombre del iluminado arquitecto. Pobre creativo, heredero de los masones constructores: estar a dos milímetros de la gloria y no alcanzarla, no vale la pena: para eso, prefiero estar a kilómetros luz y degustar un pebete de jamón y queso en el más perfecto anonimato e in-famación.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Simultaneidad

Salí de la muestra de Bodies rumbo a Lanús, donde me esperaban unos mates maternales.
Cuando llegué al barrio (pleno barrio, ése con casitas cincuentonas con jardincito, perros callejeros y gente charlando en la vereda), la monotonía que caracteriza a Río de Janeiro —como a todas las calles, una vez que se conocen bastante— se había visto suspendida por un móvil policial, un carro de bomberos y una ambulancia. Como esas combinaciones ya no son tan extrañas en casi ningún lugar de Buenos Aires, entré a la casa familiar y pregunté dónde estaba la pava, porque no la veía sobre el fuego.
Mi mamá, que siempre se regodea con las buenas historias (sobre todo si son truculentas), me contó que un señor barbudo y solitario, que parecía no existir, que sólo se alimentaba con algunas pizzas traídas de tanto en tanto por un delivery, finalmente se había muerto —supongo, era lo que él más esperaba, dada su apuesta cotidiana—. Pero solo, sin dar aviso y hacía quince días.
En pocas horas más, casi por azar, tuve la oportunidad de verlo salir, en su cubierta negra y aún blando. El olor y la sensación de agobio daban la sensación de una defunción en cuotas, casi artesanal y autogestionada.
Al acercarme a la bella casa derruida, al divisar los montones de diarios viejos y cacharros podridos —que ya había visto en algún hogar muy querido por mí—, me maravillé de que la vida de todos los días demostrara, una y otra vez, que las exposiciones de plástico de los shoppings, que los eventos que insisten en mostrarte lo que nadie vio, pecan de obsoletos, zonzos y ofician de cazabobos. Que a la vuelta de tu casa, en cualquier momento, puedas encontrarte con una muestra original, única, coyuntural y tremendamente simbólica de cuerpos, andantes o desfallecientes, parados o acostados, fuertes o devastados, irrepetibles y estremecedores.