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martes, 6 de diciembre de 2011

Añosos

El decálogo de los indicios de edad avanzada, más allá del número cronológico:
1. Te gustan los medallones de chocolate rellenos con crema de menta.
2. Tomás de las botellas pequeñas utilizando sorbete o pajita.
3. Te maravillan los videos de YouTube o las cadenas de mensajes/poesías/fotos/pavadas que llegan por mail.
4. Copiás y pegás sin descanso párrafos melosos que circulan por facebook sobre los familiares, los amigos, las parejas, el destino, el futuro, los animales, el pasado, las diferencias, la tolerancia, la maternidad, el agradecimiento, la religión, la esperanza y otros tópicos que se convierten en lindos bluffs para el muro.
5. Descubriste cuevana, o algún sitio para mirar películas sin descargarlas, hace menos de 1 año.
6. Te descubrís monotemático/a con alguna cuestión de tu vida cotidiana, que realizar en modo perfecto y sin dilaciones te genera un extraño placer y la inmediata necesidad de comentarios, como lavar la ropa a mano, tomar remedios, buscar turnos para el médico, averiguar procedimientos de trámites, sentirte pleno/a cuando la obra social no te rebota un papel inentendible, u organizar documentos en diferentes bolsas o estuches para encontrarlos sin entrar en pánico.
7. No usás twitter, por el momento.
8. El blackberry es un misterio del demonio.
9. El chat de gmail te parece innecesario.
10. El mecanismo de google docs es críptico y francamente inhóspito.

Yo cumplo con más de la mitad de estos requisitos, sin haber contado el de no soportar estar en un lugar nocturno no casero después de las 4am, de cuando era una mujer no canguro y tomaba alcohol. Ahora, de esa chance de insoportabilidad, mejor ni acordarse.



domingo, 16 de enero de 2011

Desencuentro

Es hora de afirmar que el post adolescente hippie que va de viaje al Norte argentino no es lo que era. Esperen: repriman sus huija y sus lágrimas de emoción, porque que sean distintos no quiere decir que sean soportables. Volviendo de Iruya, hermoso pueblo que debe fumarse como si fuera un Pombero gigante a todos los espiritualoides que cantan mal y a los gritos en sus calles, me taladró el cerebro la siguiente conversación:

—Che, ¿viste? A las minitas de ayer a la noche no les gustó mucho cuando nos pusimos a cantar.
—¿No?
—No, ¿no te diste cuenta? Me parece que no teníamos la misma onda. Una de las minitas me parece que quería que cantemos canciones de La Renga, de los Redondos, pero nosotros queríamos tocar una de Luis Fonsi. No entendieron nada, las minas.

Ahijuna. Debí haber advertido, antes de esta siniestra remembranza, que el amigo del reflexivo seguía con los labios las canciones de Chayanne que el chofer del micro había puesto para amenizar la velada.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Curvas

Alguna vez, las mujeres deberíamos hacer un curso de piropología flexible, para incluir en el rubro de halago todo lo que, hasta la actualidad, nos parece un tren de alta velocidad que viene de frente. Lograr ese conocimiento me permitiría sobrellevar situaciones como ésta:

Concubinovio: che, la verdad es que Belén Francese se convirtió en una catita total.
Insolada: ¿en qué sentido le decís "catita"?
Concubinovio: y, en que está ancha de caderas.
Insolada: ajá, pero yo tengo las caderas más anchas que ella.
Concubinovio: bueno, pero vos trabajás de otra cosa.

Si alguien quiere saber lo que experimentaron los espectadores de la primera película proyectada, ésa en la que la locomotora iba directamente hacia la pantalla, le recomiendo que dramatice este diálogo de la vida cotidiana. Pero no terminó ahí, porque cuando estaba sacándome el hollín de la cara, quitando el canto rodado de las sandalias y ensayando torniquetes autogestionados después del choque, él vino y acotó:

Concubinovio: ¿y sabés qué más? ¿Qué es lo que vos tenés que ella no?
Insolada (piensa): (ojos brillantes, suaves pies, sensuales piernas, torneados brazos, dientes parejos, pelo lindo, ¿cuál mentira me dedicará? ¿cuaaaaaaál?)
Concubinovio: tenés onda.

Mmmmgrrrrhhfffgglllmmmmhjjjjjtttttgggggrrrrrdddd.

martes, 31 de agosto de 2010

Congregación

Cuando, en virtud de los avatares de la planificación de pareja, un médico receta ácido fólico, las mujeres ingresan en una élite femenina, conocida como "la secta fólica". Este grupo se reconoce por semipreguntas de interpretación automática del estilo "¿Vos ya empezaste a tomar?" y, lo que antes podía ser droga, alcohol o barbitúricos, ahora es sólo una cosa: ácido fólico. Y después, cómo no, droga, alcohol o barbitúricos.
Lo cierto es que, al ser parte (en forma inmediata, pues nadie elige) de la secta fólica, los mensajes oraculares se multiplican: "yo lo tomé 2 meses antes", "yo me lo tragué casi dos años", "yo lo tomé semana por medio porque me olvidaba", "yo lo tomé pero me parece una bobada porque ninguna de nuestras madres lo tuvo", "¿ácido fólico? yo me enteré de mi preñez a los 7 meses", "por las dudas, yo me tomaba dos por día", "por las dudas, yo me comí la caja una vez, porque no estaba segura de si había absorbido bien las píldoras y por ahí en el cartón había quedado algo".
Además de este ingreso subrepticio a las huestes de la medicalización preventiva, el conocimiento de los packaging de ácido fólico motivó el horror. Porque cada una de las cajas que contienen los blisters son una patada certera en el medio de la cabeza del diseño gráfico. Verde fluorescente mezclado con azul, blanco mortuorio que sostiene una tipografía de terror y, lo más inquietante, una caja blanca con tres bebés rubios que gatean hacia el que ingesta. Tres. Rubios. Bebés. Nunca supe si la promesa era prevención de inconvenientes en el tubo neural, o control de gestaciones no arias.
Debería haber escaneado mis hallazgos, pero no sólo soy vaga, sino que carezco de escáner. Ergo, busquen en el google imágenes "ácido fólico cajas" y sabrán lo que les digo, aunque todavía no esté el registro de los tres tesoritos hitlerianos. Y ahora me voy porque tengo que pintar de flúo las pildoras, para distinguirlas si mi cuerpo las expulsa sin miramientos y volverlas a tomar en ese mismo momento. Es un ejercicio de la secta fólica que me consagra como una de sus más férreas integrantes.

martes, 20 de julio de 2010

Trasmutación

Hay días en los que me convierto en una vieja cuidagatos.
No son días buenos ni malos, son días de vieja cuidagatos.
Y no tiene que ver exactamente con que tenga una gata, ni con que otro felino histérico insista en ser adoptado sin condiciones (esto es: no se puede tocar, no se puede seguir, sólo quiere estar escondido en la casa y sin interactuar). No. En verdad, estos días se notan en ciertos rituales, a saber:
* Levantarse sola, un poco alelada, y poner música durante la primera hora de vigilia.
* Imponerse la quita de pijama para demostrarse que el día, técnicamente, empezó.
* Sintonizar el programa de cocina y quedarse mirando el devenir de las recetas mientras se enfría el mate.
* Saber que, aunque es día del amigo, no vas a ver a nadie, porque da mucha pereza salir al exterior en una ciudad donde "hay que hacer algo" porque es la fecha de la amistad.
* Recordar que hay cajones y rincones de la casa inescrutables, donde hay papeles que se deberían haber tirado en la anterior mudanza, botellas vacías y frascos de líquidos de limpieza viejos y solidificados. Dejarlos así.
* Quedarte un rato frente al monitor sin acordarte de qué es lo más importante que tenés que hacer en el día: esa tarea que va a justificar tu jornada. No hay, parece.
* Descubrir que lo más relevante que te toca hoy es esperar a la cena para ensayar las croquetas de acelga y puerro que figuran en la parte de atrás de la caja de cubitos de sopa.
* Salir al sol para colgar la ropa; alegrarse de que ya se puede lavar otra vez es otro indicio del cuidagatismo. Evaluar quedarse en la terraza o bajar, debido al frío. Bajar.
* Almorzar los dos tapers pequeños de comidas contradictorias que quedaron en la heladera: fideos con aceite, y arroz con verduras. Uno atrás de otro, previo calentamiento en microondas. Para que no se pongan feos.
* Reconocerse tenedoreando con la vista fija en la tele. Entrada en pavor. Comienzo del trabajo: leer y fichar, leer y fichar, leer y fichar. Pero primero escribo esto en el blog. Así parece más gracioso de lo que es en verdad.

martes, 11 de mayo de 2010

Verduguería

Una carnívora social como yo precisa, y mucho, de las verdulerías surtidas y a buen precio. Así es como voy de negocio en negocio, a medida que las búsquedas se profundizan y los precios, en cada emporio, suben. Pasé por la verdulería completa, pero sin precios, que me obligaba a preguntar todo el tiempo "¿Cuánto está el kilo de...?" para organizar mi lista y no dejar un ojo como parte de pago. Luego, anidé en la vegetalería que tenía los precios marcados, pero que a la hora de hacer la cuenta redondeaba hacia el cielo. Así, con el ojo que me quedó —el otro lo dejé en ese confuso lugar—, me fui a otro negocio: en éste, tienen hasta jengibre, mandioca y habas. Pero, también, cuentan con un personaje especial: el verdulero culpógeno.
Debido a mi asiduo contacto con las tarifas vegetales, sé bien cuándo una verdura está fuera de precio y, en consecuencia, hay que esperar que baje. En esas circunstancias, nuestro diálogo es más o menos así:
—¿Tenés espinaca?
—Sí.
—¿Cuánto?
—8 pesos el paquete.
Como ve mi cara de rechazo, agrega:
—Pero es muy abundante.
—Está bien, pero llevo otra cosa.
Él me mira con cara de "qué canuta" y sigue completando mi pedido. Esto sucede con los tomates cherry, con el brócoli, con los brotes de soja y con todo otro vegetal menos frecuente en la cocina que oscila de precio de manera drástica.
Hoy, estaba en un día super loco y le pedí champiñones sin importar cuánto costaran. Es así: a veces no puedo esperar más y saboreo la libertad sin complicaciones en Av. Rivadavia y Mariano Acosta. Pero él me reservaba una sorpresa.
—A ver, no, no tengo más champiñones. Se terminaron.
—Ah, mirá vos. Bueno, no importa.
—Es que traemos pocos por día.
—Claro, no se venden mucho.
—No, no salen últimamente.
—Ajá.
—Es que no todo el mundo puede darse el lujo, hoy, de comprar champiñones.
Su mirada responsabilizadora me hizo sentir la Paris Hilton de Floresta, con todo lo que ello implica. ¡Yo, tan cuidadosa con la inflación verde, comprando un vegetal elitista para preparar un maldito arrocito burgués! No pude menos que decir:
—Es que voy a hacer una comida que lleva ingredientes baratos, por eso compro los champiñones.
Quién lo iba a decir. Hago terapia para salvarme de esos mismos comentarios insidiosos que recuerdo del pasado, para volverlos a encontrar, bien frescos, en la boca del verdulero más amigo que tenía. El fin de un amor.

martes, 26 de enero de 2010

Cocardas

Como a la tarde no se puede trabajar en la computadora de mi estudio, tal el calor agobiante que me ataca apenas traspaso la puerta, me dedico a un placer lobotomizante sobre el que ya he escrito: pispear los programas de chimentos mientras me preparo el almuerzo, mientras estudio o mientras acomodo la casa. En una de esas caídas mentales, sintonicé a Lía Salgado en el 26TV —porque si la hago, la hago bien— que, por supuesto, estaba dando testimonio de los veraneantes indignados por la Hiena Barrios. Dejando a un lado lo terrible de los hechos, vamos a lo que siempre le ha importado a este blog: la bizarrez. Entre todos (yo sola, en enero, no puedo), sumemos:

son turistas que eligieron dilapidar sus ahorros de vacaciones en la abigarrada Mar del Plata
+
hace calor pero están frente a las cámaras de televisión
+
decidieron no ir a la playa para manifestarse en contra del boxeador cuya carrera duró tanto como un rompeportones
+
todos vieron, estuvieron, escucharon y putearon
+
todos desconfían de la justicia pero piden que la justicia no lo saque más de la cárcel
=
caldo de cultivo para disparates

Así, una señora con cara de pájaros espantados dijo, para destacarse entre la multitud que quería hablar sí o sí:
—¡Yo soy abogada!
El cronista chimentero, entusiasmado por la posibilidad de encontrarse con alguien que estudió más de tres meses y con la ropa puesta, viró de inmediato hacia la mujer:
—Muy bien, acá tenemos una abogada. ¿Qué nos quiere decir al respecto?
—Que por qué lo llevaron a esa comisaría y no a la comisaría número blablablá que es la que tiene detenidos o a la unidad blablablá que tiene...

Lía Salgado, condescendiente con los impresentables y dura con los cholulos, interpeló:
—Discúlpeme, pero si quiere hablar como abogada tendrá que decirme su nombre y apellido, su matrícula y blablablá. Si no, no.

La mujer, a quien se le había ido el efecto de las pastillas y se dio cuenta de que se había mandado cualquiera, huyó raudamente en cuanto el periodista acomodó el micrófono y comprendió que tendría que buscar otros locos.
La pregunta es:
¿Desde cuándo los aneuronales que salen en TV presentan títulos para afirmar sus barrabasadas?
Todos sabemos que, si aceptamos esa mala costumbre, el truco de mirar televisión a las 3 de una tarde con intenso calor es que cualquiera diga cualquier cosa, que todos se armen un circo de condecoraciones y que, después de un rato, apaguemos la TV para ir al mundo real con la leve sensación de que siempre es mejor la vida de este lado. Si van a empezar a pedir verdades, enciendo la radio y me aburro con la AM.

martes, 29 de diciembre de 2009

Cream

El secreto de la playa es encremarse las 24 hs. del día. Sólo así se puede sobrevivir a la exposición desmedida al sol, a la sal, a la arena y al viento. Por lo tanto, hacer playa también es trabajar, en cierta medida y, si nos tomamos un descanso de la actividad física, este escape se compensa con la unción permanente y minuciosa de todo tipo de crema, gel y protector solar. Si no creen que sea así, cotejen mi cronograma playero con el suyo:

10 am: crema hidratante en el rostro, porque recién me levanté y lo siento algo tirante.
Mediodía: protector solar 30 minutos antes de llegar a la playa, para que empiece a hacer efecto.
12,45 hs.: llegué hace 15 minutos a la playa y me estoy derritiendo. Me voy al mar.
13,10 hs.: salgo del mar con los labios azules y me dispongo a secarme al viento, como bombacha de abuela. Espero estar un poco escurrida para ponerme protector de nuevo.
13.20 hs.: ojalá no me haya incinerado estos 10 min al sol sin custodia hinds. Trato de ponerme el protector: primero la cara, luego la panza, luego el escote, los hombros, los brazos, las piernas y, ahora sí, la espalda, haciendo contorsiones circenses y viendo cómo el resto de los veraneantes piensa: "pobre chica, está sola y ni siquiera tiene a alguien que le pase la crema en forma pareja".
13,30: me siento a leer. Me doy cuenta que el pliegue de la panza me va a dejar una línea blanca diagonal muy poco glamorosa. Y bué. Paso la página y sigo.
14 hs.: me incinero otra vez. Me doy vuelta, para ver si mis piernas verdosas van a poder exhibirse alguna vez. Previamente, hago espinales involuntarios para pasarme el protector solar como la etiqueta del producto manda.
14,20 hs.: empiezo a sentir el ardor en aquellas regiones de la espalda a las que no llegué con mis elongaciones de brazos. Aunque es temprano, ya sé cómo termina: la piel con manchones rojos entre regiones amarronadas y saludables.
14,40 hs.: me miro las piernas y siguen tan impermeables al sol como siempre. Me aburro. Otra vez al mar.
15,10 hs.: regreso. Protector solar en todo el frente de mi anatomía. Dilemas: ¿es hora de unos mates? Pero si tomo mucho ahora voy a tener que buscar un baño en breve. Mejor espero. ¿Ya me terminé el libro? ¿Lo termino hoy o mañana? Si lo termino hoy, ¿lo entenderé bien o me lo deglutiré como al pan dulce al que no le doy tregua?
15,50 hs.: ¿voy de nuevo al mar? Si voy, es el último baño del día pero voy a salir congelada y no me secaré por 2 horas más. Si no voy, soy una bolufla que tiene al mar adelante y no lo disfruta.
16 hs.: bueno, voy.
16,30 hs.: siempre lo mismo, ¿cuándo voy a entender que tengo que hacer como las demás mujeres que están secas, marrones y abrigadas? Ahora, me estoy secando con el viento helado y la gente mira. Esto lo hacen las personas hasta los 14 años. Cuando tenés el doble, queda freak. ¿Más protector solar? Bueno, un poco, a ver si laburé toda la tarde y ahora la famosa resolana me asa como un pollo.
18,30 hs.: se absorbió el protector, se fue el sol, ya tomé mate, terminé el libro y le di un tarascón más al pan dulce.
18,40 hs.: ahora sí que me vendría bien un baño.
18,55 hs.: ahora sí que necesito desesperadamente un baño.
19 hs.: mmmhhh, 7 cuadras para llegar. Bueno, tal vez en 9 minutos llegue.
19,30 hs.: me baño.
19,45 hs.: combo de crema humectante, gel post solar e hidratante para la cara. Antes de dormir, un poco más de todo eso para no ser como la mujer de calabró o mimicha reutemann en un par de décadas.

Ir a la playa y vivir para contarlo es un verdadero trabajo. Pero el mar lo recompensa.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Taxi1

Cuando voy a Lanús y se hace muy tarde, mi padre suele traerme en auto hasta mi residencia en Flores. Eso pasa casi siempre, pero el "casi" se refrenda cuando decide que está muy cansado para hacer eso, y opta por dejarme en manos de sus colegas, los taxistas.
Así es que ensaya una performance rara: se detiene en Av. Saénz (Pompeya), más o menos enfrente de la iglesia, para esperar que otro taxi no conducido por él se asome con su cartelito rojo de "libre". En esos momentos hace señas, como si su auto se hubiera roto, y baja raudamente. Corre hasta la ventanilla del conductor para pagarle el viaje, antes de que yo lo ataje e, ilusa de mí, crea que puedo impedir su movimiento (me lleva una cabeza de altura y es ciertamente un corpachón). Una vez que observo las gestiones con un poco de incomodidad, finalmente ingreso al vehículo y, desde adentro, le digo: "chau, pá, mañana hablamos".
Eso mismo fue lo que sucedió ayer, madrugada de jueves, cerca de las 3am. Claro que no consideré que estoy un poco grande y que mi padre es algo joven (50) para tener una hija de 28 años, porque el taxista en funciones me dijo, una vez que los saludé y emprendimos el viaje:

—Mirá, conmigo no hace falta que mientan, ¿eh? Yo conduzco y no pregunto.
—¿No preguntás qué?
—No, digo, que no hace falta que digas "chau, papá". Yo no digo nada. No hacen falta las mentiras.
—¿Qué mentiras? ¿Qué podría estar mintiendo yo en esto?
—No, bueno, qué se yo, uno ve tantas cosas en la calle.
—Sí, te entiendo, pero no era mi amante: era mi padre. La que va al lado, si la ves, es mi mamá. Y la de atrás, mi hermana. Nada que ver.

El silencio posterior lo incomodó de más, porque le daba la pauta de su hablar alpédico. Me sacó el tema de la invasión de cucacarachas que tiene en su casa, y casi en la cuadra de mi casa llegó a comentar que las hormigas también lo estaban acosando. Al bajar, le recomendé la casa del fumigador, pero olvidé avisarle que si abre demasiado la bocota tal vez se termine tragando el veneno.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sofisticación

Y si hay algo por lo que parezco novata en cualquier lado, es por mi maravillamiento torpe frente a las muestras tecnológico-glamorosas del confort.
Desde la descarga de inodoro automática apenas uno se levanta, hasta las cajas bien diseñadas con aperitivos para viaje, pasando por los mecanismos virtuales de reservas y confirmaciones, en absolutamente todo lo que sea moderno yo parezco idiota. Por eso, en espacios donde el pertenecer es una excelente moneda de cambio, yo me gano las miradas más sancionatorias posibles, cuando trato de apretar la canilla sin saber que el agua sale cuando pongo las manos abajo, cuando me alejo espantada del inodoro porque viene una catarata de agua, cuando pregunto tres veces si de verdad no me falta ningún documento, o cuando consulto por teléfono —para que alguien me explique en persona— si lo que hice por Internet está bien.
Chips del siglo pasado, éso debe ser lo que tengo.

domingo, 24 de mayo de 2009

TeleTridente

Viendo la tele, se me dio por pensar 2 cosas:

  • ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para que sodomicen en cámara al rubiecito de country que hace de cronista hippie en el programa de Rolando Graña (GPS)? Cada vez que lo veo interactuando con travestis o marginales, haciéndoles esas preguntas fascistas, le pido al cielo ese favor, pero todavía no tuve el gusto.
  • ¿Cuánto más aburrido puede ser el programa de cultura de Osvaldo Quiroga por Canal 7? Cuando parece que ya ha llegado al tope de sopor, siempre logra superarse y dañarnos la mente una vez más, con guitarreros mustios, temas de literatura falseados desde la premisa (al estilo "El boom de la literatura escrita por mujeres: ¿un nuevo género?") o, lisa y llanamente, con su carita de mejor alumno promoción 1950.

lunes, 20 de abril de 2009

QuiénSigue?

Con la llegada de la adultez, comprobé que mi modo de gestionar trámites es netamente argentino.
Todos los que compartimos esta nacionalidad sabemos de qué se trata ese arte burocrático-administrativo que no puede explicarse bien con palabras y que, además, suele ser idiota en su origen, perezoso en su desarrollo y más o menos grave en su desenlace.

martes, 24 de marzo de 2009

Propuesta

Una de las postales de mi infancia es, como tantas otras, entre bizarra y totalmente innecesaria.
A la vuelta de mi casa lanusense, él pasaba las mañanas y las tardes (hasta bien entrado el sol) sentado en el umbral junto a un perro, suyo, mustio. Shorts ochentosos, musculosa, carne blanca y fláccida: indicios coronados por una cara de nabo ancestral. Era un miembro más de una troupe inútil e inmortal: los hijos de mamá. No trabajaba, no tenía ningún hobby diurno que declarar, no parecía especialmente interesante y saludaba a todas las viejas del vecindario; exactamente al revés de cualquier hombre de bien. Confieso que su presencia me irritaba sobremanera, aún cuando me hubiese criado en una familia carente de esos ejemplares —que casi tampoco tenía hombres, por otra parte— y, con mis 8, 10 ó 12 años, no podía entender de qué la jugaba este sujeto.
A pesar de que con el tiempo encontré su clasificación en este mundo (era un gigoló de octogenarias fútiles que jamás denuncian a sus parásitos en virtud del lazo sanguíneo), había otro elemento ultramolesto que sobresalía: el modo de pararse en la puerta de calle, con un brazo extendido hacia arriba sobre el marco, el abdomen hacia delante, la cintura quebrada, las nalgas hacia atrás y la cabeza un poco inclinada hacia afuera, como si quisieran mantener la distancia prudencial entre su hogar y la calle que los conmina a ganarse la vida. Como si, además, no necesitaran parecer aceptables a los ojos de los que pasaban; como si, aún más, su sex appeal subterráneo los dejara sentirse habilitados para mirar los glúteos generosos de la vecina de la esquina.
Los hijos de mamá, en Lanús y en Flores, están escaseando, porque la crisis los corre hasta alcanzarlos de una vez por todas. Sin embargo, a pesar de que muchos tuvieron que salir a trabajar por defunción o renuncia de su madre —que para ellos sería exactamente lo mismo—, en muchos hombres que hoy decoran las veredas de esa ciudad continúa la misma posición desagradable: ya sin musculosas de piqué (causantes de cegueras mortales por el mal gusto), estos infames salen directamente en cueros a mostrar sus pelos, sus cicatrices de operaciones, sus tetillas sobredimensionadas y sus cadenitas con cruces sulfatadas. Puedo asegurar que no es sencillo soportar una bajada de barrera de 4' cuando, por la ventanilla, se aprecia un Adonis de este estilo esperando que la vida se deje de titubeos y se lo lleve puesto.
Teniendo en cuenta el auge del viejachotismo —que, conste, involucra a sujetos de variado sexo y edad— cuando se queja por todas las cosas que, supuestamente, afean la ciudad, ¿no le gustaría, a esta gente, darle un sentido a sus días gorilas repartiendo remeras entre estos impresentables? Tal vez ni siquiera tengan que viajar tanto; quizá, en su propia vereda, su hijo esté mostrando su torso marchito a varios pares de ojos inocentes.

lunes, 26 de enero de 2009

Larguísimo

Ahora que estoy terminando mis dulces días en la playa de río, me doy un tiempo para escribir entre llanto y llanto por el regreso. Es indudable que las horas transcurridas en la arena, matizadas por las zambullidas fluviales, sirven para pensar en idioteces. Mas no se trata de imbecilidades sin sentido, sino aquellas que nos provocan un profundo placer y nos conectan con lo peor, lo más berreta, lo más superficial, lo más tonto e inconfesable que tenemos.
En esas jornadas de sol, sólo cabe recordar lo bueno que, al final, era el programa Zap (con Marcelo Polino, Guido Süller, El Larva y Jacobo Winograd), lo importante que sería conseguir los cuatro capítulos de Contrafuego (protagonizados por Baby Etchecopar) y, por último, lo sugerentes que eran las letras de Samanta y Natalia que, con sus pecheras magras y sus pantalones blancos oxford, bailaban extraordinariamente mal al son de "Quién me la puso, quién me la puso, es lo que quiero saber" —haciendo alusión, por si alguno nació hace 2 años y ya sabe leer, a la droga que se materializó en un jarrón durante una fiestonga en la casa de Guillermo Coppola.
En el marco de este interesante ejercicio intelectual, compré la revista Semanario y descubrí que, por más que lleguen los mp5, las adolescentes se brinden con generosidad por un tequila, Nazarena Vélez haya dejado de tomar droga regalada y Ricky Maravilla no pueda entrar a los eventos top de la costa, mientras siga habiendo una sección para que los Privados de Libertad encuentren pareja, el mundo tendrá un respiro y un remanso.

En la oscuridad del espacio mudo, percibo tu llamada, como una estrella emitiendo quién sabe desde dónde y desde cuándo un mensaje. El silencio de mi alma se estremece, el mundo desolado se llena de señales. Dulzura de poemas soñados en frías mañanas y noches. Hermosa pasión de libertad, obcecada esperanza. Soy Carlos Fabián Corbo, tengo 37 años, (...) estoy por recibirme de abogado, llevo mucho tiempo del otro lado del sol.

Pero si la rehabilitación pos delincuencia no es lo suyo, nada mejor que la beneficencia realizada sin mirar a quién —porque ésa sería la única forma de invertir en esta propuesta.

A Dios se le pide gratis... y si no te dio, ni te da, suerte en la pareja, en el amor, la familia, salud, casa, trabajo y no te quita las trabas, etc., es porque la Justicia Divina decidió que la ayuda que precisás debe ser profesional y paga. ¡ACÁ NOSOTROS NO FALLAMOS JAMÁS!
Dr. Jesús Lalli y Dra. Guadalupe Stirnemann
Atención telefónica de 9 a 20 hs. No cabinas, ni "Por cobrar" a celulares.

Finalmente, el amor desinteresado se hace presente, con personas que dan todo de sí esperando lo mismo (o más) a cambio.

Caballero de 51 años, buena presencia, sin compromisos, vivo solo en Rosario, trabajo por mi cuenta. Deseo conocer a una mujer amable, cariñosa, que busque la felicidad al lado de un hombre. Puede ser mayor y que no tenga a quién dejarle la pensión. Llamame.

El verano, a pesar de los 78° C a la sombra, trae estas delicias. Disfrutemos y agradezcamos sin cesar.

martes, 13 de enero de 2009

Jugarreta

De la misma manera que, hasta hace ciertos periodos, creía que la fiebre amarilla, los pantalones de tiro super alto y Alcides no existían más, con este juego me pasó lo mismo. No obstante, al darme cuenta de su vigencia, emito mi queja inútil a viva voz:

EL JUEGO DE LA VIDA LE HACE MUY MAL A LOS CHICOS.
Estamos en Argentina, no en Noruega. Y no hay por qué crecer con la meta de ser un buen ciudadano que paga sus impuestos.


Dejando a un lado la pútrida defensa al capitalismo que se hace en todos y cada uno de los casilleros, los participantes definen sus logros en términos de casarse, tener hijos, adquirir un seguro, pagar cuentas, comprarse un auto, luego una casa, comprarse un auto más grande y luego otra casa más; duplicar el salario, después triplicarlo y después volverse accionista. Si fuera un juego argentino, le faltaría ir a la iglesia todos los domingos y despreciar a los pobres que los esperan en la puerta, añorar a Mennnnnem (aprovechen para tocarse), mirar con buenos ojos a Lavagna y a López Murphy, y votar a Macri.

Jamás se divorcian, se equivocan de carrera, deciden golpear a su jefe, se hacen homosexuales, adoptan los tríos como forma de vida, consumen alcohol, se dejan llevar por algún que otro vicio, cometen infidelidades, alquilan una casa, luego regresan a la de sus padres porque no pueden pagar el alquiler, estallan de angustia por la incertidumbre, se enamoran hasta quedar idiotas o interpretan papelones en las reuniones sociales.

Odio El Juego de la Vida, porque es lo menos vital que he conocido.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Arre

La bolucolonización (o el boluimperialismo) está causando estragos en la vida cotidiana, y sus coletazos nos llegan a todos.
El sábado, decidí hacerme el corte de pelo irremontable de cada año. Muy desmechado, irregular, corto, rebelde y todo lo demás, que sirve para esconder que mi cabello —herencia de mi padre— es lacio, insípido y "llovido", como suele decirse habitualmente.
Concurrí con unas viejas fotos en las que tenía un corte parecido y, como eran postales nocturnas de un viaje, aparecía con rasgos de ebriedad: información innecesaria para la peluquera.
El ruego mayor pronunciado por mí fue el que me hizo darme cuenta de que hay que tomar cartas en el asunto. No puede ser que otra persona más en este mundo, al hacharse la cabellera, solicite:

"Por favor, que no me quede como un flogger"

Ilusa yo; la señora no sólo no tenía la más pálida idea del estilo floggeriano, sino que me peinó a la moda "década del 80", me hizo un flequillo Poison y me lo dejó superbatido. Me faltaban los nevados.
Por suerte, llegué a mi casa, me lavé el pelo, lo peiné para el costado y, ahora sí, estamos de acuerdo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Osezno

En estos fines de semana en los que me levanto muy tarde, conciliar el sueño a una hora decente los domingos se vuelve una tarea un tanto ingrata. Por eso, ayer, cuando sabía que me quedaban sólo 5,30 horas de sueño y seguía despierta, las ovejas no vinieron a mí pero sí otro tipo de animal. Más específicamente, me asaltó el siguiente pensamiento:

¿ALGUIEN SABE CÓMO ERA EL FUNCIONAMIENTO INTERACTIVO DEL OSITO TEDDY?

Estoy segura de que era una maravilla tecnológica para que el televisor (o la televisión) nos sorprendiera una vez más, pero no recuerdo de qué se trataba ni cuál era el canal que lo promocionaba. Sé que el HarveyDosCaras Raúl Portal lo promocionaba, y eso no me huele muy bien. Pero si alguien puede aportar información, lo agradecería, así hoy podré dormirme más rápido.

martes, 11 de marzo de 2008

Pajaribalismo

Ayer a la tarde, caminando por Plaza Houssay, vi a dos pájaros (gorriones o de ese estilo, no eran palomas), peleándose y picoteándose por un ala de pollo cocinada.
¿Es que no se dan cuenta de que es un colega?
Ya no hay códigos.

lunes, 11 de febrero de 2008

Resistencia

1. Estar 10 días sin TV y sin internet es mucho más de lo que yo puedo soportar (lo de la TV me molesta más que lo otro, porque para lo segundo están los cyber).

2. Me anoté en un gimnasio que está a 10 cuadras de mi casa, pero las clases valen la caminata. Sin embargo (y rememorando el post "Ideas"), habría que dejar registrado que, en la primera clase, la profesora recomendó ir a ver la película Antes de partir, un bodriazo protagonizado por Jack Nicholson y Morgan Freeman. No entiendo por qué los buenos actores que hicieron papeles de malos, de locos o de crueles, cuando pasan los 65 años deciden hacer remakes de Camino al cielo, Mi papá es un ángel, Cocoon y todo eso: para ver esas porquerías, podemos sintonizar, en Volver, alguna telenovela de Andrea del Boca cuando tenía 8 años y listo.
Volviendo al punto central de este ítem, si no me hubiera bajado la presión varios minutos antes de esa recomendación cinematográfica, diría que estoy tomando muy en serio la cultura general de las instructoras de actividad física, una misión que, por otra parte, suele estar perdida.

martes, 11 de septiembre de 2007

Modernidad

Hay que cambiarle ya la cara a este blog. Basta de posts tristes (y basta de tristezas).
Haré un intervalo con este fragmento tan delirante:

—Sabéis, los grillos y las cadenas tienen funciones en la vida moderna que jamás debieron imaginar sus febriles inventores en una época más simple y antigua. Si yo fuera un constructor de casas lujosas, instalaría por lo menos un equipo de cadenas, fijadas en las paredes de todas las nuevas casas amarillas de ladrillo tipo rancho y de todos los chalets duplex de Cabo Cod. Cuando los residentes se cansasen de la televisión y del ping pong o de lo que hiciesen en sus casitas, podrían encadenarse unos a otros un rato. Les encantaría a todos. Las esposas dirían: "Mi marido me encadenó anoche. Fue maravilloso. ¿Te lo ha hecho a ti tu marido, últimamente?". Los niños volverían corriendo del colegio a casa, a sus madres, que estarían esperándoles para encadenarles. Esto ayudaría a los niños a cultivar la imaginación, cosa que la televisión les veta. Y habría una reducción considerable en el índice de delincuencia juvenil. Cuando el padre volviera del trabajo, la familia unida podría agarrarle y encadenarle por ser tan imbécil como para estar trabajando todo el día para mantenerles. A los parientes viejos y revoltosos podría encadenárseles a la puerta del coche. Sólo se le soltarían las manos una vez al mes para que pudieran firmar los cheques de la seguridad social. Las cadenas y los grilletes podrían asegurar una vida mejor para todos. Tengo que conceder un espacio a esto en mis notas y apuntes.

La conjura de los necios, John Kennedy Toole.