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jueves, 9 de agosto de 2012

Pávlov

Hace unos días, un padre futbolero me siguió tres veredas al grito de "¿cuánto tiene tu pibe?", para ver si podía hacerse "amigo" de su nene, otro bebé que saltaba al compás del trote paterno. Este buen hombre se vio intensamente confundido al saber que se trataba de una niña, y me contestó: "ah, pero entonces, claro, yo creí que era un varón por la manta celeste", aludiendo al abrigo que ese día llevaba Malena. Por supuesto, el tema de la amistad dejó de interesarle en ese mismo instante y sólo se encargó de la equivocación que yo le estaba llevando al mundo. Algo parecido nos pasó ayer, cuando mi hija portaba un hermoso gorro turquesa que una señora decodificó como perteneciente, de manera inequívoca, a un varón. En ese momento descubrí el desperdicio de haber asociado el color celeste y sus derivados al sintagma "es un varón", porque parece ser el único elemento del código social y urbano al que todas las personas hacen caso sin dudar, sin tergiversar, y sin ninguna demora, tal vez como un homenaje a los años dorados del conductismo. Si hubiéramos sido medio vivos, el celeste y sus derivados podrían haber asumido los siguientes sentidos:

Celeste y sus derivados = saquen la basura el día en que pasa el camión recolector, y en el horario indicado.
Celeste y sus derivados = lleven una maldita bolsa de nylon para la caca de sus perros.
Celeste y sus derivados = si quieren hacer una protesta en serio y provocar un gasto a sus jefes, levanten los molinetes y no suspendan el servicio de subtes, manga de siomes.
Celeste y sus derivados = por una vez, no voten a zombies y refritos de la derecha, ¿quieren?

De manera evidente, por asignarle un significado bobo y machista como "ah, debe ser varón", hemos perdido una oportunidad de transformación potente y duradera basada en el código cromático. Si seremos lentos.

martes, 30 de noviembre de 2010

MiniFreud

(Supermercado, una señora habla con una nena de 3 años aprox.)

Señora: Male, voy a llamar a tu mamá para decirle que te estás portando mal. Mirá el celular, ahora la estoy llamando, ¿ves?
Male: cuento hasta tres y dejás de llamar a mi mamá. Uno, dos,...
Señora: Male, yo soy la que está enojada, no vos. No proyectes.

miércoles, 2 de junio de 2010

Colecciones

En un viaje de subte, hay muchas cosas por las que reflexionar, por ejemplo:

* Cómo y por qué metamorfosearon los vagones comprados a Japón, que en sus tiempos mozos (en Argentina) todavía ostentaban las publicidades niponas.
* Quién es el dibujante de los peluches con ojos gigantes que te reparten los chicos en almanaques y estampas.
* Si el conductor, cuando con celeridad se introduce en su cabina para iniciar el recorrido, se hace alguna película personal sobre expediciones a regiones desconocidas.
* Por qué las formaciones con micrófono y altoparlantes no improvisan una radio subterránea, o descollan con algún delirio en el momento de anunciar la llegada a una estación.
* Cuál es la razón por la que, habiendo tanta gente que tomó aprensión a este medio de transporte porque en mitad del camino los hicieron bajar y caminar al costado de las vías, a mí no me haya tocado nunca semejante experiencia y sí todo lo aburrido: detenerse 15 min en la estación, esperar 20 min que llegue un subte, llegar a la boletería y que se haya suspendido de improviso, etc.

Sin embargo, hoy me atacó la nostalgia: el primer vagón se inundó del perfume característico de los "papeles carta", que quienes hayan sido niñas pequeñas hace 18 ó 20 años habrán conocido y coleccionado: un aroma dulce y artificial, que podía ser tanto de flores desconocidas como de tiendas paquetas, que acompañaban los papeles impresos en tonos pastel. Yo tenía una carpeta inmensa, llena de modelos diversos, que un día abandoné por la practicidad y portabilidad (¿se dirá así?) de las compilaciones de stickers autoadhesivos. Una buena metáfora de reemplazo menemista.

sábado, 2 de enero de 2010

Cero

  • No tuve amiguitos de la playa.
  • No tuve vacaciones adolescentes con revolcones en la arena, ni sin éstos.
  • No tuve noches larguísimas de discotecas en lugares como San Bernardo y etc.
  • No trabajé en ningún bar o parador playero.
  • No tengo primos contemporáneos con los que haya disfrutado quincenas gloriosas.
  • No tuve un cuerpo escultural a los 16 —salvo que pensemos en Botero— con los que cosechar amores etéreos.
  • No tuve vacaciones con familias amigas y sus hijos de la misma edad, lo que podría haber generado todos los ítem anteriores.
  • No tuve vacaciones familiares con otros que fueran mis padres (esto es, ni abuelos ni tíos, ni primos grandes, ni otros vínculos que me sumaran a sus estadías veraniegas).
Ergo, no tengo nada de qué acordarme cuándo veo, por la tele, los días al sol de los primeros que llegaron a Mar del Plata.
Eso es bueno y es malo, creo.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Sonoridad

Odio a los que difunden su música insoportable en sus celulares último modelo a bordo del colectivo. Pero ése es un rechazo moderno, propio de la tecnología avasallante. Tengo otro odio mucho más artesanal e insoportable, que se actualiza en cada viaje de transporte público: detesto con todo mi ser los ruidos a besos.
Sopapas, pitidos, sellos, mmmmhhhhs, smacks, plops y otras onomatopeyas o sonidos indescifrables que me enojan de manera sublime. Lo peor (hacía mucho que no escribía "lo peor"), es que siempre se trata de parejas que casi no hablan, o que sólo se comunican para debatir acerca de esos mismos besos pegajosos, sonoros y totalmente desestimulantes, con comentarios al estilo de "no me muerdas", "ah, ¿así que creés que ya tuviste un beso como éste?" o "mejor no hablar de eso, besémonos".
Ayer me acordé de cuánto me molestaba ese ritual amoroso cuando elegí uno de los asientos que más me gustan (el último de la fila larga, al lado de la ventanilla) y, en el otro extremo, una pareja no paraba de smackearse y de hablar frases de sólo 2 ó 3 palabras por vez. Rememoré, también, un viaje atestado en la línea E en hora pico, bien temprano, cuando se subió una pareja en la que ella se hacía la profundamente dormida, se acostaba sobre él 2 segundos, los otros 2 segundos lo besaba (con ruido, obvio) y los 2 segundos siguientes volvía a hacerse la dormida. Así, ininterrumpidamente desde Virreyes a Bolívar, a 10 centímetros de mi cara.
Sí, yo también tengo raptos de viejachotismo. Y a mucha honra.

miércoles, 10 de junio de 2009

Batalla

Cuando, en una reunión, critico a Menem como el delincuente que desmanteló el país, afirmando también que no puedo creer que vaya al pasquín de Tinelli y le pregunten "Dr., ¿usted va a ser candidato en el 2011?", y como respuesta obtengo el silencio y/o el vacío, inmediatamente me siento en territorio enemigo.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Pugilismo

Me encuentro experimentando una sutil tendencia al cachetazo discursivo, cuyo origen se encuentra en la decisión definida, en términos coloquiales y/o vulgares, como "no querer bancarse ninguna más". En esta fase bélica he descubierto facetas insospechadas de mi ser que tienen menos paciencia que las que ya conocía y usaba en forma habitual.
Mi cuadro anímico, en la actualidad, me permite:
- enviar las demandas excesivas (junto con sus autores) a la dimensión desconocida;
- reírme bastante de algunas cosas que antes me causaban problemas;
- utilizar la ironía o la franca sinceridad para comentar ciertas opiniones que, lo sé desde el momento de decirlas, no serán bien recibidas del todo.

Aunque sé que tendré que controlar este tipo de actitudes —que en mí pueden ir in crescendo y causar insoportabilidad a corto plazo—, la verdad es que no se siente tan mal dejar de responder siempre con efectividad y complacencia. Quién sabe, tal vez tenga que ir a cantarle las 40 al dueño-cajero de la panadería y hasta me regale algún budín gratis.