- ¡Ocupado, carajo, dije 'ocupado'!"
La primera vez que voy a merendar a un local de comidas rápidas, y que por supuesto voy al baño, tal como hacía antes de diciembre. Sin embargo, mi mundo ha cambiado tanto, que hasta esta actividad, antes tan plácida y sin inconvenientes, ahora se me volvió una emboscada. "¿Querés ir al baño? Andá al de abajo", me dijo la empleada. Y fui al pútrido baño de emergencia que está destinado a las personas de movilidad reducida, a los bebés cuyos pañales tienen pedido de captura, y a todos los que desestiman subir una escalera para encontrarse con los sanitarios. Apenas ingresé y me sumergí en el estilo personal que hace imposible salir rápido, tanto en términos de ropa desubicada como de posición corporal no lista para la carrera, aproximadamente el 95% de los clientes del negocio, más el 80% de los transeúntes que decidieron hacer una parada técnica, empezaron a manotear el picaporte y a decirle al de seguridad: "Pero esto está cerrado, señor, ¿funciona en serio? ¿Por qué no se fija si lo puede abrir?" Así es como pronuncié 22 veces la palabra "ocupado", 2 veces dije "ya voy" cuando alguien me preguntaba "¿tiene para mucho?", y 1 contundente vez "¡ocupado, carajo, dije 'ocupado'!", cuando directamente destrabaron desde afuera la puerta y se disponían a entrar con armas. ¿El resultado? El hombre de seguridad que, con cortesía después de haberlo puteado a través de la puerta, me explicaba que "todos" estaban apurados porque una señora debía cambiar a su bebé, tres mujeres mirándome con cara de "qué loca que estás", y la madre en cuestión con gesto de reproche, como si yo no supiera que los bebés empastados siempre pueden aguantar 15 minutos más. Volver después de mucho tiempo, y descubrir que la ciudad sigue siendo tan invivible como antes. Y yo sin bebé en brazos para capitalizar.
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jueves, 23 de febrero de 2012
martes, 12 de julio de 2011
Causas
En estos días donde llevo la furia en mí, por no poder entender que casi 1 de cada 2 personas en esta ciudad haya votado a Macri, justo me encuentro con esta interacción de la vida cotidiana.
Subte D, con todo lo que ello implica. Señora bián que habla con una madre agobiada, costurera y migrante —según su conversación—, que vive con sus hijos y pasa todo el día trabajando. Encuentro equivalente a 2 horas de paseo al caniche toy versus 18 horas de trabajo textil por encargo y doméstico por obligación. Reproducción del diálogo:
Señora: ay, ¡pero qué cara de cansada que tenés!
Madre: y sí, es que no puedo descansar. Tengo que cuidar a los chicos, arreglar la casa y hacer los trabajos de costura. Soy sola y no tengo a nadie que me ayude.
Señora: ¿a nadie-nadie? ¿Una familiar, nadie?
Madre: no, nadie. Acá vivimos mis hijos y no nada más. No tenemos a nadie.
Señora: ¿y no podés llamar a una mujer para que te ayude con las cosas de la casa?
Madre: no, por mi barrio no hay nadie para llamar. No quieren venir.
Señora: ¿pero nadie, ni por unas horas?
Madre: no, prefieren trabajar con cama adentro.
Señora: y no, con cama adentro después te roban todo.
Madre: ...
Señora: ¿pero vos no vas a la parroquia, entonces?
Madre: no, no tengo tiempo para nada; trabajo todo el día, no puedo ir a la parroquia.
Señora: ah, por eso es.
Díganme después si no es necesario llevar la motosierra en la cartera.
Subte D, con todo lo que ello implica. Señora bián que habla con una madre agobiada, costurera y migrante —según su conversación—, que vive con sus hijos y pasa todo el día trabajando. Encuentro equivalente a 2 horas de paseo al caniche toy versus 18 horas de trabajo textil por encargo y doméstico por obligación. Reproducción del diálogo:
Señora: ay, ¡pero qué cara de cansada que tenés!
Madre: y sí, es que no puedo descansar. Tengo que cuidar a los chicos, arreglar la casa y hacer los trabajos de costura. Soy sola y no tengo a nadie que me ayude.
Señora: ¿a nadie-nadie? ¿Una familiar, nadie?
Madre: no, nadie. Acá vivimos mis hijos y no nada más. No tenemos a nadie.
Señora: ¿y no podés llamar a una mujer para que te ayude con las cosas de la casa?
Madre: no, por mi barrio no hay nadie para llamar. No quieren venir.
Señora: ¿pero nadie, ni por unas horas?
Madre: no, prefieren trabajar con cama adentro.
Señora: y no, con cama adentro después te roban todo.
Madre: ...
Señora: ¿pero vos no vas a la parroquia, entonces?
Madre: no, no tengo tiempo para nada; trabajo todo el día, no puedo ir a la parroquia.
Señora: ah, por eso es.
Díganme después si no es necesario llevar la motosierra en la cartera.
domingo, 22 de mayo de 2011
Emocionario
La carencia de escritura en este blog tiene motivos harto fundamentados que esgrimiré en algún tiempo. Mientras tanto, vuelvo con el pony cansado y con un nuevo post, ateniente a mi nueva experiencia urbana: manejar un auto en la ciudad. Eso no quiere decir que abandone mis estadías repetidas e indeseables en los colectivos y subterráneos: la nafta es muy cara y la tensión mental que implica la interacción con los demás conductores es demasiada. Ergo: soy una manejadora de fin de semana, con características eminentemente domingueras que suscitan la furia del conductor acostumbrado a la velocidad máxima y al cambio en cuarta.
Más allá de estas cuestiones económicas y cuasipsiquiátricas, quisiera dejar aquí constancia del maremagnum de emociones involucradas en el manejo para un conductor P (de principiante, de piedad, de pavote, de pelmazo, de pesadilla, etc.). La sola enumeración revela que, además de curso teórico y práctico, necesitaríamos contención psicológica cada 10 cuadras:
a. Mesura: el comienzo incluye el cumplimiento obsesivo de las pautas del conductor consciente, que sigue una rutina que consiste en: 1) cinturón de seguridad; 2) encendido del auto lento, para controlar temperatura; 3) luces bajas; 4) sacar freno de mano; 5) poner el cambio y esperar como una dama que pasen los 500 autos que nunca te van a dejar salir.
b) Autoarenga: atravesar 3 semáforos en verde y sentirse surfeando en la onda verde motiva toda una serie de alientos dados en soledad: "vamos, bien, ahora ponemos tercera"; "¡cuarta!, qué grossa, ahora el motor sí va tranquilo"; "pasame, querido, que igual yo voy bien".
c) Euforia: tan inevitable como peligroso. Puede acontecer al encontrar un lugar para estacionar que utilicemos en pocas maniobras, o si podemos llegar en punto muerto, sin frenadas ni amenazas de destrucción del peatón, a una esquina con semáforo en rojo. Es una sensación que se acompaña con idiotas expresiones del estilo: "Ah, no, no puedo ser tan grossa; me tendrían que estar viendo, para que sepan lo bien que voy"; "te digo, no puedo creer estar haciéndolo tan bien".
d) Inquietud: la nabitud propia de la euforia se agota pronto, cuando se llega a una vía en sentido ascendente, cuando atravesamos sin anestesia el bache número 8 o cuando recibimos el cuarto bocinazo como señal de "ni se te ocurra cambiar de carril porque te destruyo". Por lo general, el síntoma álgido de este estado emocional tiene una manifestación física: el auto se detiene súbitamente en una arteria hiper transitada y el conductor tiene una inmensa y profunda laguna mental que le impide saber cuándo y por qué se subió a ese auto del lado izquierdo, frente al volante.
e) Culpa: suele suceder cuando el auto se detiene en una calle ascendente y se va para atrás, inexorablemente. En ese momento, todos los ruidos se mezclan y confluyen en una única imagen: la culata del auto propio pulverizando las ópticas del vehículo de atrás. En ese entonces, con gesto compungido, uno sólo atina a preguntarse en la más absoluta soledad: "¿lo pisé? ¿Lo choqué? ¿Se va a bajar a fajarme? ¿Ya se fue?".
f) Desvalorización total: surge cuando cualquier inconveniente que provoca un ruido en el auto (pisar una piedra, no evitar un bache, rozar un cordón, frenar demasiado de golpe, etc.) se traduce en un remordimiento intenso por el daño causado al coche: "claro, pobre auto, un día se me va a romper en la calle y va a tener razón, lo estoy haciendo bolsa, seguro que rompí toda la rueda, ahora lo voy a dejar en casa y mañana va a estar toda desinflada y rota, ni lo quiero ver, seguro que rompí la óptica y rayé la chapa, seguro: frenar, frenar, ¿nunca voy a saber frenar?".
Como verán, manejar es mucho más que no chocar: es parecer equilibrado y ecuánime, mientras lo único que intentamos es sosegar con la radio las emociones imposibles que hacen fila para pegarse al parabrisas.
lunes, 24 de enero de 2011
Franelelo
Y entonces un señor de 50 aprox, vestido con pantalón caqui, dijo:
"¿Viste? Así puedo hacer lo que me gusta a mí, que es la relación pública, la franela, el parapapá"
No falla: ponés un pie en Puerto Madero y enseguida escuchás una idiotez demodeé, digna del leopardo y del auto amarillo.
"¿Viste? Así puedo hacer lo que me gusta a mí, que es la relación pública, la franela, el parapapá"
No falla: ponés un pie en Puerto Madero y enseguida escuchás una idiotez demodeé, digna del leopardo y del auto amarillo.
lunes, 4 de octubre de 2010
Diffèrence
Entre las especificidades detectadas en mi barrio, hay una muy notoria que ya se ha mencionado en este blog: la idiosincracia de las dietéticas. Nada de búsqueda en góndolas glamorosas, de hallazgos internacionales o de variedades de hongos que nos hagan sentir, por 2 ó 3 minutos, que estamos organizando una comida que será televisada por El Gourmet. No, nada de eso. En las dietéticas de Parque Avellaneda, los desórdenes gastrointestinales, las obstrucciones varicosas y los edemas generalizados constituyen los marcos de referencia para vender productos: "cola de caballo, diurético"; "centella asiática, para la circulación y la celulitis", "alga X, para el estreñimiento", y así. Teniendo en cuenta este patrón, ahora sí puedo contar que asisto en forma cotidiana a una tienda oscura e inhóspita, ubicada en la calle Pergamino, atendida por los ex-empleados del tren fantasma, que vende legumbres, cereales, condimentos, miel, manteca de maní (sí, en serio) y otras menudencias de la rama de lo seco. Pertenece a esa clase de negocios en los que no hay ninguna intención de vender, y donde hay que esperar 15 suplicantes minutos para que alguien pose la mirada en uno y se dé cuenta de que necesita 1 maldito kilo de arroz yamani.
Hoy, el juego de las diferencias me sorprendió y me dejó en off side (u "orsai") cuando pedí, presuntuosa, 1/4 de all bran. Pasemos a la comparación ejemplificadora.
Dietética de Palermo. Vendedora y compradora frente a 1/4 de all bran. Una señora mayor espera junto con su sobrino de 30 años aprox.
Señora mayor: ¿qué es eso?
Vendedora: all bran.
Señora mayor: ¿y para qué sirve?
Vendedora: es una buena forma de evitar que el chi, que es la energía, se obstruya. Porque si tratamos de trabajar el prana, que es la respiración, y no pensamos en el fluir de la energía, siempre faltará algo para estar bien.
Sobrino de señora mayor: sí, mi novia lo come.
Señora mayor: ah, mirá qué interesante.
Compradora del dichoso all bran: eh, la verdad es que lo compro porque lo como mientras tomo mate, es rico, sí.
Vendedora: te hace super bien, ¡un saludo a Shiva por la existencia del all bran!
Dietética de Parque Avellaneda. Vendedora y compradora frente a 1/4 de all bran. Pregunta de cliente en espera (señora mayor).
Señora mayor: ¿qué es eso?
Vendedora: all bran.
Señora mayor: ¿y para qué sirve?
Vendedora: es para ir al baño.
Sobrino de señora mayor: compralo vos, tía, que tenés esos problemas.
Señora mayor: sí, la verdad es que lo tendría que comprar yo también.
Compradora del dichoso all bran: bueno, no sólo para ir al baño, yo no tengo problemas, es rico también, se puede comer con el mate, o se lo ponés al yogur, o así solo, hay varias personas que lo compran para eso, para ir al baño, pero no todas, porque también sirve para llenarse más rápido, y es fibra, que es buena más allá de ir al baño, para mí es como si fuera pochoclo, ya me acostumbré, también como otros cereales, que también me llevo ahora, sí, sí...
Vendedora: sí, pero también es para ir al baño.
Comprenderán cuál fue mi caso, y cuáles fueron mis explicaciones. Últimamente, el ridículo se vuelve extrañamente confortable.
Hoy, el juego de las diferencias me sorprendió y me dejó en off side (u "orsai") cuando pedí, presuntuosa, 1/4 de all bran. Pasemos a la comparación ejemplificadora.
Dietética de Palermo. Vendedora y compradora frente a 1/4 de all bran. Una señora mayor espera junto con su sobrino de 30 años aprox.
Señora mayor: ¿qué es eso?
Vendedora: all bran.
Señora mayor: ¿y para qué sirve?
Vendedora: es una buena forma de evitar que el chi, que es la energía, se obstruya. Porque si tratamos de trabajar el prana, que es la respiración, y no pensamos en el fluir de la energía, siempre faltará algo para estar bien.
Sobrino de señora mayor: sí, mi novia lo come.
Señora mayor: ah, mirá qué interesante.
Compradora del dichoso all bran: eh, la verdad es que lo compro porque lo como mientras tomo mate, es rico, sí.
Vendedora: te hace super bien, ¡un saludo a Shiva por la existencia del all bran!
Dietética de Parque Avellaneda. Vendedora y compradora frente a 1/4 de all bran. Pregunta de cliente en espera (señora mayor).
Señora mayor: ¿qué es eso?
Vendedora: all bran.
Señora mayor: ¿y para qué sirve?
Vendedora: es para ir al baño.
Sobrino de señora mayor: compralo vos, tía, que tenés esos problemas.
Señora mayor: sí, la verdad es que lo tendría que comprar yo también.
Compradora del dichoso all bran: bueno, no sólo para ir al baño, yo no tengo problemas, es rico también, se puede comer con el mate, o se lo ponés al yogur, o así solo, hay varias personas que lo compran para eso, para ir al baño, pero no todas, porque también sirve para llenarse más rápido, y es fibra, que es buena más allá de ir al baño, para mí es como si fuera pochoclo, ya me acostumbré, también como otros cereales, que también me llevo ahora, sí, sí...
Vendedora: sí, pero también es para ir al baño.
Comprenderán cuál fue mi caso, y cuáles fueron mis explicaciones. Últimamente, el ridículo se vuelve extrañamente confortable.
jueves, 15 de julio de 2010
Visita
Subte C. Estación Moreno. 22 hs.
El tren comienza a frenar y el chico se acerca a la salida, dispuesto a bajarse del vagón. Mientras se asoma la estación, golpea la puerta todavía cerrada con dos "toc" y apoya su oreja en el vidrio. Gesto de desconcierto y "no hay nadie", me dice. Se ríe, la puerta por fin se abre y él se va.
El tren comienza a frenar y el chico se acerca a la salida, dispuesto a bajarse del vagón. Mientras se asoma la estación, golpea la puerta todavía cerrada con dos "toc" y apoya su oreja en el vidrio. Gesto de desconcierto y "no hay nadie", me dice. Se ríe, la puerta por fin se abre y él se va.
viernes, 18 de junio de 2010
Contrapeso
Balance/Inventario visual de viernes a mediodía:
* Algo lindo de ver: un perro con remera, que siempre me ha parecido lo más simpático del mundo.
* Algo feo de ver: una boca muy pintada, con brillo, comiendo twistos. No tolero las miguitas y la apariencia pastosa y, a la vez, no puedo dejar de mirar a la fagocitadora con cara de asco.
* Algo lindo de ver: un perro con remera, que siempre me ha parecido lo más simpático del mundo.
* Algo feo de ver: una boca muy pintada, con brillo, comiendo twistos. No tolero las miguitas y la apariencia pastosa y, a la vez, no puedo dejar de mirar a la fagocitadora con cara de asco.
jueves, 3 de junio de 2010
Basurera
Lo recuerdo como si fuera ayer, porque en realidad sucede todos los días.
Me parece estar viéndola: pijama ochentoso, pantuflas peludas, parada en el borde de su umbral. Algo torpe, algo desabrida, se dispone a cumplir con su actividad física espontánea del día (posiblemente, la única): con el brazo derecho tieso y una leve inclinación hacia adelante, arroja su bolsa de basura en diagonal, hacia el cantero que compartimos y que, en el borde que da al empedrado, oficia de depósito de residuos con los siguientes requisitos:
Detesto a la gente sucia full time, pero mucho, mucho más, odio a la que es limpia de la puerta para adentro. Condensan lo peor de la convivencia urbana.
Me parece estar viéndola: pijama ochentoso, pantuflas peludas, parada en el borde de su umbral. Algo torpe, algo desabrida, se dispone a cumplir con su actividad física espontánea del día (posiblemente, la única): con el brazo derecho tieso y una leve inclinación hacia adelante, arroja su bolsa de basura en diagonal, hacia el cantero que compartimos y que, en el borde que da al empedrado, oficia de depósito de residuos con los siguientes requisitos:
a. Sólo el borde del cantero, no todo;
b. Sólo a partir de las 20 hs., no antes.
No obstante, estas dos condiciones parecen no importarle a ella, que fuera de hora y sin tener en cuenta mis esfuerzos botánicos por cultivar plantas en la mitad no contaminada, tira sus porquerías sin culpa. Eso ocasiona, por ejemplo, que los pañales de su nena queden esparcidos por la calle, que tengamos que ver bolsas desde el sábado a la tarde hasta el domingo a la noche, o que yo me vea obligada a sugerir a los gritos, en su puerta, quién fue la maleducada que instaló su basura sobre las plantas.Detesto a la gente sucia full time, pero mucho, mucho más, odio a la que es limpia de la puerta para adentro. Condensan lo peor de la convivencia urbana.
domingo, 23 de mayo de 2010
Opinionismo
—Lo que pasa es que en esa época había movilidad social, en cambio ahora...
—Sí.
—No, bueno: no es nuestro caso, no es nuestro caso.
—Ajá.
—No, porque nuestros hijos están becados, son muy estudiosos, ellos sí.
—Mmmh.
—Pero no digo movilidad de dinero, eso no. Digo ascenso del otro.
—¡Cuánta gente! Y eso que es sábado.
—Parece que fuera lunes a la mañana.
—No, creo que no hay tanta gente para trabajar como para ir a festejar a la 9 de julio.
Conversaciones sobre el Bicentenario, en camino hacia los festejos del susodicho.
—Sí.
—No, bueno: no es nuestro caso, no es nuestro caso.
—Ajá.
—No, porque nuestros hijos están becados, son muy estudiosos, ellos sí.
—Mmmh.
—Pero no digo movilidad de dinero, eso no. Digo ascenso del otro.
—Qué terrible, me encontré con un montón de defensores del gobierno. Tampoco me daba para ponerme tan en contra.
—Lo que pasa es que ella no invitó a Cobos a la ceremonia, y es cualquier cosa. Es el vicepresidente: no precisa ni invitación, tiene que ir sí o sí.
—Claro, es un papelón. Bueno, el libro de Redrado te da una idea del lío que es eso. ¿Lo leíste?
—No, ¿está bueno?
—No, yo no, pero mi papá sí, que le gusta leer. Yo leí el libro de Duhalde, y ahí te dice bastante.
—¡Cuánta gente! Y eso que es sábado.
—Parece que fuera lunes a la mañana.
—No, creo que no hay tanta gente para trabajar como para ir a festejar a la 9 de julio.
Conversaciones sobre el Bicentenario, en camino hacia los festejos del susodicho.
viernes, 5 de marzo de 2010
Insufribles
Voy caminando y veo cada una de esas trayectorias.
De arriba hacia abajo, ondea un poco y amenaza con el estallido, pero finalmente se destroza por dentro contra la vereda, manteniendo sus límites que se expanden un poco, se achatan y finalmente dibujan una forma indefinible y algo asquerosa sobre las baldosas. Su consistencia genera un poco de inquietud pero hay algo en su sabia naturaleza que impide su desparramo. No obstante, pese a las demostraciones de resistencia del polietileno, todavía no puedo creer la multiplicación espontánea de estúpidos culopesado que arrojan su bolsa de basura diaria desde el balcón. Se merecerían una cama elástica invisible que les devuelva sus residuos y se los estampe en la ventana, plenos de olor, colores inequívocos y texturas insoportables.
De arriba hacia abajo, ondea un poco y amenaza con el estallido, pero finalmente se destroza por dentro contra la vereda, manteniendo sus límites que se expanden un poco, se achatan y finalmente dibujan una forma indefinible y algo asquerosa sobre las baldosas. Su consistencia genera un poco de inquietud pero hay algo en su sabia naturaleza que impide su desparramo. No obstante, pese a las demostraciones de resistencia del polietileno, todavía no puedo creer la multiplicación espontánea de estúpidos culopesado que arrojan su bolsa de basura diaria desde el balcón. Se merecerían una cama elástica invisible que les devuelva sus residuos y se los estampe en la ventana, plenos de olor, colores inequívocos y texturas insoportables.
sábado, 13 de junio de 2009
Música
Cuando llegás tarde, es viernes y estás cansado/a, a veces no queda otra opción que exponer el hígado en una fonda de Flores, a cambio de un exiguo menú y precios algo discutibles (pero no mucho, dado el remanente de energía con el que se cuenta).
Si bien pensaba que tendría que afrontar:
el aceite con el que se fríen los alimentos,
la insuficiente ventilación del lugar,
la posibilidad de que no hubiera nada de lo pedido por lo avanzado de la noche,
la certeza de que caería a regañadientes sobre una milanesa a pesar de mi pretendida renuncia cárnica,
la tardanza con la que nos iban a servir en virtud de lo tarde que llegamos,
la ensalada mustia que me iba a comer,
lo rápido que nos íbamos a ir
y lo solos que nos íbamos a quedar en la parte menos glam de Av. Rivadavia, no tuve en cuenta la siguiente variable:
—¿Se escucha, se escucha? Uno, dos, tres, probando.
Un grabador en la estantería del bar (grande como cualquier comedor en un departamento de 2 ambientes), tres grupos de personas que, en sendas mesas, esperaban con júbilo y un pseudo cantante vestido con pantalón náutico (bien '90) que probaba un micrófono maula que, pese a mis plegarias, decidió funcionar.
La tiranía del cantante de bodegón o fonda se hizo presente en su versión más cruda. Tuvimos que escuchar una selección de Cacho Castaña, Sandro y Nino Bravo, matizada con estribillos escuchados en el programa de Tinelli (uf), la exhibición del hueco donde debería haber un diente —realizada por el artista, a modo de gracia—, la dramatización de un encuentro hot entre el recién mencionado y una señora en llamas que había decidido raptar al cantor (ojalá se hayan ido lejos), una original sugerencia sexual consistente en ubicar el micrófono en diagonal a la altura de los genitales y un estribillo de murga, entonado por una comensal murguera (ya charlamos sobre esto), con la melodía de Café La Humedad.
Encima, los que pagamos fuimos nosotros.
La tiranía del cantante de bodegón, que amerita transformarse en categoría, es una de las plagas que asolan a Buenos Aires de noche. En cada restaurant que parece ameno, familiar y económico, el tercer tenedorazo hambriento sufre el embate de un acorde de guitarra que anuncia la pesadilla. Después de eso, Naranjo en flor a los gritos en el oído, Si te agarro con otro te mato en clave seductoragresiva o Libre a la hora del flan, son sólo formas de un mismo fenómeno espeluznante.
Si bien pensaba que tendría que afrontar:
el aceite con el que se fríen los alimentos,
la insuficiente ventilación del lugar,
la posibilidad de que no hubiera nada de lo pedido por lo avanzado de la noche,
la certeza de que caería a regañadientes sobre una milanesa a pesar de mi pretendida renuncia cárnica,
la tardanza con la que nos iban a servir en virtud de lo tarde que llegamos,
la ensalada mustia que me iba a comer,
lo rápido que nos íbamos a ir
y lo solos que nos íbamos a quedar en la parte menos glam de Av. Rivadavia, no tuve en cuenta la siguiente variable:
—¿Se escucha, se escucha? Uno, dos, tres, probando.
Un grabador en la estantería del bar (grande como cualquier comedor en un departamento de 2 ambientes), tres grupos de personas que, en sendas mesas, esperaban con júbilo y un pseudo cantante vestido con pantalón náutico (bien '90) que probaba un micrófono maula que, pese a mis plegarias, decidió funcionar.
La tiranía del cantante de bodegón o fonda se hizo presente en su versión más cruda. Tuvimos que escuchar una selección de Cacho Castaña, Sandro y Nino Bravo, matizada con estribillos escuchados en el programa de Tinelli (uf), la exhibición del hueco donde debería haber un diente —realizada por el artista, a modo de gracia—, la dramatización de un encuentro hot entre el recién mencionado y una señora en llamas que había decidido raptar al cantor (ojalá se hayan ido lejos), una original sugerencia sexual consistente en ubicar el micrófono en diagonal a la altura de los genitales y un estribillo de murga, entonado por una comensal murguera (ya charlamos sobre esto), con la melodía de Café La Humedad.
Encima, los que pagamos fuimos nosotros.
La tiranía del cantante de bodegón, que amerita transformarse en categoría, es una de las plagas que asolan a Buenos Aires de noche. En cada restaurant que parece ameno, familiar y económico, el tercer tenedorazo hambriento sufre el embate de un acorde de guitarra que anuncia la pesadilla. Después de eso, Naranjo en flor a los gritos en el oído, Si te agarro con otro te mato en clave seductoragresiva o Libre a la hora del flan, son sólo formas de un mismo fenómeno espeluznante.
viernes, 6 de marzo de 2009
Bobera
Además de los emos, los floggers y Macri, que ya son cuento viejo en la vida cotidiana, hay otras cosas que hacen un poco más idiota a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a saber:
- Las viejas chotas con los perros fifí.
- El cartel publicitario de Arredo que se encuentra en Rivadavia, dos veredas después de Av. Carabobo (Av. Boyacá, del otro lado), en el que 6 nabolettis tiran almohadones al cielo con cara de haber descubierto la pólvora.
- El programa de radio de Julio Lagos por Radio 10 (brrrr!), que consiste en circular varias horas por la Capital, en auto, contando por qué calle va y regalando paquetes de café. Después de su conducción en El Show del Clío, creímos que no podía hacer nada más estúpido, pero sucedió.
- La presencia de Manu Chao (aunque hizo un recital muy bueno y potente ayer, pero es parte de su estilo).
-Palermo Jolibud.
- El nuevo country de cemento para caretones, sin rejas, que hay en Costanera Sur, por donde pasamos todos como sapos de otro pozo.
- El boliche Bahrein, en la calle Lavalle.
Podría decir que mi propio traslado de Lanús a estos lares contribuye a este efecto boludizante, pero ya es darme demasiado protagonismo. Lo dejo a su criterio.
- Las viejas chotas con los perros fifí.
- El cartel publicitario de Arredo que se encuentra en Rivadavia, dos veredas después de Av. Carabobo (Av. Boyacá, del otro lado), en el que 6 nabolettis tiran almohadones al cielo con cara de haber descubierto la pólvora.
- El programa de radio de Julio Lagos por Radio 10 (brrrr!), que consiste en circular varias horas por la Capital, en auto, contando por qué calle va y regalando paquetes de café. Después de su conducción en El Show del Clío, creímos que no podía hacer nada más estúpido, pero sucedió.
- La presencia de Manu Chao (aunque hizo un recital muy bueno y potente ayer, pero es parte de su estilo).
-Palermo Jolibud.
- El nuevo country de cemento para caretones, sin rejas, que hay en Costanera Sur, por donde pasamos todos como sapos de otro pozo.
- El boliche Bahrein, en la calle Lavalle.
Podría decir que mi propio traslado de Lanús a estos lares contribuye a este efecto boludizante, pero ya es darme demasiado protagonismo. Lo dejo a su criterio.
martes, 23 de diciembre de 2008
FeedBack
No voy a recalcar que éste es un mes difícil para mí. Es más: si alguien tiene alguna receta certera para eliminar la depresión, que no sea el alcohol y dormir, ya sabe dónde difundirla y se lo agradeceré horrores —porque de otra manera, en estos días, no podría hacerlo.
Sin embargo, sigo atenta a las minucias comunicativas de la vida cotidiana y, sólo para demostrar que salgo a la calle y todavía regreso sin dejarme arrollar por un Scania, las dejo registradas en este blog.
1. Vendedor de zapatos callejero, que exhibe muchos pares en su puesto.
Insolada: ¿tenés número 38?
Vendedor: decime.
Insolada: si tenés número 38.
Vendedor: decime en qué color.
Insolada: ¿qué colores tienen en 38?
Vendedor: decime qué color querés y yo te digo si tengo ése.
Insolada: bueno, qué se yo, plateada.
Vendedor: sí, tengo plateada, blanca, verde y uva.
2. Boletería de subte, línea D, estación Facultad de Medicina. Papel de cuaderno cortado y pegado en el vidrio, en el que se puede leer "recarga mínima $5" escrito a mano y de manera apresurada. Yo voy a pagar con $10 y no leí el cartel.
Insolada: ¿podés cargarme $3 en el Monedero?
Boletera: no, la recarga mínima es de $5 (señala el letrero artesanal, por no decir trucho).
Insolada: ah. veo que la recarga mínima es cada vez más alta.
Boletera: es porque no hay monedas.
Insolada: pero yo te pago con $10, no necesitás darme monedas.
Boletera: no, pero la recarga mínima es de $5.
Insolada: buenísimo, entonces con estos $10 dame dos pasajes sueltos.
(Como sabrán, dos pasajes cuestan $1,80 y la señora tuvo que darme mucho más vuelto del pactado en primera instancia, más dos moneditas, a pesar de la carencia).
Sin embargo, sigo atenta a las minucias comunicativas de la vida cotidiana y, sólo para demostrar que salgo a la calle y todavía regreso sin dejarme arrollar por un Scania, las dejo registradas en este blog.
1. Vendedor de zapatos callejero, que exhibe muchos pares en su puesto.
Insolada: ¿tenés número 38?
Vendedor: decime.
Insolada: si tenés número 38.
Vendedor: decime en qué color.
Insolada: ¿qué colores tienen en 38?
Vendedor: decime qué color querés y yo te digo si tengo ése.
Insolada: bueno, qué se yo, plateada.
Vendedor: sí, tengo plateada, blanca, verde y uva.
2. Boletería de subte, línea D, estación Facultad de Medicina. Papel de cuaderno cortado y pegado en el vidrio, en el que se puede leer "recarga mínima $5" escrito a mano y de manera apresurada. Yo voy a pagar con $10 y no leí el cartel.
Insolada: ¿podés cargarme $3 en el Monedero?
Boletera: no, la recarga mínima es de $5 (señala el letrero artesanal, por no decir trucho).
Insolada: ah. veo que la recarga mínima es cada vez más alta.
Boletera: es porque no hay monedas.
Insolada: pero yo te pago con $10, no necesitás darme monedas.
Boletera: no, pero la recarga mínima es de $5.
Insolada: buenísimo, entonces con estos $10 dame dos pasajes sueltos.
(Como sabrán, dos pasajes cuestan $1,80 y la señora tuvo que darme mucho más vuelto del pactado en primera instancia, más dos moneditas, a pesar de la carencia).
lunes, 3 de noviembre de 2008
Cariño
Para superar los posts previos de carácter asquerosiento —porque, como todos los chicos, este blog también tiene migas del año pasado en los bolsillos, olores indescifrables y pañuelos que deberían ser confiscados—, pasemos a otro tema.
El jueves una banda de floggers humanistas me dio un abrazo gratis en la esquina de Corrientes y Uruguay. Con beso en la mejilla y todo.
Me dejé.
La cercanía de los 27 me pone blanda. Uf.
El jueves una banda de floggers humanistas me dio un abrazo gratis en la esquina de Corrientes y Uruguay. Con beso en la mejilla y todo.
Me dejé.
La cercanía de los 27 me pone blanda. Uf.
viernes, 17 de octubre de 2008
Lealtad
—Mi marido me compró, hace ya muchos años, un conjunto al estilo de Grace Kelly, que le habrá costado 15 mil dólares. Yo me pregunto, esta mistonga, cuando estudiaba en alpargatas en La Plata, ¿se habría podido comprar esas carteras que usa ahora?
Hacer fila en un banco de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, un 17 de octubre, expone a la comisión de botellazos imposibles de sofrenar.
Nada más lejos de mí que una adhesión Kaísta, pero si hay algo que me divierte es ver cómo las viejas chotas de Palermo y Barrio Norte se enardecen con una (al fin de cuentas) colega cocona a la que, por alguna razón setentista, no llegan a reconocer como tal.
Señora bien, con visos de contradicción y dueña de un tono de voz irritante.
Hacer fila en un banco de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, un 17 de octubre, expone a la comisión de botellazos imposibles de sofrenar.
Nada más lejos de mí que una adhesión Kaísta, pero si hay algo que me divierte es ver cómo las viejas chotas de Palermo y Barrio Norte se enardecen con una (al fin de cuentas) colega cocona a la que, por alguna razón setentista, no llegan a reconocer como tal.
domingo, 3 de agosto de 2008
Solidaridad
No nos oponemos a que las amas de casa anhelen la aventura, quieran utilizar las botas nuevas, deseen emperifollar a sus cachorros y busquen opciones para elevar su producción de adrenalina. Incluso, apoyamos su iniciativa, pero, por favor,
Hay personas que están apuradas, otras que llegan tarde y un grupo de ciudadanos, entre los que me cuento, que sufre de las dos dolencias; estos 14 días infernales no nos están haciendo bien.
NO LLEVEN A CABO ESE PROYECTO
EN VACACIONES DE INVIERNO
Y EN LOS PASILLOS DEL SUBTE
Hay personas que están apuradas, otras que llegan tarde y un grupo de ciudadanos, entre los que me cuento, que sufre de las dos dolencias; estos 14 días infernales no nos están haciendo bien.
jueves, 10 de julio de 2008
Safari
Puntos de la ciudad que ponen a prueba las obsesiones del transeúnte:
a. Díaz Velez y Ramos Mejía (Villa Crespo, Capital Federal): si una persona se encuentra caminando por Ramos y le falta mitad de cuadra para llegar a Díaz Velez, es importante que sepa que, si en la esquina de dicha concurrida calle, el semáforo en verde le impide cruzar, con seguridad perderá el colectivo 112 o 15 que, de manera veloz, llega por DV, dobla en RM, levanta pasajeros y se va mientras el desafortunado en cuestión lo corre y trata de gesticular ruegos ante el espejo retrovisor.
b. Estación Plaza de los Virreyes, Línea E de subterráneo (Flores, Capital Federal): si una persona posee una marcada tendencia a llegar tarde (¿qué mirás?), ha de saber que el primer reloj digital con el que se encuentra al bajar la escalera marca 5 minutos más que el que está detrás de la "casita" de control. El primero nos arroja al abismo y el segundo nos hace flotar sólo un rato pensando que esta vez no llegaremos tan tarde.
c. Boletería del tren Roca en la estación Constitución del subterráneo: esa nueva opción abre una grieta de duda y desesperación en los que viajamos y pretendemos tomar el ferrocarril mejor dispuesto a huir de esos andenes inhóspitos. ¿Sacar el boleto bajo tierra y en la superficie? ¿Y si no hay guardas y por cumplir con mi deber de ciudadana con pasaje me pierdo el bendito tren que sale en 2 minutos? ¿Y si hay menos gente arriba que abajo porque todos pensamos que en la superficie debe hacer cola una multitud de pasajeros sin pasaje? ¿Y si no hay trenes y gasto 7 minutos de mi vida buscando un maldito boleto?
Decididamente, la ciudad no ayuda ni un poco a cuidar la maltrecha salud mental con la que sobrevivimos.
a. Díaz Velez y Ramos Mejía (Villa Crespo, Capital Federal): si una persona se encuentra caminando por Ramos y le falta mitad de cuadra para llegar a Díaz Velez, es importante que sepa que, si en la esquina de dicha concurrida calle, el semáforo en verde le impide cruzar, con seguridad perderá el colectivo 112 o 15 que, de manera veloz, llega por DV, dobla en RM, levanta pasajeros y se va mientras el desafortunado en cuestión lo corre y trata de gesticular ruegos ante el espejo retrovisor.
b. Estación Plaza de los Virreyes, Línea E de subterráneo (Flores, Capital Federal): si una persona posee una marcada tendencia a llegar tarde (¿qué mirás?), ha de saber que el primer reloj digital con el que se encuentra al bajar la escalera marca 5 minutos más que el que está detrás de la "casita" de control. El primero nos arroja al abismo y el segundo nos hace flotar sólo un rato pensando que esta vez no llegaremos tan tarde.
c. Boletería del tren Roca en la estación Constitución del subterráneo: esa nueva opción abre una grieta de duda y desesperación en los que viajamos y pretendemos tomar el ferrocarril mejor dispuesto a huir de esos andenes inhóspitos. ¿Sacar el boleto bajo tierra y en la superficie? ¿Y si no hay guardas y por cumplir con mi deber de ciudadana con pasaje me pierdo el bendito tren que sale en 2 minutos? ¿Y si hay menos gente arriba que abajo porque todos pensamos que en la superficie debe hacer cola una multitud de pasajeros sin pasaje? ¿Y si no hay trenes y gasto 7 minutos de mi vida buscando un maldito boleto?
Decididamente, la ciudad no ayuda ni un poco a cuidar la maltrecha salud mental con la que sobrevivimos.
viernes, 6 de junio de 2008
Migajas
Rodriguez Peña, a mitad de camino entre Córdoba y Viamonte (Capital Federal, Buenos Aires).
19:00 pm aprox.
Un coche negro —de esos que son muy lujosos y se encargan de ese color porque parece más sofisticado— estaba mal estacionado en uno de los tramos del cordón de la cuadra por la que yo caminaba.
La patrulla de control vehicular hacía mucho ruido de metales, para indicar "estamos trabajando", pues se aprestaba a colocar el cepo al superauto.
El dueño del superauto —chico-bien de Barrio Norte, con chalina de ésas que si un hombre se las pone en Lanús se tiene que mudar de distrito— le hablaba bien cerca al hombre que hacía la multa y, en un momento, hasta le puso la típica carita de argentino de:
El inspector ponía cara de:
Yo terminé la cuadra, doblé una vereda hacia la izquierda y dejé un sobre en un edificio. Volví por la misma cuadra, casi segura de la decepción.
El chico-bien estaba en su auto, al que había puesto en marcha, continuaba en el lugar prohibido y arreglaba un próximo llamado telefónico con una chica. Debido al depósito de unas minucias financieras a un hombre débil y fácil de confundir en su posición subordinada, posiblemente no se pueda comprar otra chalina esta semana.
A veces espero que la ciudad me sorprenda alguna vez, pero aún las terminales multidireccionales de ómnibus siguen siendo mi meta.
* Aguante el Torino.
19:00 pm aprox.
Un coche negro —de esos que son muy lujosos y se encargan de ese color porque parece más sofisticado— estaba mal estacionado en uno de los tramos del cordón de la cuadra por la que yo caminaba.
La patrulla de control vehicular hacía mucho ruido de metales, para indicar "estamos trabajando", pues se aprestaba a colocar el cepo al superauto.
El dueño del superauto —chico-bien de Barrio Norte, con chalina de ésas que si un hombre se las pone en Lanús se tiene que mudar de distrito— le hablaba bien cerca al hombre que hacía la multa y, en un momento, hasta le puso la típica carita de argentino de:
"Papá, ¿cómo me vas a hacer esto a mí? ¡Mirá qué lindo chiche te dejé estacionado en esta calle apestosa! ¿Viste qué lindo queda? Si te hubiera encajado un Torino*, vaya y pase, ¿pero vos viste a esta belleza?".
El inspector ponía cara de:
"Así son las leyes, yo no puedo ser flexible con vos".
Yo terminé la cuadra, doblé una vereda hacia la izquierda y dejé un sobre en un edificio. Volví por la misma cuadra, casi segura de la decepción.
El chico-bien estaba en su auto, al que había puesto en marcha, continuaba en el lugar prohibido y arreglaba un próximo llamado telefónico con una chica. Debido al depósito de unas minucias financieras a un hombre débil y fácil de confundir en su posición subordinada, posiblemente no se pueda comprar otra chalina esta semana.
A veces espero que la ciudad me sorprenda alguna vez, pero aún las terminales multidireccionales de ómnibus siguen siendo mi meta.
* Aguante el Torino.
miércoles, 21 de mayo de 2008
GenteComoUno
Que una señora, en la fila de la panadería, en menos de 2', diga "en un viaje al exterior que hice" y "Automóvil Club Argentino", es algo que sólo ocurre en las inmediaciones del Alto Palermo. Y encima me lo comenta a mí, como si me importara o como si pudiera seguir una conversación con esos tópicos. I am from Lanús, Mrs. ApellidouCompuestou.
sábado, 22 de marzo de 2008
Triunfalismo
(Publicidad colgada a la altura de los ojos del que se sienta en un inodoro instalado en el baño de un shopping)
¿En cuál ciudad viven?
Porque en la que yo vivo —que es donde se encontraba también este aviso—, cada tres minutos puedo percibir:
pero un éxito cada tres minutos, eso sí que no lo he vivido.
Milagros de la música pop sólo para entendidos.
AL RITMO DE TU CIUDAD
FM BLA, BLA, BLA
UN ÉXITO CADA TRES MINUTOS
¿En cuál ciudad viven?
Porque en la que yo vivo —que es donde se encontraba también este aviso—, cada tres minutos puedo percibir:
embotellamientos
oleadas de fastidio respirable
insultos y reconvenciones algo fascistoides
niños sin nada que necesitan todo
animales enflaquecidos viviendo los reveses del cariño snob
gente con ganas de huir y preguntándose cuándo viene el próximo fin de semana largo
pero un éxito cada tres minutos, eso sí que no lo he vivido.
Milagros de la música pop sólo para entendidos.
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