viernes, 6 de junio de 2008

Migajas

Rodriguez Peña, a mitad de camino entre Córdoba y Viamonte (Capital Federal, Buenos Aires).
19:00 pm aprox.

Un coche negro —de esos que son muy lujosos y se encargan de ese color porque parece más sofisticado— estaba mal estacionado en uno de los tramos del cordón de la cuadra por la que yo caminaba.
La patrulla de control vehicular hacía mucho ruido de metales, para indicar "estamos trabajando", pues se aprestaba a colocar el cepo al superauto.
El dueño del superauto —chico-bien de Barrio Norte, con chalina de ésas que si un hombre se las pone en Lanús se tiene que mudar de distrito— le hablaba bien cerca al hombre que hacía la multa y, en un momento, hasta le puso la típica carita de argentino de:

"Papá, ¿cómo me vas a hacer esto a mí? ¡Mirá qué lindo chiche te dejé estacionado en esta calle apestosa! ¿Viste qué lindo queda? Si te hubiera encajado un Torino*, vaya y pase, ¿pero vos viste a esta belleza?".

El inspector ponía cara de:

"Así son las leyes, yo no puedo ser flexible con vos".

Yo terminé la cuadra, doblé una vereda hacia la izquierda y dejé un sobre en un edificio. Volví por la misma cuadra, casi segura de la decepción.
El chico-bien estaba en su auto, al que había puesto en marcha, continuaba en el lugar prohibido y arreglaba un próximo llamado telefónico con una chica. Debido al depósito de unas minucias financieras a un hombre débil y fácil de confundir en su posición subordinada, posiblemente no se pueda comprar otra chalina esta semana.
A veces espero que la ciudad me sorprenda alguna vez, pero aún las terminales multidireccionales de ómnibus siguen siendo mi meta.

* Aguante el Torino.

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