Ayer, en la línea E les tocó el turno a los conductores parsimoniosos, de ésos que están decididos a llevar adelante la revolución y no llevar a sus pasajeros al trabajo, a sus compromisos familiares o a las obligaciones que deliberadamente han impuesto sus jefes. Por eso, para que nos diéramos cuenta del inmenso gesto de voluntad política, el enviado para nuestra formación caminó a velocidad crucero roto por el andén, hasta llegar al primer vagón. Pese a que me contenía con estoicismo, me senti estallar de indignación cuando entró por la puerta del medio a saludar a un conocido, salió al andén y volvió a entrar por la puerta del extremo para ingresar a la cabina de conducción.
Es decir, entró por el medio, salió y volvió a entrar al vagón 2 metros después.
Me hizo acordar al chiste del ladrón tonto que hace un boquete para entrar al negocio y otro para escaparse.
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viernes, 26 de agosto de 2011
domingo, 11 de abril de 2010
Dulzura
Mi papá, oficiando de progenitor de dos hijas que ya están grandecitas, tiene un problema de referencia: como se acostumbró a pensar que todas las nenas amigas de sus hijas eran como sus hijas, ahora asocia a todas las mujeres de la edad de sus hijas como también si lo fueran. En eso, no ha cambiado. Cuando yo trabajaba en una redacción, él pasaba a la hora del almuerzo para regalarme un chocolate y, como siempre tenía que dejarlo en la recepción, terminó por llevarle chocolates también a la recepcionista. Por eso, me vi obligada a decirle a la chica:
—Agarrá los chocolates tranquila; mi padre no te quiere levantar. Lo que pasa es que todas las chicas cercanas a mi edad se unifican, para él, en la figura de su hija. Es más: si querés pedirle otra golosina en lugar de ésa, avisale que te la trae feliz y contento.
Ayer, hablando por teléfono, me cuenta que en su seguidilla de análisis médicos le llevó un chocolate a la recepcionista, porque hacía varias mañanas que la veía. Aún sabiendo que es un adorable, otra vez la obligación aclaratoria volvió a mi mente, pero me encontré con sorpresas:
—Pá, es simpático lo que hacés, pero cuidá el público. Por ahí, estás quedando como un viejo verde y no te das cuenta.
—¡Pero no, nena! Si estaba con tu madre al lado. Además, te podrás imaginar que no estaba como para hacerme el galán.
—¿Por qué?
—Porque la chica estaba viendo en mi historia clínica que había venido a hacer una ecografía de próstata. Hubiera sido un papelón. Y además, también le llevé un chocolate al médico. Un Dos Corazones.
—¿Dos Corazones, papá? Ése es un chocolate muy manfloro, ¿cómo le llevaste eso?
—No, boba, era un chiste. Le llevé un Shot.
—Ah, bueno, por lo menos es un chocolate más macho.
—Y, sí, ¿qué le voy a llevar a la mañana? ¿Un vino? ¿Estuve mal?
Chan, chan.
—Agarrá los chocolates tranquila; mi padre no te quiere levantar. Lo que pasa es que todas las chicas cercanas a mi edad se unifican, para él, en la figura de su hija. Es más: si querés pedirle otra golosina en lugar de ésa, avisale que te la trae feliz y contento.
Ayer, hablando por teléfono, me cuenta que en su seguidilla de análisis médicos le llevó un chocolate a la recepcionista, porque hacía varias mañanas que la veía. Aún sabiendo que es un adorable, otra vez la obligación aclaratoria volvió a mi mente, pero me encontré con sorpresas:
—Pá, es simpático lo que hacés, pero cuidá el público. Por ahí, estás quedando como un viejo verde y no te das cuenta.
—¡Pero no, nena! Si estaba con tu madre al lado. Además, te podrás imaginar que no estaba como para hacerme el galán.
—¿Por qué?
—Porque la chica estaba viendo en mi historia clínica que había venido a hacer una ecografía de próstata. Hubiera sido un papelón. Y además, también le llevé un chocolate al médico. Un Dos Corazones.
—¿Dos Corazones, papá? Ése es un chocolate muy manfloro, ¿cómo le llevaste eso?
—No, boba, era un chiste. Le llevé un Shot.
—Ah, bueno, por lo menos es un chocolate más macho.
—Y, sí, ¿qué le voy a llevar a la mañana? ¿Un vino? ¿Estuve mal?
Chan, chan.
sábado, 16 de agosto de 2008
Conjuro
Y de repente, recuperé la sensibilidad urbana —después de tesinas y presentaciones— para escuchar esto:
Contexto: en uno de esos pútridos festejos de cumpleaños en Mc. Donalds, un niño descubrió que el sitio de juegos no era tan ergodinámico como se pretendía y lesionó su pómulo contra alguna superficie en punta. La empleada encargada de la diversión, viendo llegar el Averno en plena Av. Santa Fe esq. Pueyrredón, decidió darle su gorro de jean y consolarlo sin demostrar desesperación, estado que el chico —dado que es un chico— podría aprovechar sabiamente hasta el abismo.
No sé cuál de las dos percepciones es más escalofriante: si la de no parecer más un niño cuando se lo es, o la de laborar pacientemente en los boliches de ese payaso fantasmagórico.
"¿Viste? ¡La gente pensaba que no eras un nene, que estabas trabajando acá!"
Contexto: en uno de esos pútridos festejos de cumpleaños en Mc. Donalds, un niño descubrió que el sitio de juegos no era tan ergodinámico como se pretendía y lesionó su pómulo contra alguna superficie en punta. La empleada encargada de la diversión, viendo llegar el Averno en plena Av. Santa Fe esq. Pueyrredón, decidió darle su gorro de jean y consolarlo sin demostrar desesperación, estado que el chico —dado que es un chico— podría aprovechar sabiamente hasta el abismo.
No sé cuál de las dos percepciones es más escalofriante: si la de no parecer más un niño cuando se lo es, o la de laborar pacientemente en los boliches de ese payaso fantasmagórico.
viernes, 2 de mayo de 2008
Rapiña
(Supermercado Eki, barrio de Flores, Capital Federal)
Cajera: ¿Querés donar tus 8 centavos a Cáritas?
Laura: No, no me cae bien Cáritas.
OK, me iré al infierno, ¿pero por qué razón deberíamos financiar la parafernalia de las viejas aristocráticas que hacen uso de los supermercados de (falso, falsísimo) descuento para lograr un dinero que ellas pueden aportar multiplicado por millones?
La caridad empieza por casa, mas nunca por las mansiones ni por los pisos de Libertador.
Cajera: ¿Querés donar tus 8 centavos a Cáritas?
Laura: No, no me cae bien Cáritas.
OK, me iré al infierno, ¿pero por qué razón deberíamos financiar la parafernalia de las viejas aristocráticas que hacen uso de los supermercados de (falso, falsísimo) descuento para lograr un dinero que ellas pueden aportar multiplicado por millones?
La caridad empieza por casa, mas nunca por las mansiones ni por los pisos de Libertador.
martes, 27 de noviembre de 2007
Rebaño
Yo soy el mejor vendedor del mundo.
Dirija a las personas, no al trabajo.
El monje qúe tenía un Mercedes Benz (o algo así)
Fracasos exitosos.
Cada vez me da un poco más de miedo lo que lee la gente en el colectivo.
Sobre todo, porque yo sé cómo se hacen esos libros.
Y, además, porque estoy convencida de que los peores son esos: los empleados de rango subterráneo que esperan, sin desanimarse —y leyendo esas bazofias—, el momento en que, como señal de pertenencia, su jefe les regale la posibilidad de no marcar tarjeta de entrada todos los malditos días a las 8,30 (en verdad, porque ya se han dado cuenta de que llegan temprano solitos: no hace falta gastar el sensor para ellos).
Dirija a las personas, no al trabajo.
El monje qúe tenía un Mercedes Benz (o algo así)
Fracasos exitosos.
Cada vez me da un poco más de miedo lo que lee la gente en el colectivo.
Sobre todo, porque yo sé cómo se hacen esos libros.
Y, además, porque estoy convencida de que los peores son esos: los empleados de rango subterráneo que esperan, sin desanimarse —y leyendo esas bazofias—, el momento en que, como señal de pertenencia, su jefe les regale la posibilidad de no marcar tarjeta de entrada todos los malditos días a las 8,30 (en verdad, porque ya se han dado cuenta de que llegan temprano solitos: no hace falta gastar el sensor para ellos).
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