Y como la revolución empieza por casa, este blog se ha ocupado sistemáticamente de detectar y pintar con fosforescente a las representantes del sexo femenino que, día tras día, se empeñan en representar de manera horrorosa su condición. Así es como este espacio se ha encargado con furia de las LaMes, de las viejas chotas, de las abusivas que hacen pies tontos a la fila en la verdulería, de las haceteleras, y de las murgueras. En esta ocasión, quisiera dirigir el insulto cotidiano a otra variedad de mujer que atenta claramente contra el gremio: la acompañante del conductor. Como surge explícitamente de su posición en el vehículo, no maneja —por lo menos en ese momento—, pero está convencida de que puede esquivar los riesgos del volante aprovechando el beneficio de la puteada y la queja hacia otras conductoras como una forma de plantear competencia, tal vez mitigar un poco de resentimiento y, por supuesto, ligar una sardina tirada al aire cuando diga "viste, mi amor, por eso dejo que siempre me lleves vos".
Existen diversas clases de este especimen que hemos denominado "la mal llevada":
- La que te mira con desprecio desde la ventanilla, como indicando tu idiota decisión de no buscarte un conductor responsable con anatomía fálica. Esto funciona especialmente cuando las mal llevadas circulan a bordo de camionetas gigantes.
- La que imita el gesto del maleducado que la transporta, con notable indignación: mueve las manos indicando "correte de una vez", "estás loca", "sos un desastre", o "qué barbaridad".
- La que se hace cargo de la demanda del señor que la puso dentro del auto, y entonces se vuelve mucho más enfática que él, no sólo con los gestos sino que puede aprovechar que tu posición como conductora se choca con su lugar de acompañante; de este modo, baja la ventanilla y te dedica unas buenas palabras de yegua.
En cualquiera de sus tres variantes, las mal llevadas se merecen una sanción disciplinaria grave por parte de nuestro tribunal. Su resentimiento perezoso no debe molestarnos en la ruta, nabas.
Mostrando entradas con la etiqueta ira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ira. Mostrar todas las entradas
sábado, 21 de abril de 2012
viernes, 5 de agosto de 2011
Solidario
"Mauricio: ya te votamos. Ahora haceme la vereda".
Pasacalle en una esquina de Av. Cobo al 1100.
Creo que la pauta del voto macrista podemos encontrarla en el tan gracioso como indignante pedido de este ciudadano* que se cree merecedor de los privilegios políticos; tal como le pide "haceme la vereda" le podría haber encargado un pebete de jamón y queso como premio para su elección egoísta y chanta. De más está decir que al votante barato ése que se dio el lujo de gastar en un cartel callejero, no le deseo baldosas nuevas: sólo espero una réplica de los cráteres urbanos de Guatemala en la puerta de su casa, un lunes a las 8 am y justo cuando ve llegar su colectivo a la parada.
* Sí, ya sé, puede ser una mujer exponente del viejachotismo. Pero me queda feo el "/a" y si alguien me propone poner el bobo "x" (ciudadanx) lo voy a buscar a la casa para insultarlo.
viernes, 29 de abril de 2011
Colaboradores
Las prácticas de manejo en el barrio me están dejando exhausta, pero mi cansancio no proviene del volante, sino de la mirada ajena. En efecto, me intriga e indigna cada vez más la insuperable curiosidad maligna del vecino, ésa que te ve estacionar en 32 maniobras y te mira con cara de "tomate un colectivo y dejanos a todos a salvo, nena". En mis recorridos más antropológicos que virtuosos, descubrí tres especímenes dignos del insulto a viva voz y con el matafuegos en la mano, ahora que puedo tenerlo:
1. El celoso de la cochera: el tipo ve que hay 4 personas que te van indicando "un poco más, dale, ahí, pará, sacalo de nuevo", pero aún así considera que sos una conductora maleducada que va a estacionar el auto, para siempre, en su bienamada entrada de garage. Jamás piensa que un lugar para estacionar, cuando no está inmediatamente solicitado, es una gran oportunidad para practicar el aparque en un "contexto protegido" solamente por un rato: no, necesita salir de su casa (con el auto guardado y sin necesidad de salir, claro), para indicarte "ni se te ocurra dejarlo acá, eh?".
2. La vieja cuidadosa del mandato masculino: y se merece que le digan "la vieja" porque su cara de escándalo cuando me ve practicar le hace ganar la caracterización irrespetuosa. A través de sus anteojos gigantes, que le agrandan los ojos hasta que parece un topo, mira con ganas de llamar a la policía para que me pidan documentos y me recomienden que un señor de mi entorno tome el poder en el vehículo. Cree sinceramente que hay que nacer sabiendo y que, para ello, hay que nacer hombre.
3. El machista pasea-perros: un hombre rutinario que sale a la misma hora, todos los días, para pasear un can medio bobo que está harto de que le dé idéntica vuelta ad infinitum. Salir a practicar a horarios similares, por la noche, aunque sea para poner en marcha el auto, es una manera ineludible de hallarlo caminando por la vereda, con los ojos clavados en mi volante y descuidado de si al perro lo abducen los ovnis 20 metros más adelante: está esperando que raye con intensidad al auto de adelante y que, como es obvio, me largue a llorar.
Espécimenes indeseables, cuando tenga el registro, les dedicaré un "in your face" apenas los vea. Múdense, tiren los anteojos o pónganle control remoto al perro, porque voy por ustedes.
1. El celoso de la cochera: el tipo ve que hay 4 personas que te van indicando "un poco más, dale, ahí, pará, sacalo de nuevo", pero aún así considera que sos una conductora maleducada que va a estacionar el auto, para siempre, en su bienamada entrada de garage. Jamás piensa que un lugar para estacionar, cuando no está inmediatamente solicitado, es una gran oportunidad para practicar el aparque en un "contexto protegido" solamente por un rato: no, necesita salir de su casa (con el auto guardado y sin necesidad de salir, claro), para indicarte "ni se te ocurra dejarlo acá, eh?".
2. La vieja cuidadosa del mandato masculino: y se merece que le digan "la vieja" porque su cara de escándalo cuando me ve practicar le hace ganar la caracterización irrespetuosa. A través de sus anteojos gigantes, que le agrandan los ojos hasta que parece un topo, mira con ganas de llamar a la policía para que me pidan documentos y me recomienden que un señor de mi entorno tome el poder en el vehículo. Cree sinceramente que hay que nacer sabiendo y que, para ello, hay que nacer hombre.
3. El machista pasea-perros: un hombre rutinario que sale a la misma hora, todos los días, para pasear un can medio bobo que está harto de que le dé idéntica vuelta ad infinitum. Salir a practicar a horarios similares, por la noche, aunque sea para poner en marcha el auto, es una manera ineludible de hallarlo caminando por la vereda, con los ojos clavados en mi volante y descuidado de si al perro lo abducen los ovnis 20 metros más adelante: está esperando que raye con intensidad al auto de adelante y que, como es obvio, me largue a llorar.
Espécimenes indeseables, cuando tenga el registro, les dedicaré un "in your face" apenas los vea. Múdense, tiren los anteojos o pónganle control remoto al perro, porque voy por ustedes.
martes, 24 de agosto de 2010
Enemiga
Cuando está ella, el colectivero jamás te devuelve el saludo.
Cuando está ella, él puede deglutirse todos los semáforos de una avenida con onda verde, sin remordimiento.
Cuando está ella, todas las infracciones del chofer son sexies.
Cuando está ella, sus malagenteadas con los pasajeros a los que deja varados en una parada, son divertidas y de chico malo.
Ella es La Mercenaria, alias "LaMe".
Suele portar tintura de tonalidad dudosa y risotada ídem. Aunque su perfil es versátil y puede esconderse detrás de cualquier ropaje y recorrido, hay que recordar que hay dos tipos de LaMe: la de colectivo lleno y la de colectivo vacío. La primera se aferra al asiento del colectivero, como si quisiera marcarse en el cuerpo las rendijas del respaldo. La segunda se sienta en el primer asiento, se inclina hacia adelante para usufructuar su escote inimputable —por poco o por demasiado.
En cualquiera de sus versiones, la LaMe es la peor enemiga del pasajero tradicional y tranquilo*, que sólo quiere estirar su mano, que el colectivo frene, lo deje subir y le marque el precio del boleto. A partir de la existencia de la LaMe, esto es más difícil, porque ella tiende a incurrir en ciertas acciones conspirativas, a saber:
La LaMe es peor que el viejo que se adhiere a los primeros metros del pasillo y no deja pasar a nadie; es más molesta que el asqueroso que no se lava la campera durante todo el invierno; es más cruel que el que se duerme en el asiento reservado para la donación; es más irritante que los chicos que hablan durante 1 hora completa de viaje. La Mercenaria es la traición sobre ruedas ajenas, a las que sube gratis. Y debe ser motivo de odio popular, porque cuando nosotros salgamos con antorchas para prender fuego las líneas de transporte que siempre nos fallaron, ellas van a salir con minifalda y balde de agua para ahogar nuestra sabia y justa misión. LaMes, la guerra está declarada, así que háganse las raíces.
* Esto no incluye a la gente que golpea con las monedas el vidrio de la puerta.
** Si el chofer está en pareja, la LaMe se vuelve polifacética e ingresa también en las categorías de yegua zorra adversaria del gremio femenino. Sí, yo también pienso que la culpa no es del chancho sino del que le da de comer, pero esta chancha no debería zafar.
Cuando está ella, él puede deglutirse todos los semáforos de una avenida con onda verde, sin remordimiento.
Cuando está ella, todas las infracciones del chofer son sexies.
Cuando está ella, sus malagenteadas con los pasajeros a los que deja varados en una parada, son divertidas y de chico malo.
Ella es La Mercenaria, alias "LaMe".
Suele portar tintura de tonalidad dudosa y risotada ídem. Aunque su perfil es versátil y puede esconderse detrás de cualquier ropaje y recorrido, hay que recordar que hay dos tipos de LaMe: la de colectivo lleno y la de colectivo vacío. La primera se aferra al asiento del colectivero, como si quisiera marcarse en el cuerpo las rendijas del respaldo. La segunda se sienta en el primer asiento, se inclina hacia adelante para usufructuar su escote inimputable —por poco o por demasiado.
En cualquiera de sus versiones, la LaMe es la peor enemiga del pasajero tradicional y tranquilo*, que sólo quiere estirar su mano, que el colectivo frene, lo deje subir y le marque el precio del boleto. A partir de la existencia de la LaMe, esto es más difícil, porque ella tiende a incurrir en ciertas acciones conspirativas, a saber:
- Celebra al bondiman perezoso que deja a pie a alguien sólo porque le da pereza cambiarse de carril.
- Se divierte con el aguerrido que, cuando pasaron 2 segundos del rojo en el semáforo, pasa igual para demostrar su inconformismo con la seguridad vial.
- Entabla la discordia entre compañeros de trabajo porque sugiere cuál es el que "se deja estar" para que el otro frene en todas las paradas, así como defiende al que la lleva gratis cuando elige ese modo disimulado de trabajar.
- Consigue el número de celular del chofer para mandarle un chiste los fines de semana, cuando tiene que pagar boleto**.
La LaMe es peor que el viejo que se adhiere a los primeros metros del pasillo y no deja pasar a nadie; es más molesta que el asqueroso que no se lava la campera durante todo el invierno; es más cruel que el que se duerme en el asiento reservado para la donación; es más irritante que los chicos que hablan durante 1 hora completa de viaje. La Mercenaria es la traición sobre ruedas ajenas, a las que sube gratis. Y debe ser motivo de odio popular, porque cuando nosotros salgamos con antorchas para prender fuego las líneas de transporte que siempre nos fallaron, ellas van a salir con minifalda y balde de agua para ahogar nuestra sabia y justa misión. LaMes, la guerra está declarada, así que háganse las raíces.
* Esto no incluye a la gente que golpea con las monedas el vidrio de la puerta.
** Si el chofer está en pareja, la LaMe se vuelve polifacética e ingresa también en las categorías de yegua zorra adversaria del gremio femenino. Sí, yo también pienso que la culpa no es del chancho sino del que le da de comer, pero esta chancha no debería zafar.
domingo, 11 de julio de 2010
Derrotero
El decálogo de todo lo que te pasa cuando te vas enojada, muy enojada, de tu casa (jurando no volver):
1. Armás una mochila y ponés la crema humectante, así como la pinza de depilar. Tonto, muy tonto.
2. Salís a la calle, mal vestida y con un humor de perros, y está ese vecino inútil, el esposo de la "limpia de la puerta para adentro" que ya ha sido tematizada en este blog. El tipo contrató a otros tipos para que cortasen las ramas de un frondoso árbol de la vereda que comparten. Lo putearías, pero el riesgo es largarte a llorar en medio de las imprecaciones. En consecuencia, no podés resistirte a su acción autoritaria y, mientras insultás a la cerradura porque la llave no logra cerrar la puerta, el vecino te mira en ese estado deplorable.
3. Esperás el peor colectivo de todas tus opciones. Ése que pasa, te mira y no te para. Le hacés fuck you y esperás el próximo, que hace exactamente lo mismo.
3. Debido al punto 2), esperás 1 hora el colectivo y decís "es una señal de que no me tengo que ir, el transporte público me lo indica".
4. Llega el colectivo, y se detiene en la parada. Pensás "es una señal de que me tengo que ir, el transporte público me lo indica". Subís y pedís "umobeintibinco, borbabor".
5. En cada unidad de transporte de pasajeros, siempre hay por lo menos 1 persona que viaja por un motivo indeseable, triste o depresivo. Ajo y agua, esa vacante del día la ocupás vos. Sentís que todos te miran.
6. Bajás en una esquina, que podría ser cualquier otra, y durante 5 veredas caminás detrás de una parejita que parece adorarse. Son sólo 5 veredas, porque ellos tienen planes y entran en un bar. Vos no tenés planes, no, no, no, y seguís caminando.
7. En el piso, encontrás un naipe de póquer: el 5 de corazones. Lagrimeás y tratás de encontrarle un sentido filosófico —el número impar, el amor, qué sé yo—, mientras evaluás llevártelo como souvenir de la tristeza o seguir de largo. Continuás caminando.
8. Luego de mucho tiempo de deambular, en el que te das cuenta de que Buenos Aires es la peor ciudad del mundo para sentirse mal, pedís auxilio en lo de una amiga. Dejás la mochila que te estaba lacerando la espalda y tratás de recomponer en 50 cm2 un poco de tu vida cotidiana, la que hubieras hecho si fuera un día normal. Sacás un libro y empezás a estudiar. O hacés que sacás un libro y empezás a estudiar.
9. Ponés una leyenda en facebook. Horrible. Idiota. Adolescente. Lo único que falta es que tipees con la pinza de depilar que te guardaste para tu vida solitaria.
10. Pasan las horas, los consuelos y los mensajes de texto. Decidís volver, de madrugada. No vas a buscar la mochila con la ropa, que quedó en la casa de tu amiga, y ahora te faltan pantalones limpios para toda la semana. Regresás y descubrís que nada ha cambiado tanto; oscilás entre "no debería haber vuelto" y un "para qué merda estuve yirando todo el día, incómoda y sin mate". ¿Dónde quedó el valor transformador de la ausencia?
1. Armás una mochila y ponés la crema humectante, así como la pinza de depilar. Tonto, muy tonto.
2. Salís a la calle, mal vestida y con un humor de perros, y está ese vecino inútil, el esposo de la "limpia de la puerta para adentro" que ya ha sido tematizada en este blog. El tipo contrató a otros tipos para que cortasen las ramas de un frondoso árbol de la vereda que comparten. Lo putearías, pero el riesgo es largarte a llorar en medio de las imprecaciones. En consecuencia, no podés resistirte a su acción autoritaria y, mientras insultás a la cerradura porque la llave no logra cerrar la puerta, el vecino te mira en ese estado deplorable.
3. Esperás el peor colectivo de todas tus opciones. Ése que pasa, te mira y no te para. Le hacés fuck you y esperás el próximo, que hace exactamente lo mismo.
3. Debido al punto 2), esperás 1 hora el colectivo y decís "es una señal de que no me tengo que ir, el transporte público me lo indica".
4. Llega el colectivo, y se detiene en la parada. Pensás "es una señal de que me tengo que ir, el transporte público me lo indica". Subís y pedís "umobeintibinco, borbabor".
5. En cada unidad de transporte de pasajeros, siempre hay por lo menos 1 persona que viaja por un motivo indeseable, triste o depresivo. Ajo y agua, esa vacante del día la ocupás vos. Sentís que todos te miran.
6. Bajás en una esquina, que podría ser cualquier otra, y durante 5 veredas caminás detrás de una parejita que parece adorarse. Son sólo 5 veredas, porque ellos tienen planes y entran en un bar. Vos no tenés planes, no, no, no, y seguís caminando.
7. En el piso, encontrás un naipe de póquer: el 5 de corazones. Lagrimeás y tratás de encontrarle un sentido filosófico —el número impar, el amor, qué sé yo—, mientras evaluás llevártelo como souvenir de la tristeza o seguir de largo. Continuás caminando.
8. Luego de mucho tiempo de deambular, en el que te das cuenta de que Buenos Aires es la peor ciudad del mundo para sentirse mal, pedís auxilio en lo de una amiga. Dejás la mochila que te estaba lacerando la espalda y tratás de recomponer en 50 cm2 un poco de tu vida cotidiana, la que hubieras hecho si fuera un día normal. Sacás un libro y empezás a estudiar. O hacés que sacás un libro y empezás a estudiar.
9. Ponés una leyenda en facebook. Horrible. Idiota. Adolescente. Lo único que falta es que tipees con la pinza de depilar que te guardaste para tu vida solitaria.
10. Pasan las horas, los consuelos y los mensajes de texto. Decidís volver, de madrugada. No vas a buscar la mochila con la ropa, que quedó en la casa de tu amiga, y ahora te faltan pantalones limpios para toda la semana. Regresás y descubrís que nada ha cambiado tanto; oscilás entre "no debería haber vuelto" y un "para qué merda estuve yirando todo el día, incómoda y sin mate". ¿Dónde quedó el valor transformador de la ausencia?
jueves, 17 de diciembre de 2009
Pirotecnia
Ya se ha mencionado, en años precedentes, lo bodrioso que me resultan las fiestas navideñas. Cada diciembre, refrendo mi sensación de agobio. No obstante, observo que muchas personas se cargan de nuevos bríos, distintos o intensificados con respecto a los que gobiernan sus noviembres. De alegría, de cansancio, de tristeza o de fobia, la variedad de sus aires decembrinos es tan amplia como, súbitamente, peligrosa. Así lo descubrí a bordo del colectivo 141.
Una mujer, con apariencia frágil y suave, tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Esa "próxima" estaba a dos veredas de su ring; aún así, el chofer frenó con bestialidad para depositarla en ese lugar. Pero no: ella no quería ahí, sino cruzando J. B. Alberdi, así que le indicó con el movimiento circular de sus índices hacia adelante —como indicando "otra más", "avanzamos" o algo así— que quería bajarse en la siguiente posta. Yo estaba sentada delante suyo, en la hilera de varios asientos del fondo del colectivo, así que escuché cómo se dirigía a otra delicada señora que estaba sentada al lado mío. Reproducción del monólogo:
—¿Qué se cree? No me voy a bajar ahí, ¡con lo que cuesta cruzar Alberdi! Que me deje en la siguiente cuadra. Pero ahora vas a ver: seguro que me lleva hasta Directorio, de la bronca porque lo hice frenar.
(Aclaración: con todo lo que me peleo con los colectivos, esta vez era obvio que iba a seguir hasta Directorio, puesto que antes no había parada. A pesar de ello, la mujer le tocó timbre apenas cruzó Alberdi. El chofer pasó la vereda deseada de la pasajera y siguió de largo. Continúa monólogo)
—¿Qué te dije? Claro, ahora me va a bajar en Directorio. Qué lástima que una no tiene un revólver ahora como para pegarle tres tiros en la cabeza.
La mujer de al lado le contestó algo como "y, sí, la verdad que sí...", descuidando no sólo al pobre colectivero, sino a su propio cronograma, pues era obvio que un conductor con los sesos desparramados por el espejo envuelto con peluche nos retrasaría el viaje. La protagonista de este viaje, pensando en la injusticia de la no-portación de armas a tiempo, se despidió del chofer con un "muchas gracias, igual" y bajó indignada. Los mismos que piden a los gritos seguridad en lugar de justicia son los que se sienten aptos para —si tuvieran los medios necesarios— convertir su propia intolerancia en inseguridad para los demás. De terror.
Una mujer, con apariencia frágil y suave, tocó el timbre para bajar en la próxima parada. Esa "próxima" estaba a dos veredas de su ring; aún así, el chofer frenó con bestialidad para depositarla en ese lugar. Pero no: ella no quería ahí, sino cruzando J. B. Alberdi, así que le indicó con el movimiento circular de sus índices hacia adelante —como indicando "otra más", "avanzamos" o algo así— que quería bajarse en la siguiente posta. Yo estaba sentada delante suyo, en la hilera de varios asientos del fondo del colectivo, así que escuché cómo se dirigía a otra delicada señora que estaba sentada al lado mío. Reproducción del monólogo:
—¿Qué se cree? No me voy a bajar ahí, ¡con lo que cuesta cruzar Alberdi! Que me deje en la siguiente cuadra. Pero ahora vas a ver: seguro que me lleva hasta Directorio, de la bronca porque lo hice frenar.
(Aclaración: con todo lo que me peleo con los colectivos, esta vez era obvio que iba a seguir hasta Directorio, puesto que antes no había parada. A pesar de ello, la mujer le tocó timbre apenas cruzó Alberdi. El chofer pasó la vereda deseada de la pasajera y siguió de largo. Continúa monólogo)
—¿Qué te dije? Claro, ahora me va a bajar en Directorio. Qué lástima que una no tiene un revólver ahora como para pegarle tres tiros en la cabeza.
La mujer de al lado le contestó algo como "y, sí, la verdad que sí...", descuidando no sólo al pobre colectivero, sino a su propio cronograma, pues era obvio que un conductor con los sesos desparramados por el espejo envuelto con peluche nos retrasaría el viaje. La protagonista de este viaje, pensando en la injusticia de la no-portación de armas a tiempo, se despidió del chofer con un "muchas gracias, igual" y bajó indignada. Los mismos que piden a los gritos seguridad en lugar de justicia son los que se sienten aptos para —si tuvieran los medios necesarios— convertir su propia intolerancia en inseguridad para los demás. De terror.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Primamerda*
(Comienzo con una fórmula trillada de Insolada)
En días como hoy, me pondría a llorar en el medio de Av. Rivadavia.
Odio todos los "Día de...", porque siento que obligan a que uno la pase genial con un montón de gente en el mundo que se esfuerza para lo mismo, pero de diferentes maneras, todas contradictorias y contraproducentes. El resultado, obvio, siempre es horroroso:
Eureka.
* El primer título que se me ocurrió es "Primaverga", pero me pareció un poco guarango.
En días como hoy, me pondría a llorar en el medio de Av. Rivadavia.
Odio todos los "Día de...", porque siento que obligan a que uno la pase genial con un montón de gente en el mundo que se esfuerza para lo mismo, pero de diferentes maneras, todas contradictorias y contraproducentes. El resultado, obvio, siempre es horroroso:
- Me puse la polera que niega mi descenso de peso. Polera, además, en un día primaveral.
- Me miré en los espejos de baños de tres puertas, que multiplican el reflejo, y observé cuan poco me gusta mi perfil, poco anguloso y demasiado redondeado.
- Mi hermana consideró que podía des-tratarme bien sin demasiadas contemplaciones; me enojé (tal vez de más) y renuncié al recital de una de mis bandas favoritas que, por supuesto, habrá sido genial.
- El negocio de comida para La Negra, que no cierra jamás, esta vez no me abrió la puerta.
- Por filantropía, le prometí a mi profesora de gimnasia que iría al nuevo horario de las 20 hs. para hacer el aguante y llenar con más adeptas el curso nocturno, pero cuando llegué 20:05, no había ido nadie y el salón estaba cerrado y apagado. Me había tomado un colectivo por 6 cuadras, para hacer más rápido.
Si usted muere hoy, ¿dónde pasará la eternidad?
Si usted no está seguro, sintonice la emisora cuya frecuencia está indicada al otro lado de esta tarjeta.
(y al dorso...)
91.1 FM
¡Sintonícenos! EMISORA TOTALMENTE CRISTIANA
Eureka.
* El primer título que se me ocurrió es "Primaverga", pero me pareció un poco guarango.
miércoles, 20 de mayo de 2009
NS/NC
De todas las especies que pueblan la fauna social de los afectos, el personaje del evasivo es, por lejos, el que más urticaria me causa.
Ése que cree que lo que se dice nunca le está dirigido; el que considera que nada de lo que hace es tan grave como para generar un problema; el que cree que no está metido en el asunto; el que cree que la responsabilidad es del otro; el que cree que el paso del tiempo lo atenúa todo; el que cree que si no te ve por un tiempo te olvidás; el que cree que si cambia de tema se puede barrer el problema debajo de la alfombra; el que cree que si está mal de ánimo se le perdona todo; el que cree que si está bien de ánimo se le perdona todo; el que cree que porque lo querés lo vas a aguantar así, sin autocrítica; el que no sabe nada de vos pero te derrama todas sus noticias como si fueran un bidón de jugo Suin puro; el que no pregunta sobre tu vida para no meterse en terreno desconocido pero te informa a fondo sobre la suya sin que esboces ni un interrogante retórico; el que cree que no tiene que dar explicaciones por nada; el que cree que la forma en la que se dicen las cosas no importa; el que cree que vos siempre podés comprender; el que cree que si es malo de memoria es impune.
Y no es así. Para qué mentirle, aunque es cierto que tampoco le importan mucho las verdades.
Ése que cree que lo que se dice nunca le está dirigido; el que considera que nada de lo que hace es tan grave como para generar un problema; el que cree que no está metido en el asunto; el que cree que la responsabilidad es del otro; el que cree que el paso del tiempo lo atenúa todo; el que cree que si no te ve por un tiempo te olvidás; el que cree que si cambia de tema se puede barrer el problema debajo de la alfombra; el que cree que si está mal de ánimo se le perdona todo; el que cree que si está bien de ánimo se le perdona todo; el que cree que porque lo querés lo vas a aguantar así, sin autocrítica; el que no sabe nada de vos pero te derrama todas sus noticias como si fueran un bidón de jugo Suin puro; el que no pregunta sobre tu vida para no meterse en terreno desconocido pero te informa a fondo sobre la suya sin que esboces ni un interrogante retórico; el que cree que no tiene que dar explicaciones por nada; el que cree que la forma en la que se dicen las cosas no importa; el que cree que vos siempre podés comprender; el que cree que si es malo de memoria es impune.
Y no es así. Para qué mentirle, aunque es cierto que tampoco le importan mucho las verdades.
martes, 23 de diciembre de 2008
FeedBack
No voy a recalcar que éste es un mes difícil para mí. Es más: si alguien tiene alguna receta certera para eliminar la depresión, que no sea el alcohol y dormir, ya sabe dónde difundirla y se lo agradeceré horrores —porque de otra manera, en estos días, no podría hacerlo.
Sin embargo, sigo atenta a las minucias comunicativas de la vida cotidiana y, sólo para demostrar que salgo a la calle y todavía regreso sin dejarme arrollar por un Scania, las dejo registradas en este blog.
1. Vendedor de zapatos callejero, que exhibe muchos pares en su puesto.
Insolada: ¿tenés número 38?
Vendedor: decime.
Insolada: si tenés número 38.
Vendedor: decime en qué color.
Insolada: ¿qué colores tienen en 38?
Vendedor: decime qué color querés y yo te digo si tengo ése.
Insolada: bueno, qué se yo, plateada.
Vendedor: sí, tengo plateada, blanca, verde y uva.
2. Boletería de subte, línea D, estación Facultad de Medicina. Papel de cuaderno cortado y pegado en el vidrio, en el que se puede leer "recarga mínima $5" escrito a mano y de manera apresurada. Yo voy a pagar con $10 y no leí el cartel.
Insolada: ¿podés cargarme $3 en el Monedero?
Boletera: no, la recarga mínima es de $5 (señala el letrero artesanal, por no decir trucho).
Insolada: ah. veo que la recarga mínima es cada vez más alta.
Boletera: es porque no hay monedas.
Insolada: pero yo te pago con $10, no necesitás darme monedas.
Boletera: no, pero la recarga mínima es de $5.
Insolada: buenísimo, entonces con estos $10 dame dos pasajes sueltos.
(Como sabrán, dos pasajes cuestan $1,80 y la señora tuvo que darme mucho más vuelto del pactado en primera instancia, más dos moneditas, a pesar de la carencia).
Sin embargo, sigo atenta a las minucias comunicativas de la vida cotidiana y, sólo para demostrar que salgo a la calle y todavía regreso sin dejarme arrollar por un Scania, las dejo registradas en este blog.
1. Vendedor de zapatos callejero, que exhibe muchos pares en su puesto.
Insolada: ¿tenés número 38?
Vendedor: decime.
Insolada: si tenés número 38.
Vendedor: decime en qué color.
Insolada: ¿qué colores tienen en 38?
Vendedor: decime qué color querés y yo te digo si tengo ése.
Insolada: bueno, qué se yo, plateada.
Vendedor: sí, tengo plateada, blanca, verde y uva.
2. Boletería de subte, línea D, estación Facultad de Medicina. Papel de cuaderno cortado y pegado en el vidrio, en el que se puede leer "recarga mínima $5" escrito a mano y de manera apresurada. Yo voy a pagar con $10 y no leí el cartel.
Insolada: ¿podés cargarme $3 en el Monedero?
Boletera: no, la recarga mínima es de $5 (señala el letrero artesanal, por no decir trucho).
Insolada: ah. veo que la recarga mínima es cada vez más alta.
Boletera: es porque no hay monedas.
Insolada: pero yo te pago con $10, no necesitás darme monedas.
Boletera: no, pero la recarga mínima es de $5.
Insolada: buenísimo, entonces con estos $10 dame dos pasajes sueltos.
(Como sabrán, dos pasajes cuestan $1,80 y la señora tuvo que darme mucho más vuelto del pactado en primera instancia, más dos moneditas, a pesar de la carencia).
viernes, 14 de septiembre de 2007
Parapsicología
Estoy atravesando etapas de agotamiento mental que me impiden escribir algo que valga la pena. Sólo voy a transcribir esta conversación y, tal vez, a través de su lectura entiendan el porqué de mi bloqueo. Fuerzas extrañas increíbles me llevan a estados de ánimo insoportables.
—Hola, ¿Laura?
—Sí.
—Ah, qué tal, habíamos quedado en encontrarnos ayer a las 20,30 para que me dieras los casetes y, así, poder pagarte la desgrabación.
—Sí, claro. Estuve desde las 20,30 hasta las 21,25 y me fui. Te dejé un mensaje en el contestador, ¿lo escuchaste?
—Ah, no, no revisé los mensajes.
—Bueno, si querés borralo sin escucharlo, porque es un poco contundente.
—Lo que pasa es que un amigo fue ayer a encontrarte, y me dijo que no fuiste.
—¿Cómo que no fui? Sí, fui, y estuve casi una hora, ¿fue un amigo tuyo? ¿Por qué no me avisaste?
—Yo pensé que él iba a preguntar si alguna de las chicas que estaba por ahí era Laura... ¿No lo hizo?
—Ehhh... no. Y yo te buscaba a vos, no sabía que venía un amigo tuyo. Ahora que me acuerdo, un pibe estuvo al lado mío todo el tiempo, pero jamás podría imaginar que venía de parte tuya.
—Ahhh, sí, era mi amigo. Lo que pasa es que yo me fui a la cancha, a ver un partido de fútbol, y como no llegaba a tiempo para encontrarte, le pedí que fuese él. Qué tonto, no preguntó si vos eras Laura. Y bué... es un tarado, mirá que le dije cómo eras, más o menos, yo no sé por qué no preguntó...
Para ser redactora, no sólo hay que escribir más o menos bien: también hay que practicar el arte de la adivinación.
—Hola, ¿Laura?
—Sí.
—Ah, qué tal, habíamos quedado en encontrarnos ayer a las 20,30 para que me dieras los casetes y, así, poder pagarte la desgrabación.
—Sí, claro. Estuve desde las 20,30 hasta las 21,25 y me fui. Te dejé un mensaje en el contestador, ¿lo escuchaste?
—Ah, no, no revisé los mensajes.
—Bueno, si querés borralo sin escucharlo, porque es un poco contundente.
—Lo que pasa es que un amigo fue ayer a encontrarte, y me dijo que no fuiste.
—¿Cómo que no fui? Sí, fui, y estuve casi una hora, ¿fue un amigo tuyo? ¿Por qué no me avisaste?
—Yo pensé que él iba a preguntar si alguna de las chicas que estaba por ahí era Laura... ¿No lo hizo?
—Ehhh... no. Y yo te buscaba a vos, no sabía que venía un amigo tuyo. Ahora que me acuerdo, un pibe estuvo al lado mío todo el tiempo, pero jamás podría imaginar que venía de parte tuya.
—Ahhh, sí, era mi amigo. Lo que pasa es que yo me fui a la cancha, a ver un partido de fútbol, y como no llegaba a tiempo para encontrarte, le pedí que fuese él. Qué tonto, no preguntó si vos eras Laura. Y bué... es un tarado, mirá que le dije cómo eras, más o menos, yo no sé por qué no preguntó...
Para ser redactora, no sólo hay que escribir más o menos bien: también hay que practicar el arte de la adivinación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)