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domingo, 11 de diciembre de 2011

Preludios

Hoy subí al estudio, la busqué y la encontré. Venía pensando hace días en que quería escribir sobre ella y estaba esperando al 10 de diciembre, pero bueno, los fines de semana largos también son feriados de blogs muchas veces, y aquí estoy, anotando esto el 11, 5 años y 1 día después de que Virginia se tomó el buque —sí, el mismo que se tomó Pinochet, por lo que estimo que ese nefasto señor empezó su castigo desde el control de arribos; mi abuela era una mujer de temer.
Decía, que busqué y encontré unas fotos pequeñas, en sepia, que la retratan linda y joven en algún fin de semana campestre y fluvial, con galanes a su alrededor, amigas, un muelle con catamarán, y vistiendo un regio conjunto de pantalón y blusa que la hacía ver un poco más voluptuosa, justo para ella que siempre fue delgada y pequeña. La escaneé para publicarla y no me salió: los eternos problemas de extensión de archivos que nunca son compatibles no sólo con lo que uno quiere hacer, sino con esa ansiedad que nos lleva a mostrar lo que siempre debe quedar un poco guardado y escondido. Así que no pude subir la foto —la verdad, a ella no le hubiera gustado ni un poco— pero viéndolas una y otra vez (son tres), me di cuenta de que los diciembres, un mes que siempre hemos catalogado como terrible en la familia, en verdad fueron preludios de veranos lindos para Virginia alguna vez y, para mí, ahora representarán la época de cambio más grande y disfrutable que se pueda tener. Era cuestión de tiempo, y de nuevo (por suerte) las dos volvemos a entendernos.

martes, 31 de julio de 2007

Inicio

Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo y algunas mañanas se le veía pasear por delante de la estación a la hora de la llegada y salida de los trenes. Lo habíamos dejado poco antes en su portal, ya de madrugada, pero Pieretto había querido dar otra vuelta, ver el amanecer y tomar un café; luego estudiaba las caras adormiladas de los barrenderos y los ciclistas. Ni siquiera él recordaba con claridad las conversaciones sostenidas durante la vigilia nocturna. Las había digerido y ahora decía con tranquilidad:
—Es tarde ya, me voy a la cama.

Cesare Pavese, El diablo sobre las colinas.

Antes de elegir un libro, siempre leo su comienzo. Si se puede construir un buen inicio, es posible hacerse cargo del desarrollo. A veces me falla pero, en el caso de este libro, no.