martes, 19 de enero de 2010

Tarde

Era raro que, llegando a todos lados tarde, nunca me hubiera pasado. A veces me lo preguntaba. Pero al final sucedió: me perdí un micro a Rosario por 10 minutos y me sentí la más tonta de toda la terminal de Retiro. Aunque no estaba sola, los que tenemos problemas con el tiempo siempre creemos que la culpa de no llegar es nuestra. Conseguimos dos pasajes para la siguiente hora y, mientras esperábamos aferrados al tramo de plataforma en el que podía aparecer nuestro "servicio", tuve que sacar algo positivo del suceso, así que le dije a mi concubinovio:

—Imaginate si esto nos pasaba un par de años atrás. Yo, llorando en la puerta de la terminal. Vos, echándome la culpa. Los dos, llamando a los amigos de Rosario diciendo "No vamos este fin de semana".
—Sí, puede ser.
—Al final, intentás ahorrar plata, no malgastarla, y la terminás tirando en las cosas más tontas.
—Por eso: no hay que ahorrar plata, es lo que siempre te digo.

Luego de estas elaboraciones matutinas, saqué el mate y me dispuse a olvidar los 4 pasajes para 2 personas de esa mañana de viernes. Y bué.

viernes, 15 de enero de 2010

Enfrío

El verano es una porquería y de eso ya hemos hablado mucho en este blog. Sin embargo, si alguien tiene el truco para hacer que mis pies se enfríen al acostarme y me dejen dormir, lo agradecería a montones. La habitación está fresca, yo estoy confortable y sólo están ellos, insufribles, que levantan temperatura como si estuvieran recordando el camino de todo el día.

jueves, 14 de enero de 2010

Amores

Durante todo un invierno, esquivé con estoicismo la bicicleta del delivery que era propiedad del novio de mi vecina. Ella es una post-adolescente de unos 18 años, cuyos rasgos generales se resumen en una frase consensuada por mi concubinovio, el hombre de la casa —ergo, no estoy hablando desde la envidia—: "es la que estuvo bien hasta esta edad pero no va a durar hasta los 20 y pico. Es más: ya no está durando". El "durar" puede asociarse con, por ejemplo, ponerse una calza blanca, algo desconocido por mis piernas/glúteos y calculo que por los de muchas otras mujeres también.
Regreso al relato: mi vecina tuvo un novio repartidor durante poco más de un invierno y, como no le estaba permitido zaguanear en su casa, lo hacía en el pasillo del ph. Entonces, yo salía a sacar la basura y allí estaban ellos, en la oscuridad. Ella miraba con cara de circunstancia y él me saludaba como si fuera la suegra. Un día, esos tiempos se terminaron y, una noche de murga, él nos encontró (a Luciano y a mí) y nos saludó con ese dejo de "te conocí en un lugar al que no voy más".
Así pasaron los meses, sin amigas a la vista y ella descendiendo de coches anónimos cargados de 2 ó 3 muchachones. Hasta que se quedó con uno, o uno se quedó con ella. Ese mismo —bermudas grandes, gorrita, tintura rubia— es el que ocupa de nuevo un cuarto del pasillo en la oscuridad, noche por medio de este verano. Hace un ratito (00.10 am) llegué a casa, vi la puerta entreabierta y me asusté. Me asomé con cautela, pero falsa alarma: era ella, que estaba con los bordes del corpiño sobresaliendo mucho de la musculosa, frente a él en diagonal con los hombros sobre la pared —cual tabla de lavar donde la ropa se frota—, y dos vasos en el piso. Yo no pude más que decirle "ay, chicos, sigan con lo suyo, ya parezco una vieja interrumpidora".
Hoy me incomodé tanto, que tuve que ensayar una mala broma dentro de frases de circunstancia. Pero la próxima me guardo una promoción de descuento de moteles, de las que te dan en la calle, y se las doy. Todo sea para que no me hagan sentir mal.

domingo, 10 de enero de 2010

Infaltable

No basta con que haya calor, mosquitos, lluvias decadentes, edificios de más, colectivos de menos y una creciente incertidumbre sobre qué diablos hacer durante enero si uno/a se queda en la ciudad.
No, esa sumatoria de inquietudes cotidianas no alcanza.
Tenemos que recibir, seguir y celebrar al Rally Dakar.
Cuando el 1° de enero pasé por la autopista y vi las hordas de gente que esperaba para aplaudir a los 5 coches por hora que pasaban por ahí, debí haberme imaginado lo que vendría.
Odio el Dakar, me fastidia y me parece que es un castigo divino para quienes sobrevivimos este mes con cierta sobredosis de TV en Buenos Aires. Detesto que sea noticia, que haya que vivar a los participantes argentinos, que tengamos que entristecernos por los que se autodestruyeron sacando una foto a orillas del guardaraid (¿así se escribirá?) y, sobre todo, que debamos informarnos y debatir sobre el supuesto complot de los "hermanos Patronelli en su categoría de cuatri".
Si quiero pasar mi tiempo con cosas que no sirven para nada, miro los programas de chimentos o los canales bizarros del oeste que me regala telecentro. El Dakar me parece un auténtico y reverendo bodrio. Que abandonen todos o que se termine pronto.

sábado, 9 de enero de 2010

Galán

En este sábado de calor, cumplo con una visita periódica a Lanús para darle de comer a las gatas de mis padres. Paso una vez cada 2 ó 3 días, para corroborar que se las pueden arreglar muy bien solas y que comen mucho menos de lo que les dejo. Pero de eso no iba a escribir.
Para llegar hasta la casa de mis padres, debería caminar las 12 cuadras que separan su morada de la Estación Lanús. Pero en días de horno como hoy, tomo el colectivo. El 45, para más datos, que viene del tumulto del centro, hace su última parada ultra-urbana en la estación —donde nos subimos los últimos pasajeros— y luego recorre calles internas, de barrio, en los que pareciera olvidar que pasó por Costanera, Maipú, Chacabuco o cualquier otra calle totalmente embotellada, para aplicar velocidad crucero y disfrutar del asfalto desierto. Pero de eso tampoco quería escribir.
Sucede que, a bordo del 45 —cuyo viaje tan corto no es apto para leer—, miré el trayecto por la ventanilla. En la calle Carlos Gardel, que nunca termino de saber si es agradable o un asco de anodina, se besaba una pareja de 18 años aprox. Él, contra la pared, vestía la prenda que me remontó a los muertos en el placard que todas tenemos. Y, borrando referencias, no obstante me acordé de un hito que, todas las que fuimos adolescentes en los 90, seguramente vivimos: el novio que sólo usaba jogging. Verano o invierno, entrevista laboral o día de pileta, el pibe siempre lucía un asqueroso pantalón de gimnasia color gris oscuro, de ésos que también usan los octogenarios —sólo que a esa edad lo combinan con una camisa a cuadros. Sus camperitas de moda, adidas o símil, jamás pudieron compensar la horrible elección de indumentaria, y aún así se daban el lujo de pasar a buscarnos por nuestra casa o de esperarnos en una esquina.
Por eso, en este infernal sábado de 35° C a la sombra, quiero rendir un homenaje a esos soldados del mal gusto, que en días como hoy soportaban la friza sobre sus piernas y aledaños como si fuera la más sutil de las sedas. Tributo brindado, sí, pero a una prudente distancia. Puaj.

jueves, 7 de enero de 2010

Ansiosos

Hoy viajé en subte, a la ida y a la vuelta, con dos mujeres distintas —una por cada trayecto— que tenían una gran verruga, redonda y abultada, en el rabillo del ojo derecho. Nunca había visto ese accidente geográfico facial y encontrármelo dos veces en el mismo día me pareció curioso.
Mientras pensaba en esto, me di cuenta de una gran necesidad que tenemos los pasajeros de subterráneo: deberíamos salir y entrar por distintos pasillos, de manera que no nos crucemos. Esto no tiene ninguna finalidad separatista porque sí: cuando nos enteramos de que el subte recién llegó y que todavía nos falta sacar la tarjeta, bajar escaleras y pasar el molinete, nos sumimos en una angustia transportista colectiva. Pensaba que sólo a mí, siempre llegando tarde y siempre haciendo idioteces, me pasaban estas cosas, pero no: hoy, mientras salía de Plaza de los Virreyes hacia el cruce ultrapeligroso de colectivos por Eva Perón y todas sus intersecciones —donde, no obstante, hay un clima agradable y sopla un viento fresco—, vi cómo, al observar que llegábamos y salíamos a la superficie, muchas personas se lanzaban sobre los coches al trote para alcanzar ese "servicio" que recién nos había depositado en el andén, como si fuera el último o el mejor. Eso mismo sucede en los 15 mts. curvos de Estación Constitución, en las escaleras inhóspitas de Bolivar y en el espacio siempre lleno y sucio de Retiro. De hecho, yo cumplo con ese ritual en todos y en cada una de las locaciones citadas.
El peligro imbécil nos acecha en cada esquina de esta ciudad. La ansiedad por lo más tonto, también. Por eso,
habiendo tantas refacciones innecesarias en CABA (dobles, triples, cuádruples manos; boulevards que aparecen y desaparecen; playas sin arena ni mar), que olvidan lo urgente (escuelas, hospitales, hogares, etc.): pongámonos a tono con la tendencia:
¡Reclamemos nuestra reforma acerebral —un pasillo para salir y otro para entrar, sin que sus circulantes se vean entre sí— y seamos felices en el subte!

miércoles, 6 de enero de 2010

Así

Cuando salió la noticia de la muerte de Sandro, lo primero que pensé es todo lo que hubiera llorado mi abuela Virginia. Creo que lo mismo me va a pasar con Mirtha Legrand, Susana Giménez, Gerardo Sofovich, Silvia Süller y Jacobo Winograd (bueno, cada uno tiene la tradición cultural que puede, no se hagan los caretas).
Pero luego de estas evocaciones, por suerte mi concubinovio me extrae de las melancolías que me regala la tevé:

Lucho: uy, mirá, en la puerta de la clínica hay un cartel que dice "Ídolo, feliz 2010". No fue muy feliz, por lo que se puede ver.
Yo: claro, la fan se jugó demasiado. Lo raro es que todavía deje pegada la cartulina. Yo la hubiese sacado y me la estaría comiendo ahora mismo.
Lucho: ¿cuánto tiempo va a pasar antes de que aparezca el primer milagro obrado por Sandro?
Yo: ahora mismo está sucediendo. Alguien se salva mientras Sandro se muere, así funcionan las cosas. ¿O vos me querés decir cuánto tiempo va a pasar antes de que se difunda?
Lucho: no, pienso que ahora van a aparecer las curaciones milagrosas y todo eso. Como Gilda.

(Cuando nombramos a Gilda, ambos nos ponemos de pie. Luego, continuamos con la charla.)

Yo: en realidad, lo que me pregunto es cuánto tiempo va a pasar hasta que aparezca la viuda de Anderle, reclamando lo que dice que Sandro le quitó.
Lucho: ah, la viuda de Anderle. Porque Anderle lo va a cagar a palos.
Yo: sí, lo está esperando desde hace décadas para surtirlo. ¡Qué lindo encuentro!

Igual, yo estoy del lado de Sandro. Un churrazo.

lunes, 4 de enero de 2010

Observación

Y si hay algo que tengo que hacer en el 2010 es analizar cómo formulo mis quejas más estúpidas.
Simples reclamos, que tienen que ver con el pedido de cuidado, con diferencias de estilos o con netos caprichos.
Porque cada vez que sugiero algo del modo en que se reclama —esto es, de un modo poco constructivo pero no todo el tiempo se puede ser polite, qué feo ese término—, parece que el mundo se desmorona y lo que dije siempre fue terrible, inusitado, inexplicable, injusto y boicoteador. Claro, después la bola se agiganta y ya no me enojo por el origen del problema —que, en sí, era bastante idiota—, sino por las contestaciones. En fin, tendré que hacer algún curso para emitir mis observaciones quejosas del mismo modo en que lo hacen los demás, que a cambio se ganan un "está bien, tenés razón" o un "uf, no seas pesado/a, después arreglamos". Y nada más.
Mientras, como no puedo hacer demasiado al respecto, pongo Boys don't cry en la PC , que es un cliché pero me levanta el ánimo, y muevo la cabeza mientras escribo. Lástima que es un tema corto, así que este post finaliza bastante después de los últimos acordes.

domingo, 3 de enero de 2010

Haber

Para marcar tendencia, aquí va el balance retrospectivo.

¿Por qué dejé pasar el 2009 sin...
  • colgar las cortinas de mi estudio?
  • conseguir otra biblioteca?
  • contratar a alguien para que ayude a limpiar los innumerables vidrios de esta casa?
  • comprar una sombrilla para la terraza?
  • cumplir con el ritual semanal de ir al Parque Avellaneda?
  • ver la segunda temporada de Lost?
  • comenzar a ver Six Feet Under?
  • terminar de aprender a manejar?
  • dar el examen de manejo?
  • buscar un lindo autito, económico y rendidor?
  • terminar el informe final de un seminario que me persigue como sombra?
  • buscarme una nueva bikini?
  • elegir una película por semana para ver tranquila?
  • pegar las venecitas que tengo en una bolsa hace 2 años?
  • hacer el trámite en el Banco Provincia que debo desde febrero?
  • desarrollar el hábito de levantarme temprano, tipo 8,30 am?

sábado, 2 de enero de 2010

Cero

  • No tuve amiguitos de la playa.
  • No tuve vacaciones adolescentes con revolcones en la arena, ni sin éstos.
  • No tuve noches larguísimas de discotecas en lugares como San Bernardo y etc.
  • No trabajé en ningún bar o parador playero.
  • No tengo primos contemporáneos con los que haya disfrutado quincenas gloriosas.
  • No tuve un cuerpo escultural a los 16 —salvo que pensemos en Botero— con los que cosechar amores etéreos.
  • No tuve vacaciones con familias amigas y sus hijos de la misma edad, lo que podría haber generado todos los ítem anteriores.
  • No tuve vacaciones familiares con otros que fueran mis padres (esto es, ni abuelos ni tíos, ni primos grandes, ni otros vínculos que me sumaran a sus estadías veraniegas).
Ergo, no tengo nada de qué acordarme cuándo veo, por la tele, los días al sol de los primeros que llegaron a Mar del Plata.
Eso es bueno y es malo, creo.