Después de siglos de discurso astrológico y de bregar por el reconocimiento de las particularidades de cada signo del zodíaco, los horoscoperos pueden sentirse verdaderamente frustrados. Sean verdades o mentiras las características pregonadas, a todas las personas —sin distinción astral— se les ha impregnado la misma síntesis de su perfil:
—Ah, sí, yo soy divino/a, buenísimo/a, pero cuando me enojo se pudrió todo. Si te quiero, te adoro, y si no te quiero, es imposible que mejoren las cosas. Es así: si me caíste bien te doy todo, pero cuando me caíste mal soy el/la peor de todos/as.
No es sólo que la coincidencia provoca una homogeneidad pastosa y aburrida, sino que este alcoyana-alcoyana revela una inflexibilidad muy poco constructiva, ¿no?
jueves, 30 de abril de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
Confesionario
En fines de semana como éstos, en los que mi performance nocturna me hace desmerecer mi pretendida permanencia en la década del 20, tiendo a acordarme de personas que, los viernes y los sábados a la noche, suelen tener una vida más triste que yo.
Y me acordé de la farmacéutica de noche que atiende en la Santa Ana, imperio del genérico que está abierto las 24 hs. en J. B. Justo y Nazca (Flores).
Su cualidad de "siemprelista" se paga con una cuota de sadismo que nadie elude y que se acrecienta con la privacidad implicada en el medicamento solicitado, sobre todo porque la especialista en cuestión hace preguntas profesionales a los gritos, desde las estanterías del emporio que están a unos 8 m. de la ventanita de atención. Si no se entiende bien lo que escribo, hagamos una serie de suposiciones:
1. Joven apresurado en busca de profilácticos, que dice bajito porque al lado está su cita:
—Sí, por favor, una caja de preservativos.
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
¿Prime, Camaleón o Tulipán?
2. Adolescente con ojos enrojecidos que pide un colirio o algo contra la irritación:
—Hola, sí, ¿tenés algo para que los ojos no me ardan?
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
3. Mujer afligida que busca producto para prurito de "ahí"
—Sí, estaba buscando la crema blablabla, por favor.
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
Esta misma situación se repite con el producto incómodo que se les ocurra: pañales para adultos, pegamento para dentadura postiza, pomadas contra los hongos, viagra, píldora del día después, antihemorroidales, supositorios y enemas.
La salud es mucho más cara de lo que pensamos. Que alguien la detenga.
Y me acordé de la farmacéutica de noche que atiende en la Santa Ana, imperio del genérico que está abierto las 24 hs. en J. B. Justo y Nazca (Flores).
Su cualidad de "siemprelista" se paga con una cuota de sadismo que nadie elude y que se acrecienta con la privacidad implicada en el medicamento solicitado, sobre todo porque la especialista en cuestión hace preguntas profesionales a los gritos, desde las estanterías del emporio que están a unos 8 m. de la ventanita de atención. Si no se entiende bien lo que escribo, hagamos una serie de suposiciones:
1. Joven apresurado en busca de profilácticos, que dice bajito porque al lado está su cita:
—Sí, por favor, una caja de preservativos.
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
¿Prime, Camaleón o Tulipán?
¿Texturados o con tachas? ¿Con gusto a frutilla o de banana?
¿Caja grande o chica?
Mirá que salieron unos extralarge, ¿esos no te convienen, no?2. Adolescente con ojos enrojecidos que pide un colirio o algo contra la irritación:
—Hola, sí, ¿tenés algo para que los ojos no me ardan?
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
¿Fumaste marihuana o es porque estuviste mirando mucho porno?
El Poringa te arruina los ojos, ¿vos estuviste mucho tiempo frente al monitor?Mirá que esto no se puede combinar con alcohol ni con drogas, ¿eh?
3. Mujer afligida que busca producto para prurito de "ahí"
—Sí, estaba buscando la crema blablabla, por favor.
(la señora sale hacia la despensa y desde allí se acuerda de consultar)
¿Pero eso es por irritación vaginal o por alguna urticaria genital, no?
¿Hace mucho que lo tenés? Porque puede ser alguna otra cosa más grave.¿Te lo vas a aplicar por fuera o por dentro?
Mirá que si es por dentro te tengo que dar otra cosa, ¿eh? Esto no es para introducir porque hace peor.
Esta misma situación se repite con el producto incómodo que se les ocurra: pañales para adultos, pegamento para dentadura postiza, pomadas contra los hongos, viagra, píldora del día después, antihemorroidales, supositorios y enemas.
La salud es mucho más cara de lo que pensamos. Que alguien la detenga.
lunes, 20 de abril de 2009
QuiénSigue?
Con la llegada de la adultez, comprobé que mi modo de gestionar trámites es netamente argentino.
Todos los que compartimos esta nacionalidad sabemos de qué se trata ese arte burocrático-administrativo que no puede explicarse bien con palabras y que, además, suele ser idiota en su origen, perezoso en su desarrollo y más o menos grave en su desenlace.
Todos los que compartimos esta nacionalidad sabemos de qué se trata ese arte burocrático-administrativo que no puede explicarse bien con palabras y que, además, suele ser idiota en su origen, perezoso en su desarrollo y más o menos grave en su desenlace.
jueves, 9 de abril de 2009
Suavemente
Se adelantaron las elecciones, el dengue convierte al país en un paraje apocalíptico, hay idiotas que recrean oposiciones religiosas construyendo muros endebles e ilegales, la Semana Santa se llena de micros en las rutas, yo tengo una conjuntivitis apestosa y "hoy juega Boca", tal como me dijo mi concubinovio, bloqueando así cualquier sugerencia outdoor. No obstante, Insolada sabe dónde está la noticia y revela que todo lo anterior no son sino giladas para desviar a la opinión pública de lo importante:
Aunque la vida me está llevando lejos de esas maravillas experienciales y estas lecturas inútiles me hagan pensar que la lejanía argentina y la carestía de los pasajes aéreos restan vivencias para este blog, pienso quién queda peor con este lío: si él, supuestament lascivo e inoportuno, o ella, más parecida a una tía bigotuda que a una mujer ultrajada.
Elvis, si bien no estuvimos antes, cuando tu voz asquerosa copaba las radios y las fiestas, ahora sí nos mantenemos cerca tuyo (pero no demasiado, porque te engolosinás).
Elvis Crespo, cantante feo y anodino si los hay, está afrontando un problemón por masturbarse al lado de una mujer escandalizable, en un avión, "días después de haberse casado" (¿hay una relación entre una cosa y la otra?).
Aunque la vida me está llevando lejos de esas maravillas experienciales y estas lecturas inútiles me hagan pensar que la lejanía argentina y la carestía de los pasajes aéreos restan vivencias para este blog, pienso quién queda peor con este lío: si él, supuestament lascivo e inoportuno, o ella, más parecida a una tía bigotuda que a una mujer ultrajada.
Elvis, si bien no estuvimos antes, cuando tu voz asquerosa copaba las radios y las fiestas, ahora sí nos mantenemos cerca tuyo (pero no demasiado, porque te engolosinás).
miércoles, 8 de abril de 2009
Marroquinería
Sin pensar en el peso justo y correcto, en la ropa nueva y de canje, en el maquillaje premium a cualquier hora, en el peinado deslumbrante en pleno horario laboral, en las botas de última moda, en su celular hipertecnológico y en su talle -10 de pantalón, hay algo más que diferencia a las promotoras-modelos de las mujeres mortales que vagamos por las calles: la cartera. Sus bolsos de mano parecen disneylandias del make-up, a la vez que concentran la mayor cantidad de cosas apiñadas con el máximo de glamour. Si no creen que sea así, piensen en la siguiente comparación:
Cartera de promotora-modelo: contiene un frasco recién obsequiado de perfume importado.
Cartera de mujer mortal: en el portacosméticos tiene una muestra gratis que le dieron por la calle.
Cartera de promotora-modelo: tiene neceser.
Cartera de mujer mortal: como ha sido mencionado recién, tiene portacosméticos (en lo posible, regalado por su madre).
Cartera de promotora-modelo: su base de maquillaje es cubritiva y luminosa, aireada y de fácil esparcimiento. El cutis queda como el de una quinceañera bendecida por la ignorancia del acné.
Cartera de mujer mortal: la base de maquillaje que guarda por ahí tiene olor a tierra, aporta un naranja dudoso al cutis y no hace más que acentuar la dermatitis por el estrés.
Cartera de promotora-modelo: tiene un cargador de celular para no perderse ningún aviso.
Cartera de mujer mortal: su celular, agonizante, se apaga minutos antes de recibir el llamado de la fortuna.
Cartera de promotora-modelo: es grande, grandísima, pero queda perfecta, aun cuando la chica modele para gráfica y mida 1,20 m.
Cartera de mujer mortal: es grande, grandísima, y deforme.
Cartera de promotora-modelo: no contiene carilinas, sino kleenex.
Cartera de mujer mortal: tiene un cúmulo de papel tisú robado de los dispenser de los baños buenos.
Cartera de promotora-modelo: cuando busca en su interior, cada movimiento de las manos sirve para develar un objeto aún más codiciado que el que recién se mostró.
Cartera de mujer mortal: cuando busca en su interior, cada movimiento de las manos sirve para acrecentar la vergüenza por los zoquetes de nylon que se sacó al mediodía, por las galletitas que se pulverizaron entre las páginas de la agenda, por la media barrita de cereal comida el año pasado y por la explosión de la única birome con la que se contaba para el resto del día.
Cartera de promotora-modelo: nunca tiene lapicera, así que no mancha su cartera y, en las pocas ocasiones en las que precisa escribir, solicita un bolígrafo y siempre lo encuentra.
Cartera de mujer mortal: siempre tiene una lapicera estallada en la cartera, la que se mancha desde el instante del siniestro, y cuando busca una birome de préstamo, tiene alrededor muchas modelos que no tienen para prestarle y ya cuentan con el segundo bolígrafo de los únicos previsores.
Tranquilas, mujeres mortales: algún día el mundo será nuestro y con nuestras carteras bizarras al hombro conquistaremos la Tierra. Ese día, sólo flores saldrán de nuestros bolsillos internos con matapolillas y el olor a pis de gato en la base de los bolsos —regalo de algún felino bienaventurado con sed de cópula— será sólo un recuerdo. Esperemos con fervor ese momento tan ansiado.
Cartera de promotora-modelo: contiene un frasco recién obsequiado de perfume importado.
Cartera de mujer mortal: en el portacosméticos tiene una muestra gratis que le dieron por la calle.
Cartera de promotora-modelo: tiene neceser.
Cartera de mujer mortal: como ha sido mencionado recién, tiene portacosméticos (en lo posible, regalado por su madre).
Cartera de promotora-modelo: su base de maquillaje es cubritiva y luminosa, aireada y de fácil esparcimiento. El cutis queda como el de una quinceañera bendecida por la ignorancia del acné.
Cartera de mujer mortal: la base de maquillaje que guarda por ahí tiene olor a tierra, aporta un naranja dudoso al cutis y no hace más que acentuar la dermatitis por el estrés.
Cartera de promotora-modelo: tiene un cargador de celular para no perderse ningún aviso.
Cartera de mujer mortal: su celular, agonizante, se apaga minutos antes de recibir el llamado de la fortuna.
Cartera de promotora-modelo: es grande, grandísima, pero queda perfecta, aun cuando la chica modele para gráfica y mida 1,20 m.
Cartera de mujer mortal: es grande, grandísima, y deforme.
Cartera de promotora-modelo: no contiene carilinas, sino kleenex.
Cartera de mujer mortal: tiene un cúmulo de papel tisú robado de los dispenser de los baños buenos.
Cartera de promotora-modelo: cuando busca en su interior, cada movimiento de las manos sirve para develar un objeto aún más codiciado que el que recién se mostró.
Cartera de mujer mortal: cuando busca en su interior, cada movimiento de las manos sirve para acrecentar la vergüenza por los zoquetes de nylon que se sacó al mediodía, por las galletitas que se pulverizaron entre las páginas de la agenda, por la media barrita de cereal comida el año pasado y por la explosión de la única birome con la que se contaba para el resto del día.
Cartera de promotora-modelo: nunca tiene lapicera, así que no mancha su cartera y, en las pocas ocasiones en las que precisa escribir, solicita un bolígrafo y siempre lo encuentra.
Cartera de mujer mortal: siempre tiene una lapicera estallada en la cartera, la que se mancha desde el instante del siniestro, y cuando busca una birome de préstamo, tiene alrededor muchas modelos que no tienen para prestarle y ya cuentan con el segundo bolígrafo de los únicos previsores.
Tranquilas, mujeres mortales: algún día el mundo será nuestro y con nuestras carteras bizarras al hombro conquistaremos la Tierra. Ese día, sólo flores saldrán de nuestros bolsillos internos con matapolillas y el olor a pis de gato en la base de los bolsos —regalo de algún felino bienaventurado con sed de cópula— será sólo un recuerdo. Esperemos con fervor ese momento tan ansiado.
jueves, 2 de abril de 2009
Campaña
El devenir laboral hizo que, a partir de marzo, me levantase a las 6am tres veces por semana y, en esas mismas ocasiones, deba tomarme un colectivo a las 6,45am. Comprenderán el humor, el fastidio y el ánimo derrumbado que acompaña todas y cada una de esas travesías.
Aunque lo había anunciado en un post de hace casi un año —y no es mi intención repetir temas, aun cuando mi vida se vuelva cíclica y sin mayores novedades—, la conjunción de tiempo y espacio, a bordo del 180 (X155) se me ha vuelto insoportable por culpa de ellos, los que ponen música con su celular sin utilizar auriculares.
Si bien estoy evaluando que esa línea de transporte concentra a los pasajeros con menor coeficiente intelectual de la Capital Federal y aledaños, también me autoviolento cuando veo que todos los que escuchamos sus porquerías no le pedimos que apague ese aparato y se deje de joder. La tibieza argentina se actualiza en esos viajes, y ninguno de nosotros intenta modificar esa muestra de prepotencia tecnológica que, encima, toma la forma de una salsa o de un cumbiatón (cumbia + reggaetón) que amerita un botellazo craneal. Desde este humilde foro, luchemos para tomar medidas en forma urgente, y así volver a leer/dormir/vegetar/planear en los colectivos de la ciudad.
He dicho.
Aunque lo había anunciado en un post de hace casi un año —y no es mi intención repetir temas, aun cuando mi vida se vuelva cíclica y sin mayores novedades—, la conjunción de tiempo y espacio, a bordo del 180 (X155) se me ha vuelto insoportable por culpa de ellos, los que ponen música con su celular sin utilizar auriculares.
Si bien estoy evaluando que esa línea de transporte concentra a los pasajeros con menor coeficiente intelectual de la Capital Federal y aledaños, también me autoviolento cuando veo que todos los que escuchamos sus porquerías no le pedimos que apague ese aparato y se deje de joder. La tibieza argentina se actualiza en esos viajes, y ninguno de nosotros intenta modificar esa muestra de prepotencia tecnológica que, encima, toma la forma de una salsa o de un cumbiatón (cumbia + reggaetón) que amerita un botellazo craneal. Desde este humilde foro, luchemos para tomar medidas en forma urgente, y así volver a leer/dormir/vegetar/planear en los colectivos de la ciudad.
He dicho.
martes, 24 de marzo de 2009
Propuesta
Una de las postales de mi infancia es, como tantas otras, entre bizarra y totalmente innecesaria.
A la vuelta de mi casa lanusense, él pasaba las mañanas y las tardes (hasta bien entrado el sol) sentado en el umbral junto a un perro, suyo, mustio. Shorts ochentosos, musculosa, carne blanca y fláccida: indicios coronados por una cara de nabo ancestral. Era un miembro más de una troupe inútil e inmortal: los hijos de mamá. No trabajaba, no tenía ningún hobby diurno que declarar, no parecía especialmente interesante y saludaba a todas las viejas del vecindario; exactamente al revés de cualquier hombre de bien. Confieso que su presencia me irritaba sobremanera, aún cuando me hubiese criado en una familia carente de esos ejemplares —que casi tampoco tenía hombres, por otra parte— y, con mis 8, 10 ó 12 años, no podía entender de qué la jugaba este sujeto.
A pesar de que con el tiempo encontré su clasificación en este mundo (era un gigoló de octogenarias fútiles que jamás denuncian a sus parásitos en virtud del lazo sanguíneo), había otro elemento ultramolesto que sobresalía: el modo de pararse en la puerta de calle, con un brazo extendido hacia arriba sobre el marco, el abdomen hacia delante, la cintura quebrada, las nalgas hacia atrás y la cabeza un poco inclinada hacia afuera, como si quisieran mantener la distancia prudencial entre su hogar y la calle que los conmina a ganarse la vida. Como si, además, no necesitaran parecer aceptables a los ojos de los que pasaban; como si, aún más, su sex appeal subterráneo los dejara sentirse habilitados para mirar los glúteos generosos de la vecina de la esquina.
Los hijos de mamá, en Lanús y en Flores, están escaseando, porque la crisis los corre hasta alcanzarlos de una vez por todas. Sin embargo, a pesar de que muchos tuvieron que salir a trabajar por defunción o renuncia de su madre —que para ellos sería exactamente lo mismo—, en muchos hombres que hoy decoran las veredas de esa ciudad continúa la misma posición desagradable: ya sin musculosas de piqué (causantes de cegueras mortales por el mal gusto), estos infames salen directamente en cueros a mostrar sus pelos, sus cicatrices de operaciones, sus tetillas sobredimensionadas y sus cadenitas con cruces sulfatadas. Puedo asegurar que no es sencillo soportar una bajada de barrera de 4' cuando, por la ventanilla, se aprecia un Adonis de este estilo esperando que la vida se deje de titubeos y se lo lleve puesto.
Teniendo en cuenta el auge del viejachotismo —que, conste, involucra a sujetos de variado sexo y edad— cuando se queja por todas las cosas que, supuestamente, afean la ciudad, ¿no le gustaría, a esta gente, darle un sentido a sus días gorilas repartiendo remeras entre estos impresentables? Tal vez ni siquiera tengan que viajar tanto; quizá, en su propia vereda, su hijo esté mostrando su torso marchito a varios pares de ojos inocentes.
A la vuelta de mi casa lanusense, él pasaba las mañanas y las tardes (hasta bien entrado el sol) sentado en el umbral junto a un perro, suyo, mustio. Shorts ochentosos, musculosa, carne blanca y fláccida: indicios coronados por una cara de nabo ancestral. Era un miembro más de una troupe inútil e inmortal: los hijos de mamá. No trabajaba, no tenía ningún hobby diurno que declarar, no parecía especialmente interesante y saludaba a todas las viejas del vecindario; exactamente al revés de cualquier hombre de bien. Confieso que su presencia me irritaba sobremanera, aún cuando me hubiese criado en una familia carente de esos ejemplares —que casi tampoco tenía hombres, por otra parte— y, con mis 8, 10 ó 12 años, no podía entender de qué la jugaba este sujeto.
A pesar de que con el tiempo encontré su clasificación en este mundo (era un gigoló de octogenarias fútiles que jamás denuncian a sus parásitos en virtud del lazo sanguíneo), había otro elemento ultramolesto que sobresalía: el modo de pararse en la puerta de calle, con un brazo extendido hacia arriba sobre el marco, el abdomen hacia delante, la cintura quebrada, las nalgas hacia atrás y la cabeza un poco inclinada hacia afuera, como si quisieran mantener la distancia prudencial entre su hogar y la calle que los conmina a ganarse la vida. Como si, además, no necesitaran parecer aceptables a los ojos de los que pasaban; como si, aún más, su sex appeal subterráneo los dejara sentirse habilitados para mirar los glúteos generosos de la vecina de la esquina.
Los hijos de mamá, en Lanús y en Flores, están escaseando, porque la crisis los corre hasta alcanzarlos de una vez por todas. Sin embargo, a pesar de que muchos tuvieron que salir a trabajar por defunción o renuncia de su madre —que para ellos sería exactamente lo mismo—, en muchos hombres que hoy decoran las veredas de esa ciudad continúa la misma posición desagradable: ya sin musculosas de piqué (causantes de cegueras mortales por el mal gusto), estos infames salen directamente en cueros a mostrar sus pelos, sus cicatrices de operaciones, sus tetillas sobredimensionadas y sus cadenitas con cruces sulfatadas. Puedo asegurar que no es sencillo soportar una bajada de barrera de 4' cuando, por la ventanilla, se aprecia un Adonis de este estilo esperando que la vida se deje de titubeos y se lo lleve puesto.
Teniendo en cuenta el auge del viejachotismo —que, conste, involucra a sujetos de variado sexo y edad— cuando se queja por todas las cosas que, supuestamente, afean la ciudad, ¿no le gustaría, a esta gente, darle un sentido a sus días gorilas repartiendo remeras entre estos impresentables? Tal vez ni siquiera tengan que viajar tanto; quizá, en su propia vereda, su hijo esté mostrando su torso marchito a varios pares de ojos inocentes.
domingo, 22 de marzo de 2009
Genitales2
Aviso: con el correr de los días, la pertinencia de este post se hizo más débil, pero una saga es una saga, una promesa es una promesa, y de nada sirve un "Genitales1" sin un "Genitales2" después, así que habrá que sobrellevar las líneas que siguen con glamour y estoicismo.
Cualquier persona que haya ido más de 2 meses a gimnasia, sabe que el horario de la mediatarde es funesto, porque en esa conjunción espaciotemporal se reúne lo peor de lo peor de las amas de casa —que se entremezcla con las estudiantes full time y con las paracaidistas como yo que trabajan a cualquier hora. A pesar de tener ese horario libre algunas veces, lo esquivo todo lo que puedo porque sé que el dolor de los músculos no será nada al lado de las lesiones cerebrales que 55' de convivencia me pueden ocasionar. No obstante, la meta de hacer 3 clases por semana debe cumplirse a toda cosa; por eso, me fui enyoguizada a la cita de las 14 hs. para zarandear mi anatomía flanera.
El umbral de inteligencia de las conversaciones, nunca demasiado alto, se vuelve subterráneo cuando esas fanáticas de Baby Etchecopar —que ven la revolución en las marchas por la inseguridad y hacen step como si tuvieran un problema neurológico-motriz porque "la gorda de adelante no me deja hacer bien el paso"— terminan la rutina aeróbica y toman sus colchonetas/pesas. Esos 2' se vuelven cruciales para la vida humana, pues todo, TODO, depende del silencio que se pueda mantener, como si de un manantial en el desierto se tratara. Si ese velo sutil e imprescindible se descorre, suceden cosas como ésta:
—Chicas, es increíble, pero me salió una cana ahí abajo.
Esta observación mortal, no sólo era inconmensurable en su valor social por sí misma, sino que desencadenó una catarata de comentarios sobre la necesidad de depilarse en profundidad para evitar esas molestas marcas de la falta de pigmentación, de lo bien que hacen los hombres en acogerse a la moda de la depilación, de cuan cómodas se hacen las gestiones sexuales cuando ellos eligen la versión estética y lampiña de sus cuerpos y muchos otros comentarios al estilo de: "Cuando te depilás toda, como Dios te trajo al mundo, te sentís mucho más limpia. A mí me dijo la ginecóloga que eso hacía que más bacterias pudieran entrar, pero igual yo me depilo toda por higiene", que condensaban contradicción y un cúmulo de información innecesaria que me estaba achicharrando las pocas neuronas que me quedan.
Luego de esos minutos de psicoagonía, sucedieron los abdominales, los ejercicios de glúteos y, durante el estiramiento, cuando creí que nada podía ser peor, alguien dice: "El martes 24 de marzo es feriado, ¿qué se festeja?", para que otra responda "Las Malvinas, se festejan las Malvinas"*.
Chan, chan.
* Debo recordar que esa mujer es la misma que me comentó que le daba vergüenza venir en calzas porque, en la calle, "los bolivianos que están en las obras de construcción te dicen 'quiero hacer el amor con vos'". Notable la propuesta poética de los amigos andinos —yo siempre creí que esas invitaciones utilizaban otro lenguaje metafórico—, sobre todo teniendo en cuenta la destinataria.
Cualquier persona que haya ido más de 2 meses a gimnasia, sabe que el horario de la mediatarde es funesto, porque en esa conjunción espaciotemporal se reúne lo peor de lo peor de las amas de casa —que se entremezcla con las estudiantes full time y con las paracaidistas como yo que trabajan a cualquier hora. A pesar de tener ese horario libre algunas veces, lo esquivo todo lo que puedo porque sé que el dolor de los músculos no será nada al lado de las lesiones cerebrales que 55' de convivencia me pueden ocasionar. No obstante, la meta de hacer 3 clases por semana debe cumplirse a toda cosa; por eso, me fui enyoguizada a la cita de las 14 hs. para zarandear mi anatomía flanera.
El umbral de inteligencia de las conversaciones, nunca demasiado alto, se vuelve subterráneo cuando esas fanáticas de Baby Etchecopar —que ven la revolución en las marchas por la inseguridad y hacen step como si tuvieran un problema neurológico-motriz porque "la gorda de adelante no me deja hacer bien el paso"— terminan la rutina aeróbica y toman sus colchonetas/pesas. Esos 2' se vuelven cruciales para la vida humana, pues todo, TODO, depende del silencio que se pueda mantener, como si de un manantial en el desierto se tratara. Si ese velo sutil e imprescindible se descorre, suceden cosas como ésta:
—Chicas, es increíble, pero me salió una cana ahí abajo.
Esta observación mortal, no sólo era inconmensurable en su valor social por sí misma, sino que desencadenó una catarata de comentarios sobre la necesidad de depilarse en profundidad para evitar esas molestas marcas de la falta de pigmentación, de lo bien que hacen los hombres en acogerse a la moda de la depilación, de cuan cómodas se hacen las gestiones sexuales cuando ellos eligen la versión estética y lampiña de sus cuerpos y muchos otros comentarios al estilo de: "Cuando te depilás toda, como Dios te trajo al mundo, te sentís mucho más limpia. A mí me dijo la ginecóloga que eso hacía que más bacterias pudieran entrar, pero igual yo me depilo toda por higiene", que condensaban contradicción y un cúmulo de información innecesaria que me estaba achicharrando las pocas neuronas que me quedan.
Luego de esos minutos de psicoagonía, sucedieron los abdominales, los ejercicios de glúteos y, durante el estiramiento, cuando creí que nada podía ser peor, alguien dice: "El martes 24 de marzo es feriado, ¿qué se festeja?", para que otra responda "Las Malvinas, se festejan las Malvinas"*.
Chan, chan.
* Debo recordar que esa mujer es la misma que me comentó que le daba vergüenza venir en calzas porque, en la calle, "los bolivianos que están en las obras de construcción te dicen 'quiero hacer el amor con vos'". Notable la propuesta poética de los amigos andinos —yo siempre creí que esas invitaciones utilizaban otro lenguaje metafórico—, sobre todo teniendo en cuenta la destinataria.
jueves, 19 de marzo de 2009
Genitales1
Hace casi un mes, mis padres tuvieron la masiva idea de pasar un fin de semana en Gualeguaychú, con motivo de asistir a los carnavales y pasar dos días de playa fluvial. Como también iba mi hermana —con tres amigos—, me enganché porque hacía mucho que no pasábamos minivacaciones juntas. Camping, río y un poco de comparsas: lo primero y lo tercero podían compensarse con lo segundo, así que armé mis petates y fui. Dio la casualidad de que ése, justo ése, fue el fin de semana de lluvia torrencial que no dejó ni una carpa con cubretecho firme y así fue cómo, luego de dormir profundamente con el ruido de las gotas sobre el plástico carpil, me desperté rodeada de barro, con todos los bolsos mojados y con mi padre que, aunque dormía en otra carpa, estaba parado, todo mojado y con cara de "miren lo que me pasó", frente a nosotras. Reproducción del diálogo:
Papá: no saben lo que pasó afuera, insólito, realmente insólito.
Laura: ¿sí? ¿Y qué merda hacías afuera con esta lluvia? Pa, aprovecha que tu carpa es iglú y se la banca.
Papá: no, es que fui hasta el auto para ver si estaba bien cerrado (?) y, cuando volvía, me pasó algo insólito —mi padre utiliza la palabra "insólito" de manera casi constante.
Marian (hermana): ¿no dejó de llover todavía? ¿Qué te pasó?
Papá: estaba volviendo a la carpa y veo un tipo que viene corriendo en medio de la lluvia y me dice "te tengo que pedir un favor, te pago lo que quieras" y yo le decía "¿qué te pasa, flaco" y él seguía con "es de vida o muerte, te pago lo que me pidas", hasta que le dije "flaco, me estoy mojando, apurate para decirme lo que querés". Él me dice "quiero un forro, ¿tenés?" y yo le digo "no, flaco, yo no uso", así que después de casi ponerse a llorar delante mío, se fue corriendo a pedirle a otros pibes de una carpa de acá cerca.
Marian: ...
Laura: ¿y con esta lluvia tenía ganas de revolcarse? ¿No está todo inundado él también, como nosotros?
Marian: ...
Papá: no, es que él está en un bungalow, por eso.
Marian: ...
Laura: ah, que se joda entonces, encima viene a decir que va a aprovechar la lluvia para fornicar; ¿nos está cargando a los que estamos en carpa?
Marian: ...
Papá: no, el pibe estaba desesperado, pero bueno, yo le dije "no uso forro". Bueno, ahora me voy que mamá debe estar preguntando dónde me metí.
Marian: ...
"no, flaco, yo no uso"
Marian: ¡AAAAAAAGHHHHH! ¡PAPÁ NO USA FORRO Y YO VIVO EN ESA CASA!
Laura: no sólo eso, Marian; también te quedás dormida en la cama de papá y de mamá.
Marian: ¡NOOOOOOOOO! ¡Y MIRO TELE ACOSTADA EN ESA CAMAAAAAAA! ¿POR QUÉ TENÍA QUE ENTERARME DE ESO? ¡¿POR QUÉ, EHHHH?!
Chan, chan.
(Atenti, que se viene Genitales2 y con eso pondré a prueba su umbral del asco)
Papá: no saben lo que pasó afuera, insólito, realmente insólito.
Laura: ¿sí? ¿Y qué merda hacías afuera con esta lluvia? Pa, aprovecha que tu carpa es iglú y se la banca.
Papá: no, es que fui hasta el auto para ver si estaba bien cerrado (?) y, cuando volvía, me pasó algo insólito —mi padre utiliza la palabra "insólito" de manera casi constante.
Marian (hermana): ¿no dejó de llover todavía? ¿Qué te pasó?
Papá: estaba volviendo a la carpa y veo un tipo que viene corriendo en medio de la lluvia y me dice "te tengo que pedir un favor, te pago lo que quieras" y yo le decía "¿qué te pasa, flaco" y él seguía con "es de vida o muerte, te pago lo que me pidas", hasta que le dije "flaco, me estoy mojando, apurate para decirme lo que querés". Él me dice "quiero un forro, ¿tenés?" y yo le digo "no, flaco, yo no uso", así que después de casi ponerse a llorar delante mío, se fue corriendo a pedirle a otros pibes de una carpa de acá cerca.
Marian: ...
Laura: ¿y con esta lluvia tenía ganas de revolcarse? ¿No está todo inundado él también, como nosotros?
Marian: ...
Papá: no, es que él está en un bungalow, por eso.
Marian: ...
Laura: ah, que se joda entonces, encima viene a decir que va a aprovechar la lluvia para fornicar; ¿nos está cargando a los que estamos en carpa?
Marian: ...
Papá: no, el pibe estaba desesperado, pero bueno, yo le dije "no uso forro". Bueno, ahora me voy que mamá debe estar preguntando dónde me metí.
Marian: ...
"no, flaco, yo no uso"
"no, flaco, yo no uso"
"no, flaco, yo no uso"
"no, flaco, yo no uso"
"no, flaco, yo no uso"Marian: ¡AAAAAAAGHHHHH! ¡PAPÁ NO USA FORRO Y YO VIVO EN ESA CASA!
Laura: no sólo eso, Marian; también te quedás dormida en la cama de papá y de mamá.
Marian: ¡NOOOOOOOOO! ¡Y MIRO TELE ACOSTADA EN ESA CAMAAAAAAA! ¿POR QUÉ TENÍA QUE ENTERARME DE ESO? ¡¿POR QUÉ, EHHHH?!
Chan, chan.
(Atenti, que se viene Genitales2 y con eso pondré a prueba su umbral del asco)
domingo, 15 de marzo de 2009
Balanza
A todos los amigos de Insolada que me han dado fuerzas para iniciar mi dieta, les cuento que he pasado 15 días sin pisar una panadería y que eso está lesionando mi cerebro cascoteado, puesto que ayer he soñado con napolitanos*.
Sin embargo, mi canalización onírica de la gula no me impide recordar con cariño las indicaciones de Caro (C., en sus firmas) y del amigo Quique, que tan bien me ha metaforizado el proceso de estar "a régimen", como decían las abuelas, con la dieta del lagarto: comer poco y tirar harto. Una verdadera genialidad.
A continuación, un breve informe de avance sobre mis logros nutricionales:
1. Días sin consumir pan en las comidas: 15.
2. Cantidad de rebanadas de pan por día: 2 (light), sólo en desayuno.
3. Número de días sin comer carne: 15.
4. Cantidad de clases de gimnasia: 5.
5. Bebida más consumida en las últimas semanas: agua.
6. ¿Azúcar o edulcorante? Siempre edulcorante.
7. La vieja amiga a la que no se la llamó en las 2 semanas: la miel.
8. Malajunta evadida en este periodo: las melbas, el chocolate después de comer, la manteca por las mañanas, el arroz con leche tregar, las barras de crocante de maní, la cerveza a mitad de semana, la chocolatada, las melitas ultramojadas en el té, las cremonas rellenas de membrillo y siguen las firmas.
9. Peso reducido en este tiempo: ignorado (me dan terror las balanzas).
10. Proyección estimada de mantenimiento de la dieta: impredecible.
Como verán, me estoy orientando al fracaso y hoy, un día después de haber escrito esto en borrador, decirle No a las facturas del domingo a la tarde y a las facturas sobrantes del lunes a la mañana me ha provocado un dolor punzante en la región cerebral del vicio. Otra semana para remar cual gondolieri en aguas de helado cremoso derretido. Allí voy.
* Los napolitanos son las facturas hechas con sobrantes de las demás facturas, que parecen porciones de torta y siempre son oscuros, porque tienen algo de chocolate o de algún ingrediente inexplorado. Hay panaderías que los hacen detestables y otras que los preparan adictivos. Puedo dar direcciones.
Sin embargo, mi canalización onírica de la gula no me impide recordar con cariño las indicaciones de Caro (C., en sus firmas) y del amigo Quique, que tan bien me ha metaforizado el proceso de estar "a régimen", como decían las abuelas, con la dieta del lagarto: comer poco y tirar harto. Una verdadera genialidad.
A continuación, un breve informe de avance sobre mis logros nutricionales:
1. Días sin consumir pan en las comidas: 15.
2. Cantidad de rebanadas de pan por día: 2 (light), sólo en desayuno.
3. Número de días sin comer carne: 15.
4. Cantidad de clases de gimnasia: 5.
5. Bebida más consumida en las últimas semanas: agua.
6. ¿Azúcar o edulcorante? Siempre edulcorante.
7. La vieja amiga a la que no se la llamó en las 2 semanas: la miel.
8. Malajunta evadida en este periodo: las melbas, el chocolate después de comer, la manteca por las mañanas, el arroz con leche tregar, las barras de crocante de maní, la cerveza a mitad de semana, la chocolatada, las melitas ultramojadas en el té, las cremonas rellenas de membrillo y siguen las firmas.
9. Peso reducido en este tiempo: ignorado (me dan terror las balanzas).
10. Proyección estimada de mantenimiento de la dieta: impredecible.
Como verán, me estoy orientando al fracaso y hoy, un día después de haber escrito esto en borrador, decirle No a las facturas del domingo a la tarde y a las facturas sobrantes del lunes a la mañana me ha provocado un dolor punzante en la región cerebral del vicio. Otra semana para remar cual gondolieri en aguas de helado cremoso derretido. Allí voy.
* Los napolitanos son las facturas hechas con sobrantes de las demás facturas, que parecen porciones de torta y siempre son oscuros, porque tienen algo de chocolate o de algún ingrediente inexplorado. Hay panaderías que los hacen detestables y otras que los preparan adictivos. Puedo dar direcciones.
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