martes, 29 de enero de 2008

Enredo

A veces pienso que, cuando sea una abuela, seré como esas mujeres que le dan de comer a los gatos en la calle. Y es una imagen que no me molesta.
Sin embargo, no quisiera arrastrar a Luciano al mismo destino, porque el viejo que le da de comer a los gatos no es una figura urbana demasiado identificable. Pero lo que nos sucedió hace prever complicaciones en el futuro.

Lado A: el suceso
Durante toda la noche, escuchamos el maullido de un gato pequeño que lloraba por algún lugar que estaba cerca; por la mañana, seguía lamentándose y yo, trágica ecologista, pensé que se iba a morir en instantes, por lo que salí a buscarlo por las puertas del pasillo de nuestra casa. Unas patitas diminutas salieron por debajo de una entrada sin burlete ni felpudo y, en segundos nomás, estaba en posición de oración hacia la Meca, pasándole alimento balanceado por la rendija. En cuanto pude plegarme aún más y adherir mi mejilla al piso, lo vi demasiado chiquito como para que continuara del otro lado de la puerta.

Lado B: el contexto
¿Adivinen a los pies de cuál casa me encontraba? Sí... de los vecinos que quieren ser amigos y a los que la gata negra le ha pedido el divorcio. Además de esas características peculiares sobre las que ya he escrito, vale aclarar que son paranoicos, piensan que todo el tiempo alguien entrará a robarles y que todo desconocido es un psychokiller hasta que no se demuestre lo contrario. Estaban de vacaciones y, desde hace algún tiempo, no los habíamos visto.

Lado A: el suceso
Luciano también visualizo a la pequeña bestia y sentenció: "Lo tiraron los que vinieron a hacer la fiesta la otra noche, porque sabían que en algún momento vendrían ellos y cuidarían al gato". Como no sabíamos cuándo iban a venir, la siguiente conclusión fue: "Ese gato se va a morir ahí", acompañada de una advertencia: "Bueno, te lo saco, pero a la noche le encontrás una casa". Saltó la pared con una palangana rosada en la mano y lo buscó. Lo recibí como una anciana alimentadora de gatos, con lágrimas de emoción, vivando a mi rescatista de PH.

La verdad, iba a seguir con lo de los lados A y B, pero ya me aburrí, la cena está lista y voy a resumir la cuestión: alimenté durante todo el día a la gata, le pusimos de nombre "Suerte", porque se había salvado de la muerte segura y empezamos a ver qué haríamos con ella... hasta que escuchamos a nuestros vecinos llegar como de un paseo de fin de semana, sin estadías más prolongadas. Lo peor es que empezaron a llamar a un tal "Macana"*, que no aparecía. Luciano tuvo que bajar y contarles lo inexplicable**: que pensamos que no habían regresado de sus vacaciones, que consideramos que alguien les había arrojado un gato de un mes a la casa y que, previendo su deceso, resolvimos violar su propiedad privada y rescatar al gato, aunque eso ahora pareciera un robo, un hurto de otro felino más que ellos eligieron para hacer infeliz para toda su vida.

Esa situación digna de medicación psiquiátrica, junto con la noticia de que vamos a mudarnos en tres días y el silencio culposo sobre la tenencia de la gata, ha resquebrajado los hilos que sustentaban nuestra relación con esa adorable familia de La Paternal. El saludo se ha hecho más frío y, calculo, ahora sí me voy a tener que afanar a la gata dentro de una caja, porque no voy a poder convencerlos. Y bué.


* Este pasillo se caracteriza por los nombres horribles que los habitantes de los PH's piensan para sus gatos: la imaginación es tan vasta, y ellos tienen tanto tiempo, que podrían encargarse de bautizar con algo más de dedicación a sus mascotas. Pero no: Negri, Peluche, Pompón, Manchitas y otras porquerías son lss únicas denominaciones que se escuchan por acá.
** Conste que la opción que yo consideraba más viable era, ya que estábamos hundidos, mentir: arrojar a la gata al pasillo, cerrar la puerta y dar rienda suelta al misterio. Pero yo no estaba en casa cuando llegó el momento de la confesión, así que la legalidad del rescatista tuvo preeminencia.

(No podrán decir que mi entrada número 100 era cualquier cosa, justificada sólo por la llegada al número redondo. Retrasar el momento de la comida es un verdadero acto de arrojo.)

1 comentario:

Daria dijo...

Ja! Ése sí que es un acto de arrojo, digo el de posponer la comida!
Y sí, los gatos tienen ese noséqué que los hace taaaaaaan gumis!